
Hablamos la semana pasada de la “civilización del espectáculo” y su relación con la educación a partir de la entrevista concedida por Mario Vargas Llosa al diario español El País con motivo de la publicación de su nuevo libro.
En esta entrevista y en el libro en cuestión, el escritor se refiere también a las implicaciones de esta “banalización de la cultura” en diversos aspectos de la vida incluyendo la política.
El impacto de la civilización del espectáculo en la política es abordado en el libro del nobel de literatura a partir de una anécdota vivida por el escritor Jorge Eduardo Benavides en Lima, quien dialogando con un taxista en un recorrido por la capital peruana le preguntó por quién votaría en las elecciones presidenciales. El taxista le respondió que por Keiko Fujimori y al ser cuestionado por el literato acerca de si sabía que el padre de la candidata estaba preso por corrupción durante su mandato presidencial y ella era una explícita continuadora de su proyecto político, el taxista le respondió que sí lo sabía y que votaría por Fujimori porque como presidente “solo había robado lo justo”.
En la civilización del espectáculo, los valores pierden peso y la moral se relativiza al grado de no ser un elemento esencial para elegir, exigir y evaluar a quienes ejercen el poder. Por encima de los valores como la honestidad o el espíritu de servicio, considerados antes como esenciales en la política, se encuentran hoy la eficacia –“robó pero hizo obras”, “robó lo justo”- y sobre todo, la imagen.
En efecto, la imagen es hoy el elemento esencial para construir una candidatura exitosa. Inmersos en esta civilización del espectáculo, políticos y ciudadanos no podemos estar al margen de una cultura en la que, como se mencionaba la semana pasada, se valoran la moda, la gastronomía y la cosmetología por encima de la Filosofía, la Historia o el Arte.
De manera que en este tiempo electoral los políticos se dedican a construir más que una plataforma con ideas, propuestas y fundamentos ideológicos, económicos, sociales y éticos, una figura, un personaje que resulte atractivo para los electores. La Mercadotecnia ha desplazado a la Ciencia Política, la moda ha dejado atrás a la Economía, la cosmetología cobra prioridad sobre la Ética.
Tenemos hoy una explosión de spots, espectaculares y pendones que compiten no por mostrar a un ciudadano que aspira a servir a su país, no por presentar una propuesta de gobierno basada en ideas fundamentadas y pertinentes sino por construir una imagen, un personaje de telenovela, un melodrama de superación personal, un héroe mítico equiparable a los de los libros de texto, etc.
Los candidatos se vuelven productos que se ofrecen a los consumidores y la competencia se centra en el mejor slogan, los colores y la fotografía más atractivos, el modo de vestir, peinarse y maquillarse que aprueben los “analistas de imagen”, la forma discursiva más impactante, en síntesis: la envoltura más atractiva.
Por nuestra parte los ciudadanos hablamos más de estas formas y estos “productos” electorales que de las personas, las ideas, las plataformas, los postulados y trayectorias personales y partidistas o el proyecto de país que queremos. Decimos también que “todos son iguales”, que “todos roban” –con la misma resignación o hasta aprobación que el taxista peruano- y que habrá que votar por el que “robe menos” o el que “robe pero sea eficaz”.
Nos importa más la calidad de producción de los spots, el color de la ropa del candidato o candidata, la actitud ante las cámaras, el chisme que indaga en sus vidas privadas, los escándalos o pequeños errores magnificados por la lupa de las redes sociales que lo que cada candidato o candidata puede ofrecernos como plan de gobierno en función de la sociedad que queremos construir.
¿Qué tiene que ver esta banalización de la política, esta política del espectáculo con la educación?
En primer lugar, para los educadores y funcionarios del sistema educativo resulta indispensable caer en la cuenta de este fenómeno para no entrar en este juego de la banalización de la política y pensar de manera crítica y responsable en los distintos proyectos educativos que podría haber detrás de cada candidato o candidata, exigiendo que comuniquen con la mayor claridad posible sus proyectos a los ciudadanos y a las instituciones del sistema educativo y organizaciones de la sociedad civil que estamos comprometidos con la mejora de la calidad de la formación que reciben los niños y jóvenes mexicanos.
En este aspecto, en las páginas web oficiales de los candidatos, se encuentran elementos aislados y formales que buscan impacto mediático pero no apuntan a una real transformación estructural del sistema educativo –escuelas de tiempo completo, cobertura universal en bachillerato o computadoras en las escuelas- . Nada se menciona en estas páginas respecto a qué harían con relación a los acuerdos y decretos presidenciales vigentes que distorsionan el gobierno de la educación en el país e impiden la mayoría de los cambios necesarios.
En segundo lugar, resulta obligado, ante este panorama desolador de un mercado de productos e imágenes electorales en lugar de un proceso democrático de presentación, debate y análisis de plataformas políticas, que los educadores, directivos, padres de familia, funcionarios educativos y todos los actores que tenemos relación directa con la educación reforcemos con estrategias curriculares, co-curriculares y extracurriculares la formación de ciudadanía inteligente y crítica, consciente de esta banalización y capaz de comprometerse a transformar la política desde la participación individual y colectiva.
Porque una política cosmética y vacía de contenido solamente puede producir un país de apariencias y escenografía y no el país democrático y justo que merecemos y estamos obligados a construir.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala y académico numerario en la Universidad Iberoamericana Puebla. Ha hecho dos estancias postdoctorales por invitación del Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado diecisiete libros, cuarenta artículos y seis capítulos de libros. Actualmente es coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores (REDUVAL), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación (ALFE) y de la International Network of Philosophers of Education (INPE). Trabaja en las líneas de Filosofía humanista y Educación, Ética profesional y Pensamiento complejo y Educación. Ha trabajado como formador de docentes en diversos programas y universidades desde 1993.
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EL PEPO