Lado B
Decir algo bueno de México: esperanza en la desesperanza
Hemos hablado en este espacio del tema de la desmoralización social como una grave enfermedad, producto y productora de las estructuras económicas, políticas y sociales de nuestro país que parecen no tener remedio en sus mecanismos de generación sistemática de desigualdad, exclusión, injusticia, impunidad y violencia.
Por Juan Martín López Calva @m_lopezcalva
21 de octubre, 2014
Comparte
Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Éste es el México que necesitamos, pensé. Y me acordé de mi amigo Agustín y de su iniciativa «Hoy di algo bueno de México», en la que propone que nos rescatemos a través de cambiar el lenguaje de todos los días, reconocer nuestros valores en expresiones sencillas y positivas, frases que aluden a la cotidianidad y a esos momentos mágicos que van tejiendo lo que hace que valga la pena vivir. «Hoy di algo bueno de México: las piñatas» o «el pan dulce en la mesa» o «la SCJN frena los abusos de SKY» o «bailar danzón en una plaza» o «el policía que recuperó mi cartera». Necesitamos voltear a ver al otro lado, saber que no todo es fango”.

Eduardo Caccia. Recuperarnos.

            Hemos hablado en este espacio del tema de la desmoralización social como una grave enfermedad, producto y productora de las estructuras económicas, políticas y sociales de nuestro país que parecen no tener remedio en sus mecanismos de generación sistemática de desigualdad, exclusión, injusticia, impunidad y violencia.

            Producto porque la desmoralización social en que vivimos es el resultado de muchas décadas de desencanto y frustración de generaciones y generaciones de mexicanos que buscaron, buscan justicia, reconocimiento, igualdad de oportunidades, paz y respeto a sus derechos humanos fundamentales y encuentran siempre una enorme e infranqueable pared de leyes, instituciones y gobernantes que los someten a injusticias reiteradas, ignorancia de su demandas, desigualdad social, violencia y violación de sus derechos.

            Productora porque la desmoralización social es también la que genera estas instituciones, leyes y gobernantes autoritarios, abusivos y discrecionales que tejen redes de impunidad en las que se escudan para cometer actos de corrupción, decisiones arbitrarias, negocios personales con recursos públicos y aún actos de violencia institucional o delincuencial en contra de los ciudadanos. La desmoralización social es también la que impide soñar, pensar y actuar hacia el cambio de estas estructuras distorsionadas.

            Hemos hablado también de la urgente necesidad de regenerar nuestra cultura del desencanto y la muerte para cambiarla por una cultura de la vida y de la búsqueda de humanización.

            Los recientes acontecimientos ocurridos en Tlayaya y en Iguala que muestran la terrible terquedad de la violencia estructural en una espiral que parece no tener fin ni tocar fondo y generan una sensación cada vez más fuerte y compartida de impotencia y desánimo social haciéndonos dudar acerca de la viabilidad de un futuro mejor para nuestro país hacen todavía más necesarios los esfuerzos por regenerar esta cultura marcada por la desesperanza y restaurar el deseo de vivir humanamente.

            No se trata de olvidar los agravios o esconder las realidades horribles de violencia y muerte que nos han invadido en los últimos años. No es cuestión de evadir la lucha por la justicia ni de eliminar la indignación colectiva. Se trata, como decíamos en la columna de la semana pasada, de dar cauce a la indignación a través de la esperanza y de dinamizar la esperanza con la fuerza de la indignación.

            Para poder encauzar la indignación resulta indispensable recuperar la esperanza. Recuperar la esperanza en tiempos marcados por la desesperanza requiere de un esfuerzo especial y de un acuerdo colectivo. Es preciso ver más allá del aquí y ahora evidente, tratar de leer en lo profundo y aún en lo oculto de las dinámicas sociales que hoy están en movimiento para descubrir aquello que está debajo de la superficie generando semillas de cambio futuro –principio del topo, le llama Morin-. Se requiere desarrollar la agudeza de análisis para distinguir las dinámicas silenciosas y hoy minoritarias que nos hagan seguir creyendo en la emergencia de lo improbable –principio de lo improbable, le dice Morin-, como ha ocurrido muchas veces en la historia y en nuestra historia en la que cosas que antes de que ocurrieran eran consideradas como casi imposibles.

            Es en este marco que la campaña a la que alude Caccia en su artículo puede aportar elementos para re-moralizar a nuestra sociedad, para reconstruir la esperanza que pueda guiar la indignación. Se trataría de convocar-nos a hacer lo que señala la cita y “decir hoy algo bueno de México”. ¿Por qué no, así como han surgido campañas para invitar a amigos de Facebook a agradecer cosas positivas de su vida o a señalar los diez libros que marcaron positivamente su historia, nos damos a la tarea de invitar a nuestros contactos a decir algo bueno de México, para caer en la cuenta de que no todo es fango en este pantano en que parece estar convertido el país?

            Hago aquí un ejercicio, citando algunos fragmentos del poema de Octavio Paz, Hablo de la ciudad en el que podemos encontrar una bella síntesis de muchas de las cosas buenas de las que podemos hablar hoy en México:
“Hablo de las torres, los puentes, los subterráneos, los hangares, maravillas y desastres..
Los mercados y sus pirámides de frutos, rotación de las cuatro estaciones, las Reses en canal colgando de los garfios, las colinas de especias y las torres de frascos y conservas,
Todos los sabores y los colores, todos los olores y todas las materias, la marea de Las voces —agua, metal, madera, barro—, el trajín, el regateo y el trapicheo desde el comienzo de los días,
Hablo de los edificios de cantería y de mármol, de cemento, vidrio, hierro, del Gentío en los vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como el mercurio en los termómetros…
Hablo de la penumbra de ciertas iglesias y de las llamas titubeantes de los cirios en los altares,
Tímidas lenguas con las que los desamparados hablan con los santos y con las vírgenes en un lenguaje ardiente y entrecortado,
Hablo de la cena bajo la luz tuerta en la mesa coja y los platos desportillados,
De las tribus inocentes que acampan en los baldíos con sus mujeres y sus hijos, sus animales y sus espectros…
De los perros errabundos, que son nuestros franciscanos y nuestros bhikkus, los perros que desentierran los huesos del sol,
Hablo del anacoreta y de la fraternidad de los libertarios, de la conjura de los justicieros…
Hablo de madrugadas como vuelo de garzas en la laguna y del sol de alas transparentes que se posa en los follajes de piedra de las iglesias y del gorjeo de La luz en los tallos de vidrio de los palacios,
Hablo de algunos atardeceres al comienzo del otoño, cascadas de oro incorpóreo, Transfiguración de este mundo, todo pierde cuerpo, todo se queda suspenso,
La luz piensa y cada uno de nosotros se siente pensado por esa luz reflexiva, Durante un largo instante el tiempo se disipa, somos aire otra vez,
Hablo del verano y de la noche pausada que crece en el horizonte como un Monte de humo que poco a poco se desmorona y cae sobre nosotros como una ola…
Hablo de las estrellas sobre las altas terrazas y de las frases indescifrables que Escriben en la piedra del cielo,
Hablo del chubasco rápido que azota los vidrios y humilla las arboledad, duró Veinticinco minutos y ahora allá arriba hay agujeros azules y chorros de luz, el Vapor sube del asfalto, los coches relucen, hay charcos donde navegan barcos de reflejos,
Hablo de nubes nómadas y de una música delgada que ilumina una habitación en Un quinto piso y de un rumor de risas en mitad de la noche como agua remota Que fluye entre raíces y yerbas,
Hablo del encuentro esperado con esa forma inesperada en la que encarna lo desconocido y se manifiesta a cada uno…

Hablo de nuestra historia pública y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía,
Hablo de la selva de piedra, el desierto del profeta, el hormigüero de almas, la Congregación de tribus, la casa de los espejos, el laberinto de ecos…
Hablo de la ciudad (de la patria), pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y nos olvida”.

Comparte
Autor Lado B
Juan Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es actualmente es profesor-investigador en la facultad de educación de la UPAEP.