“¿Para qué filosofar?
Nada sabes ni sabrás.
Sólo hay astros, tierra
y mar,
y tu vida
que se escapa sin cesar.”
¿Para que filosofar? Podría ser la pregunta sobre todo en esta época en la que: “nada sabes ni sabrás…” porque estamos en el mundo en el que no es posible saber y sin embargo es posible afirmar que no sabremos nunca; el mundo en el que no hay verdad absoluta, pero se afirma como verdad absoluta la inexistencia de la verdad absoluta.
¿Para qué filosofar? En este mundo en el que solamente hay astros, mar, un universo inmenso y misterioso al que de pronto le tememos al tiempo que lo queremos medir con toda precisión. Un mundo en el que parece no tener espacio la reflexión porque la vida se escapa sin cesar y sobre todo, sin sentido.
El cambio de época que vivimos exige una apuesta, una afirmación, una convicción profunda. Una apuesta por la validez más pertinente que nunca, de la filosofía como una necesidad humana para poder comprender el mundo, para poder saber, aunque siempre parcialmente y con oscuridades; una afirmación acerca del valor del pensamiento filosófico para iluminar un poco el camino que parece estar totalmente en tinieblas para la humanidad; una convicción profunda que nace de la verdadera vocación del filósofo y que es la convicción de que si bien los dilemas que se le presentan al ser humano no tendrán una respuesta única y definitiva ni hoy ni probablemente en el futuro, vale la pena filosofar porque avanzamos como humanidad en la progresiva y siempre provisional comprensión del misterio de lo que somos, damos pequeños pasos que nos sirven para andar un camino siempre por descubrir pero no por eso inexistente.
¿Para qué filosofar? Para ser humanos, para entender nuestro ser humanos, para vivir un poco más conciente y plenamente esta vida que se nos escapa sin cesar a cada uno pero que sigue viviendo en ese “futuro que es de todos” al que se refiere Benedetti en uno de sus poemas. (“Tengo un futuro que es mío/ y un futuro que es de todos/ El mío se acaba mañana/ pero sobrevive el otro”).
La reflexión filosófica tiene sentido y sigue siendo vigente porque es la reflexión sobre lo que significa: “la buena vida” humana, concebida no abstractamente como ideal inalcanzable sino concretamente en la reflexión profunda y en la vivencia cotidiana de los seres humanos siempre exigidos a construir su propia humanidad sin saber exactamente lo que esto significa en cada época.
Porque la humanización es un desconocido-conocido (), es decir, una noción de la que sabemos algo, pero que se nos presenta fundamentalmente como búsqueda, con preguntas eternas de las que nunca acabamos de tener respuesta completa y con preguntas siempre nuevas que nos invitan a seguir explorando. Por otra parte, la educación consiste fundamentalmente en una intervención planificada, sistemática e intencionada mediante la que los seres humanos adultos buscan enseñar –facilitar el aprendizaje de- en qué consiste ser humano –los avances histórico-culturales sobre ese desconocido-conocido – a las nuevas generaciones.
Podemos entonces plantear que la educación –el contenido concreto de esta enseñanza de humanidad – es también un desconocido-conocido al que nos vamos aproximando históricamente y de manera simultánea a la aproximación que tenemos a la noción de humanización.
Los nuevos descubrimientos y elementos de comprensión y vivencia de lo que significa humanizarse van históricamente alimentando al sistema educativo y enriqueciendo la noción de educación, aportando nuevos elementos fundantes, nuevas teorías pedagógicas, psicológicas, sociológicas, etc. que se manifiestan en nuevos modos de organizar los conocimientos –curriculum- y el aprendizaje –didáctica, metodologías de enseñanza-aprendizaje -, así como también las nuevas comprensiones acerca de la educación van enriqueciendo la visión de humanización que históricamente se va desarrollando.
A partir de este bucle entre noción de humanización y noción de educación del que se desprende la noción heurística de educación personalizante y fundados en el hecho de que la Filosofía es la disciplina que se ocupa de la búsqueda reflexiva de respuestas a las preguntas fundamentales por lo humano, es posible visualizar la relación, -también dialógica, recursiva y retroactiva- entre Educación y Filosofía. De manera que se puede establecer el bucle:
Ya Lonergan analizando la propuesta de Dewey planteaba esta relación indisoluble en la que la Filosofía es la parte reflexiva y la Educación la parte operativa, estableciendo que educar es hacer operativa una filosofía. Desde la perspectiva de la complejidad, el planteamiento de esta relación en un bucle nos permite asumir que la educación causa a la filosofía que la sustenta del mismo modo que la filosofía causa a la educación.
De manera que cuando la educación entra en crisis es posible inferir que hay una crisis en el terreno filosófico o bien que la educación ha pretendido dejar de lado su sustento filosófico y cuando hay una crisis filosófica también es posible deducir que existe una crisis en la educación.
Estamos viviendo hoy en día un contexto en el que se presentan múltiples desafíos a la educación, desafíos que tienen todos ellos profundas implicaciones filosóficas y deben ser resueltos desde la reflexión filosófica que trasciende las evaluaciones e investigaciones empíricas.
¿Cuáles son los desafíos que enfrenta la educación contemporánea que requieren de estas profundas soluciones filosóficas? ¿Qué puede aportar la Filosofía a la educación actual? ¿Qué puede aportar la filosofía actual a la educación? ¿Cuáles son los retos que plantea el proceso de comprensión sobre la naturaleza y finalidad del proceso educativo a la Filosofía contemporánea?
En torno a estas preguntas por la relación entre Filosofía y Educación se realiza esta semana –del jueves 21 al sábado 23 de marzo- el II Congreso Latinoamericano de Filosofía de la Educación en la Universidad de la República de Uruguay, en Montevideo con la participación de alrededor de cuatrocientos académicos de distintos países latinoamericanos.
No se trata de un congreso exclusivo de filósofos sino de académicos que desde distintas formaciones disciplinares piensan filosóficamente la educación y tratan de aportar elementos de respuesta a las enormes interrogantes sobre el fundamento antropológico, ético, epistemológico y social de la educación en este cambio de época y sobre el sentido que debe tener el proceso de educar en nuestros países para lograr sociedades humanizantes, equitativas, justas y democráticas.
La respuesta entustiasta a la convocatoria emitida por la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación (ALFE) que se refleja en esta participación numerosa de académicos de universidades públicas y privadas de prácticamente todos los países de habla española o portuguesa en el continente, renueva la esperanza en el dinamismo de la inteligencia humana como motor para salir de la crisis social y educativa en que hoy nos encontramos.
Hoy más que nunca resulta necesario magnificar la Filosofía y no sacrificarla, tal como afirma Edgar Morin que debe hacerse con las humanidades en la educación, si queremos realmente cambiar el rostro de las sociedades latinoamericanas y construir procesos de humanización desde la aportación de nuestros sistemas educativos.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
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EL PEPO