São Paulo, Brasil. La región conocida como “crackolandia”, en la ciudad de São Paulo, se encuentra en el centro del debate social de Brasil. Este espacio es una fuente inagotable de noticias, de historias y, no sin contradicción, de pánico. Es un lugar a ser evitado, un lugar peligroso, degradado y también un lugar de destierro. Por ello, es también un lugar de gran atracción.
Lejos de ser un simple espacio físico, la “crackolandia” de São Paulo se alternó y desplazó a lo largo de las últimas dos décadas, principalmente en los alrededores del barrio Luz.
La Luz no es cualquier lugar en la historia de la São Paulo. El barrio fue escenario de la primera expansión del centro y sitio de la esplendorosa estación ferroviaria que conectaba la zona rural del estado con el puerto de Santos, el marco arquitectónico de los beneficios de la economía del café de mediados del siglo XIX. Fue ahí la puerta de entrada tanto de la inmigración como de la modernización, y así permaneció cuando la estación de tren se transformó en la estación de autobuses de la metrópoli, lugar que siguió ocupando hasta principios de los ochentas. En la década de los cincuenta, la región fue conocida popularmente como “boca do lixo” (“boca de basura”), pues ya era considerada decadente. Esto fue parte de un proceso bastante complejo en el que se involucraron, entre otros factores, la creación de nuevos centros en la ciudad, la construcción de ejes de circulación de transporte público y de automóviles, así como la salida de las elites de las áreas centrales. El barrio cuenta hoy con diversas e importantes instalaciones culturales que, a lo largo del tiempo, sufrieron intervenciones y remodelaciones.
La “crackolandia” está bajo un perímetro establecido como de prioridad para la política de revitalización urbana iniciada por el gobierno del estado hace más de dos décadas, y continuada a partir de 2004 por el gobierno municipal de São Paulo. Materializada en el proyecto Nueva Luz, la política pretende transformar al barrio en un área cultural, con el potencial de atraer integrantes de las clases medias y altas para el consumo de bienes culturales. La intención es atraer empresas, inversiones y nuevos habitantes – lo que constituye el fenómeno conocido como gentrificación. Por ello, la “crackolandia” es parte de un territorio en disputa.
La intensificación del conflicto alcanzó proporciones sin precedente en enero de 2012, cuando la zona fue objeto de una violenta operación policiaca, la Operação Sufoco (“Operación Asfixia”) que, endilgando dolor y sufrimiento, no tuvo como objetivo la atención a los usuarios de crack, sino la reocupación de este espacio urbano. De igual modo, en enero (la fecha preferida en el calendario de los paulistas para la violencia estatal) de 2013, por lo absurdo de la propuesta y los intentos reales de internación forzada masiva de los adictos, se colocó de nuevo a este lugar en las primeras planas de los medios de comunicación. De manera recurrente siguen los anuncios de nuevos intentos de servicios de atención, de tecnologías de gestión y de monitoreo gubernamental del área, casi todos nacidos y destinados al fracaso.
Año tras año y en medio de tantos sometimientos y humillaciones, lo que más intriga es la persistencia de los usuarios de crack por permanecer en este espacio. Contrasta lo mucho que se habla sobre la “crackolandia” con lo poco que se sabe (o se quiere saber) sobre ella.
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EL PEPO
