Lado B
El debate, el debate sobre el debate y la educación ciudadana
 
Por Lado B @ladobemx
09 de mayo, 2012
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Martín López Calva*

“Todas las democracias contemporáneas viven bajo el permanente temor a la influencia de los ignorantes”        

John Kenneth Galbraith

 

La celebración del primer “debate” entre candidatos presidenciales el pasado domingo y el “debate sobre el debate” –tanto en los días previos ante la negativa del duopolio televisivo de transmitirlo en los canales de mayor cobertura y la soberbia y retadora postura del Sr. Salinas Pliego al poner el partido de la liguilla a la misma hora, como el que se produjo en las redes sociales y los medios durante y después de la transmisión- me trajo a la mente esta frase de Galbraith, citada por Savater en su discurso de aceptación del doctorado Honoris Causa en la Universidad Simón Bolívar de Caracas, Venezuela en 1998.

Como bien explica el filósofo vasco en este discurso, la frase de Galbraith no se refiere específicamente a la ignorancia de datos o información sobre determinadas disciplinas como la Economía, la Política o la Historia, puesto que de eso todos ignoramos muchas cosas. La frase citada se refiere sobre todo a la ignorancia de procesos mínimos de razonamiento lógico y de valores indispensables para la participación ciudadana.

¿Por qué viene a cuento esta frase a propósito del debate presidencial?

Varios son los factores que la hacen relevante en este contexto:

En primer lugar, porque como comentaba una tuitera decepcionada al terminar la transmisión: “Si los pueblos tienen los gobiernos que merecen, en los últimos años nos hemos portado muy mal, si vemos a los cuatro candidatos que tenemos”. Si uno analiza esta actividad desde las reglas que previamente acordaron por consenso los equipos de dichos candidatos hasta el desempeño mismo de los protagonistas, puede concluir que en realidad no hubo debate y que como afirmaba otra tuitera que entrena grupos de bachillerato para debatir: “Ojalá mis alumnas hayan visto el debate para que sepan lo que no se debe hacer. Los candidatos replican cuando tienen que proponer, hacen contra-réplica cuando en momentos de réplica, presentan propuestas en el tiempo de contra-réplica, etc.”

En segundo lugar, porque si los mismos candidatos no saben ni quieren debatir, es evidente que sus seguidores y los ciudadanos comunes están aún menos capacitados y dispuestos a hacerlo. Revisando las entradas de muchos participantes de las redes sociales, lo que se va encontrando son chistes, fotografías arregladas con photoshop para denigrar a uno o a todos los candidatos, textos supuestamente irónicos que comportan agresiones e incluso insultos explícitos.

En este contexto resulta totalmente fundado el temor a que “los ignorantes influyan” de manera decisiva en nuestra incipiente y débil democracia.

Pero como afirma Savater en el mismo discurso: “…la culpa no es puramente de los ignorantes, sino de quien los ha mantenido en la ignorancia, de quien no ha luchado por romper esa cadena de ignorancia…”

En efecto, el problema de la ignorancia y de la falta de formación ciudadana está en quienes desde el estado, los medios de comunicación y el sistema educativo no han hecho lo necesario, por decisión u omisión, para sacar a tantos millones de mexicanos de esta ignorancia, o dicho de manera más dramática, de un gobierno, unos medios y un sistema educativo que siguen siendo eslabones de esta ignorancia.

¿Cómo romper ese círculo, esa cadena de ignorancia que gravita sobre el entrampamiento del proceso democrático?

Es necesaria una educación para el desarrollo de la razón, es decir, para un ejercicio sistemático de las capacidades cognitivas de los educandos fundadas en el uso del lenguaje, que los lleven a desarrollar su papel social a partir de la reflexión crítica y el juicio fundamentado.

Este desarrollo requiere de un trabajo a contracorriente en la cultura actual –que ha permeado a toda nuestra estructura democrática, social y mediática- en la que se ha desarrollado la idea de que la opinión es la razón última de todo lo que hay y que “todas las opiniones son respetables”. Savater cuestiona, en su artículo “Potenciar la razón” esta falsa idea dejando claro que es un absurdo pensar que todas las opiniones son respetables. El ejercicio de la razón exige cuestionar todas las opiniones para llegar a establecer qué es lo correcto y lo incorrecto, partiendo del principio, este sí válido, de que toda persona es respetable, sin importar cuáles sean sus opiniones.

Una educación para el desarrollo de la razón, implica necesariamente una educación para el diálogo, la confrontación y la contrastación de ideas y opiniones contrarias, es decir, un hábito de debate.

La educación que desarrolla la razón forma estudiantes autónomos, estudiantes que en el futuro no serán dependientes de los libros ni de sus maestros porque podrán pensar por sí mismos.

Este es el primer valor a desarrollar en una educación ciudadana como la que nos hace falta en el país: el valor de la autonomía. La formación de personas que no dependan de otros que les indiquen cómo pensar, actuar o decidir es imprescindible para la construcción de una sociedad realmente democrática.

En segundo lugar, nos dice Savater, es indispensable formar personas capaces de cooperar con los demás, porque junto con la autonomía, la capacidad de colaboración es indispensable sobre todo en esta época dinámica y cambiante donde la vida laboral no va a ser estable y la vida en una sociedad global va a hacer indispensable la capacidad para trabajar en equipo con los diferentes.

Finalmente, es necesario formar en la vocación de participación en la vida pública. En este tiempo en que el individualismo y la indiferencia campean en los hogares, las escuelas, las empresas, los medios de comunicación y las relaciones sociales, resulta urgente el desarrollo de esta vocación en los futuros ciudadanos. Una sociedad realmente democrática necesita ciudadanos que participen en la vida pública y que propongan, den seguimiento, evalúen y sancionen a su clase política.

Como afirma Savater: “La educación es la única forma que hay de liberar a los hombres del destino, es la antifatalidad por excelencia, lo que se opone a que el hijo del pobre tenga que ser siempre pobre; a que el hijo del ignorante tenga que ser siempre ignorante; la educación es la lucha contra la fatalidad”. Por eso, ante este escenario aparentemente sin salida que vivimos, resulta indispensable tomar en nuestras manos la formación de ciudadanía.

Porque si seguimos educando “pesimistas cómodos” que culpen al sistema o a los políticos de todos los males, la salida de esta crisis nacional estará cada vez más lejos.

* Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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