
Se trata de soltar lo que está en tu mente para bajar al cuerpo: es la técnica que me enseñaron en recuperación. Suena fácil, pero no siempre lo fue para alguien que estaba acostumbrada a pasar demasiado tiempo en su cabeza, haciendo cálculos mentales.
¿A cuántas porciones de carbohidratos equivale esto?, ¿cuáles son las mejores combinaciones para la cena?, ¿qué tiempo debo invertir en cocinar? Si hoy es lunes y ya sé que el viernes saldré con mis amigas, eso significa que desde hoy debería comer…
Los pensamientos variaban dependiendo de las circunstancias, pero el patrón se mantenía: todo en la vida giraba en torno a contar la comida.
Recuerdo esto sentada en un jardín que me transmite paz, tanta como la persona que tengo enfrente: Isabel Aguilar es especialista en Psiconutrición y es la persona que me enseñó cómo soltar lo que está en la mente y bajar al cuerpo. Fue una luz en medio del camino.
—Hay muchas técnicas [para bajar al cuerpo], pero dentro de ellas, yo creo que la más básica, o a la que todos tenemos acceso, es la respiración. Te lleva al cuerpo, a sentir, y hacerte consciente explorando tus sensaciones.
Se refiere a identificar cómo te sientes, dónde lo sientes, o “estoy inflamadísima, mi temperatura está baja, no hay salivación por el alimento todavía. Así es como empiezas a mirar cómo está el cuerpo”.
Me detengo sobre esa frase: ¿Cómo está mi cuerpo? Y no: ¿cómo se ve mi cuerpo?
¿Cómo está?
Doy un sorbo a mi café, mientras observo la mesa de jardín.
—Pienso en mi yo de hace unos años, en esas primeras consultas contigo, y sé que no hubiera sido capaz de hacer esto —hago un gesto con la palma abierta señalando lo que hay sobre la mesa: dos tipos de galletas, un mix de cacahuates, bolitas de avellanas cubiertas de chocolate y churritos salados.
Hubo una actividad en particular, durante una de mis primeras sesiones con Isabel, que tenía como objetivo aprender a reconectar con el placer sensorial que generaba la comida. En lugar de avellanas, utilizamos una bolsita con almendras cubiertas de chocolate, pero en ese entonces yo le tenía tanto miedo al azúcar que me costó aceptar comerlas.
Doy un segundo sorbo al café y sonrío. No sé cuántas galletas llevo y tampoco me importa.
—Ahora ya puedo —le digo.
Lizett González, nutrióloga clínica especialista en Psiconutrición y Trastornos de la Conducta Alimentaria, explica que las conductas desordenadas de alimentación (o conductas alimentarias de riesgo), son todas las acciones anormales que una persona realiza en su alimentación, que pueden repercutir en el estado físico, provocan deficiencias nutricionales y, principalmente, afectan la vida social y emocional de las personas que las viven:
—Pueden ser conductas desordenadas de alimentación saltarse los desayunos, el ayuno intermitente, los atracones, decir “yo no como nada de azúcar ni nada chatarra de lunes a sábado y el domingo tengo días libres”, el uso de laxantes, diuréticos, medicamentos que sabemos que son para el tema de bajar azúcar, tomar mucha agua para sentir saciedad antes de comer, fumar para quitar el hambre, dobletear clases de ejercicio.
A nivel mental también existen patrones identificables, que generan ansiedad y un ruido interno muy intenso: el conteo de calorías y porciones, la planificación rígida de comidas futuras, evadir grupos alimenticios, pensar todo el tiempo en comida, faltar a eventos sociales, llevar tuppers de comida a las reuniones, no comer nada que no haya sido cocinado por una misma, revisar minuciosamente las etiquetas nutricionales, buscar el menú antes de ir a un restaurante…
Las conductas desordenadas de alimentación son una amenaza silenciosa que además suele vivirse en soledad, como lo menciona Isabel Aguilar:
—Son factores de riesgo para algo más, que dan pie a algo más, entre ellos un Trastorno de la Conducta Alimentaria (anorexia, bulimia, ortorexia, trastorno por atracón, entre otras).
En México no hay estadísticas oficiales sobre las conductas desordenadas de alimentación, precisamente porque suelen mantenerse ocultas, muchas veces hasta que se convierten en un trastorno.
De acuerdo con la Secretaría de Salud, los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) han alcanzado niveles alarmantes en el país, y estima que el 25% de las y los adolescentes padece de algún tipo de TCA en diferentes grados. Sin embargo, menos del 10% recibe el tratamiento que necesita.
Una investigación realizada en 2025 para la revista Journal of Affective Disorders, señaló que el 35 por ciento de los estudiantes universitarios presentó conductas desordenadas de alimentación. El estudio se realizó en cinco países de América Latina, y aunque no se incluyó a México, los resultados arrojaron que no había diferencias relevantes entre países, y que el factor detonante es la presión escolar.
Esto nos permite inferir que las cifras de conductas desordenadas de alimentación son mucho más altas de lo que creemos.
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Es por salud; yo sí me cuido; me quité el azúcar porque es veneno; si hay una nutrióloga con una dieta de por medio, no puede estar mal lo que estoy haciendo; mientras no deje de comer… convencerte a ti misma es muy fácil si usas las palabras correctas. Y es todavía más fácil, cuando las palabras también vienen desde afuera: ¡qué fuerza de voluntad!, ¡qué sana eres!, ¿bajaste de peso, verdad?, ¡qué guapa te ves!
La mente tiende a reaccionar de maravilla ante el reconocimiento. ¿A quién no le gusta ser vista y aplaudida? En los momentos en que “cuidarse” empieza a volverse insostenible, llega una reserva de cumplidos y palabras de afirmación para convencerte. Pero también llega el momento en que no hay diálogo suficiente para ganarle la batalla al cuerpo, y cuando el cuerpo no está recibiendo la atención que pide con urgencia, surgen los eventos que detonan cuestionamientos:
—No entiendo qué pasó. No sé por qué me puse así por esa tontería —te preguntas un día, manejando de vuelta a casa.
Hay tráfico, estás ansiosa y, como casi cada segundo, una parte de tu cerebro está pensando en comida. Aprietas las manos en el volante, rememorando el suceso, intentando justificarte. Sigues un plan de alimentación “maravilloso” con una aplicación que “resuelve” todos tus problemas. Te dice la cantidad exacta de porciones que tienes permitidas al día y lo único que debes hacer es tacharlas después de consumirlas. Hoy el problema fue la vaquita azul. Un ícono que sirve para recordarte que, diariamente, solo puedes tomar un vaso de leche deslactosada light.
—Me voy a pedir un capuchino —le dijiste a tus amigas una hora antes.
Acababas de sentarte en la mesa, ni siquiera tuviste que revisar el menú porque fuiste “responsable” y ya lo habías hecho con antelación. Por algo elegiste ese lugar y no otro. Por algo te aseguraste de mantener sin tachar la porción de la vaquita. Estabas tranquila cuando se acercó la mesera, el plan iba perfecto, la situación controlada. Hasta que una oración saliendo de su boca lo arruinó todo en un instante:
—No tengo leche deslactosada light, señorita. Manejo light o deslactosada.
Ahí se te cayó el mundo. Tuviste que meterte detrás del menú, como si esa barrera de plástico pudiera protegerte de la avalancha que estaba por desencadenarse en tu interior. Primero vino la pausa, la alerta de que viene una tormenta; después el relámpago, un escalofrío que activó los pensamientos; estalló con una oleada de enojo y unas ganas ridículas e inexplicables de llorar.
—¿Por qué no lo pides con deslactosada? —preguntó una amiga.
Porque no lo entiendes. Porque no es tan fácil.
Si es solo deslactosada, eso quiere decir que no es light. A ver, a ver… la leche deslactosada es como la leche entera, ¿no? Entonces tiene grasa. ¿A cuánto será equivalente?, ¿media porción de grasa?, ¿una porción de grasa? Entonces ya no es solamente tachar la vaquita, es la vaquita más la porción de grasa. ¿O será grasa con proteína?, ¿todavía me quedan de esas porciones siquiera?
Vuelves a apretar el volante más fuerte. Suena una canción que te encanta, pero a la que no le pones atención. Todo eso tuvo que suceder en unos cuantos minutos, claro. Tenías a la mesera esperando y toda la mesa te estaba viendo. Los cuestionamientos empezaron a surgir después, bajo la luz del semáforo en rojo, mientras recordabas que tuviste que pedirte un té (no te gusta el té); pero una vez más, pisaste el acelerador del coche y volviste a convencerte con la reserva de cumplidos:
Es normal. Lo hice por salud. Me estoy cuidando.
Ahora, con una perspectiva completamente distinta y la aplicación eliminada para siempre del celular, la historia es diferente. Cada vez que vuelve a suceder, las porciones y la famosa vaquita azul me vienen a la mente. Quizá por eso me da tanto gusto encogerme de hombros para decir:
—No te preocupes si no tienes deslactosada light. Con deslactosada está perfecto.
Nadie te dice que no es normal que la comida ocupe un lugar invasivo y constante dentro de tu espacio mental. Nadie te dice que la salud va más allá del número que marca la báscula o el índice de masa corporal (IMC) que aparece después de subirte al InBody (un dispositivo que mide la composición corporal para desglosar el peso total en masa muscular, grasa, agua corporal y grasa visceral). Nadie sabe que puedes verte perfectamente bien por fuera, y estar librando una batalla por dentro.
Cuando le pregunto de dónde viene la normalización de estas conductas, la nutrióloga Lizett González me explica cuál es el problema:
—La cultura de dieta. Es justo este conjunto de valores enfocados en la pérdida de peso y la delgadez como un valor principal. Involucra el culto al cuerpo alto, delgado, blanco, con cintura muy delgada, piernas largas y piel perfecta.
La cultura de dieta mueve los hilos invisibles de la sociedad actual. De acuerdo con la Alianza Nacional para los Trastornos Alimentarios en Estados Unidos, es una de las industrias más rentables del siglo y estima que solo en ese país, la gente gasta más de 30 mil millones de dólares en productos dietéticos cada año. En el 2024, a nivel mundial la industria de las dietas era de 72 mil millones de dólares.
La glorificación de la delgadez como sinónimo de éxito se ha convertido en una cárcel de cristal, una tan bonita que no notamos que está ahí hasta que nos vamos de frente contra sus paredes. La promesa es que la felicidad estará después de alcanzar ese peso ideal o el porcentaje de grasa perfecto, pero cuando por fin lo logras, el estándar de la cultura de dieta se mueve, la cárcel de cristal se achica y cada vez hay menos sitio hacia donde moverse.
—Las personas, principalmente las mujeres, empiezan a basar su valor en esto y se vuelve un tema que absorbe al área de la salud —continúa Liz. Por eso vemos nutriólogos, bariatras y médicos que llegan a dar recomendaciones que no son éticas, ni siquiera saludables, pero que sí cumplen el objetivo de la cultura de dieta que es mantener esta delgadez […]. Los temas de la corporalidad van a hacer que la gente se quede muy clavada en eso, sin poder abrir la mente o la atención a otros temas […]. Una mujer hambrienta, con pocos nutrientes, nunca va a tener energía para luchar.
La realidad es que el porcentaje de mujeres que cumple naturalmente con el ideal de delgadez difundido por la cultura de dieta es muy bajo, porque suele aproximarse a rangos corporales poco frecuentes. ¿Y qué sucede si disfrazas un objetivo inalcanzable para la mayoría de la población bajo la etiqueta de salud? Tienes un negocio millonario redituable y un grave problema de salud pública.
—Me atrevo a decir que la carrera de Nutrición te da los pasos exactos para ir hacia un Trastorno de la Conducta Alimentaria —dice Isa y se le llenan los ojos de lágrimas. Me duele mucho, pero te dan como el manual perfecto para ir hacia allá. A mí me generó impotencia.
Transcribo sus palabras y me viene a la mente todo lo que he escuchado de diferentes mujeres, amigas y conocidas a lo largo de los años: la aplicación que contaba las porciones, los videos que te enseñaban a leer etiquetas, las libretas para registrar los alimentos consumidos, los contadores de calorías, esos relojes medidores de pasos y kilómetros recorridos, las operaciones milagrosas…
—Esto es lo que estudié, es lo que debería de profesar, pero ¿cómo voy a profesar esto que no hace sentido en mi propio cuerpo? —se pregunta en voz alta y desvía la mirada.
Más adelante agrega:
—Yo deseo que ese sistema hoy esté siendo cuestionado. Flexibilizando estos panoramas. […] Hay veces que sí creo que toca alzar la voz y decir “no estoy de acuerdo con esto”.
Isa insiste en que el problema está en un sistema que promueve un molde al que todas deben ajustarse. No toma en cuenta que existen cuerpos distintos, situaciones distintas, vidas distintas. Ella no considera que las enseñanzas de la carrera de nutrición son inservibles, pero sí que se trata de identificar “cuándo es correcto aplicarlo [cierto conocimiento] y cuándo simplemente no lo es”.
—¿En qué momento nosotros sabemos más de tu cuerpo que tú? —pregunta y se me eriza la piel. Invítame a tu mundo para entenderlo y yo te acompaño para que podamos crear algo juntas. […] Yo te presto mis ojos para mostrarte y ver qué hacemos juntas, pero yo no te voy a decir qué está bien o qué está mal.

Imagen ilustrativa creada con IA generativa (Chat GPT)
Eres una persona a la que le gusta caminar. Lo has hecho toda tu vida, nadie tuvo que enseñarte cómo hacerlo y siendo realmente honesta, lo disfrutas mucho. Hasta que un día llega alguien y dice:
—Tu forma de caminar es incorrecta.
Incorrecta.
Al principio crees que no te importa, pero la palabra se te grava en un rincón profundo de la mente. Ahora, cada que caminas, te cuestionas si hay una mejor forma de hacerlo, si eres irresponsable, si los demás están viendo algo que tú has decidido ignorar.
—Te verías mejor si caminaras de otra manera —asegura una segunda voz.
Esta vez, te importa un poco más. Te pega más profundo. La gente a tu alrededor habla de lo mismo, las redes sociales, las películas, las series. Todos tienen una mejor forma de hacerlo. A todos parece importarles. Y tú te estás quedando fuera. Y tú eres la culpable. Tú.
Buscas en todos lados. Necesitas que alguien, algo, te diga que no es verdad. Necesitas comprobar que es mentira, que no eres el problema, pero… pero… no encuentras nada. Está en todas las conversaciones, en la sobremesa, con tus amigas, en la escuela, en cada reel que abres en Instagram.
—Si mi forma de moverme por el mundo es incorrecta —concluyes una noche, con tantas voces ajenas metidas en la cabeza que ya no sabes reconocer la tuya. Entonces yo soy… incorrecta.
Incorrecta. Incorrecta. Incorrecta.
Te encantaba caminar, pero ya no sabes si lo estás haciendo bien. Tienes que seguir caminando, pero ahora, hacerlo empieza a dar miedo. Mucho miedo.
—Es porque no sabes caminar —te dicen una tarde, y ahí parecen resolverse tus problemas—. Necesitas a alguien que te enseñe cómo hacerlo bien. Yo conozco una persona que me ha ayudado mucho —debe ser verdad, porque la has visto caminar ya por un rato y realmente parece hacerlo de la manera correcta.
Decides contactar a esa persona. Porque estás deseosa de que te ayuden a dejar de ser incorrecta. Pero no te hablan de los efectos secundarios. No te dicen que tal vez caminarás muy bien por fuera, pero tus pasos serán tambaleantes por dentro. Porque así son las conductas desordenadas de alimentación. Como andar a tientas en medio de la oscuridad, convencida de que la linterna que te dieron, algún día será suficiente para alumbrar sin que te tropieces. Solo tienes que dar un paso más, probar un camino más.
Un kilo menos en la báscula, te dices. Un punto menos en el InBody.
Pero no importa cuánto avances, la linterna no alumbrará con más fuerza, siempre habrá una nueva meta a la que llegar o un número menor que alcanzar. Porque cuando te meten en la cabeza que eres incorrecta y te lo crees, encontrarás razones que te convenzan de que no dejarás de serlo.
Y la verdad es esta: no necesitas que te enseñen a caminar, porque en el fondo siempre supiste cómo hacerlo.
Lizett González, nutrióloga clínica especialista en Psiconutrición y Trastornos de la Conducta Alimentaria y una de mis luces en el camino, dice que la comida simboliza vida, prosperidad y seguridad. Comer es una necesidad humana básica y cuando te convencen de que lo estás haciendo de forma incorrecta, algo dentro de ti se rompe.
—Imagínate cuando una persona está todo el tiempo tratando de evitar comer o empieza a mover su vida en relación a la comida. Yo digo que ya no es vida. El día a día se vuelve caótico, pesado, se te olvida quién eres totalmente. Se te olvida que eres mucho más que tu cuerpo.
—Debemos comenzar a nombrarlo —dice por su parte Isabel Aguilar, también especialista en Psiconutrición y otra profesional de la salud que alumbró mi camino. De verdad, hay prácticas que no deben ser aplaudidas, no es algo que se felicite, no, de verdad. Nombrándolo podemos atenderlo, porque si algo no se nombra no existe.
Hay un modelo estadounidense llamado Salud en Todas las Tallas (HAES por sus siglas en inglés), que reconoce la existencia de personas de cuerpos y tamaños diversos; que toma en cuenta diferentes indicadores para decir que una persona está saludable, más allá del peso y la talla; promueve la idea de que un peso adecuado y saludable no puede determinarse por los números en una báscula, por una tabla de altura/peso, ni calculando el índice de masa corporal (IMC) o el porcentaje de grasa en el InBody.
De acuerdo con la National Library of Medicine, el enfoque de Salud en Todas las Tallas define un peso saludable como “el peso en el que una persona se estabiliza a medida que avanza hacia un estilo de vida más pleno y significativo. Esto incluye, entre otras cosas, alimentarse de acuerdo con señales internas de hambre, apetito y saciedad, y participar en niveles razonables y sostenibles de actividad física”
—Hay personas saludables en todas las áreas, independientemente de cuánto pesan. […] Estar delgado no es sinónimo de estar saludable —insiste Liz.
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¿Por qué me siento mejor?
Después de mucho tiempo, se presenta una situación inesperada, totalmente fuera de tu control, y como atraviesas un momento vulnerable te dices: Está bien. Una semana. No seguiré el plan de alimentación, ni abriré la aplicación por una semana. Pasando ese tiempo, regreso.
Al principio se siente raro, pero pasan los primeros días y te das cuenta de algo. Algo que antes te hubiera parecido imposible:
¿Cómo…? ¿Así se siente no estar todo el tiempo pensando en comida? ¿Así se siente vivir sin… ansiedad?
Es como si acabaras de quitarte una coraza del pecho, una que ni siquiera eras consciente de que tenías. Te sientes más ligera, te mueves con más libertad. Tu cabeza avanza a un ritmo que creías haber perdido.
Entonces la reserva de cumplidos se presenta, con fuerza, pero está vez trastabilla como nunca:
Es por salud, pero… ¿por qué me siento mejor ahora? Yo sí me cuido, pero… ¿entonces por qué me pesa tanto cuidarme? ¡Qué guapa te ves! ¿Según… quién?
Recuerdas que una amiga te compartió un podcast un par de meses atrás, un episodio donde las chicas de “Se Regalan Dudas” hablan con la nutrióloga incluyente Raquel Lobatón, la activista Priscila Arias y la psicóloga Ana Pau Molina sobre la gordofobia. Ya lo habías visto, pero vuelves a ponerlo y es como si lo vieras por primera vez. Termina y te pones a stalkear el Instagram de Raquel Lobatón. Lees uno de los libros que recomienda.
—Soy yo —susurras, al darte cuenta de que te identificas desde la primera página.
Esperas unos días. Procesas lo sucedido. Te permites darte una pausa, como no habías tenido en mucho tiempo. Y entonces cuatro palabras llegan a tu mente, cuatro palabras que dan miedo, pero que una vez pronunciadas cambiarán tu vida para siempre:
—Creo… que necesito ayuda.
Pienso que muchas veces es difícil saber cómo empezar. El primer paso es reconocer, sin culpa, que la cultura de dietas puede haber hecho que cayéramos en conductas desordenadas de alimentación. El segundo, es aceptar que es válido pedir ayuda para salir.
—¿Qué le dirías tú como profesional de la salud a una persona que está pasando por esto? —pregunto.
Isa se mantiene un momento en silencio, meditando mis palabras.
—Que no está sola. Aunque a veces se sienta como un camino muy solitario, es más común de lo que pensamos y está existiendo cerca de nosotros. También le diría que hay apoyos, y un poco también me hago presente. Existimos nutriólogas que estamos en ese camino de acompañar estos procesos.
—Le diría que recuerde cómo comía en la infancia —responde por su parte Liz. De niños siempre practicamos la alimentación más instintiva que tenemos. Sabemos cuándo comer, sabemos cuándo parar, sabemos qué queremos. Si tú ya no estás comiendo como cuando eras niño y empieza a hacerte mucho ruido en la cabeza el tema de la comida, cada vez se vuelve más difícil saber qué pedir en el restaurante o seguir la dieta o cositas así, eso es un foquito rojo. Siempre hay profesionales de salud que estamos capacitados para ayudarles.
Estoy en una de mis cafeterías favoritas. El aroma a café y chocolate inunda el espacio y tengo frente a mí una bebida especiada que evité tomar en más ocasiones de las que quiero admitir.
—Nunca me imaginé que tú tuvieras problemas con tu alimentación —me dice una amiga.
—Es que era buenísima escondiéndolo —admito, tamborileando los dedos contra la porcelana—, pero no solo de los demás. Especialmente de mí misma.
Observo el resto de las mesas a nuestro alrededor y me pregunto: ¿cuántas de esas personas estarán ocultando patrones similares detrás de sus sonrisas?
—Sigue ahí si hago el intento por buscarlo —reconozco, y desvío mi atención al postre que hay entre las dos—, puedo ver cualquier platillo y transformarlo en porciones de grasa, carbohidrato y proteína en menos de treinta segundos —tomo un trozo y me alegra la facilidad con que me lo llevo a la boca—; la diferencia está en que ahora sé cómo elegir ya no hacerlo.
—Creo que casi todas las mujeres pasan por eso —responde, después de un rato en silencio—, al menos en algún grado.
Tiene razón. Y aunque no es nuestra culpa desarrollar conductas de riesgo, ojalá que todas tengamos la opción de recuperar el poder sobre nuestras vidas.
* Estudiante de la Licenciatura en Comunicación, de la Ibero Puebla.
** La ilustración de portada fue creada con IA generativa (ChatGPT, OpenAI)