Lado B
Educar para mirar hacia arriba
Por Juan Martín López Calva @m_lopezcalva
12 de enero, 2022
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Pidamos a los Reyes, ser de esas y de esos, libres y desprendidos, que se saben arrodillar para ofrecer los dones que poseen a los demás. Que ninguna noche nos detenga, que ningún rey del mundo nos distraiga de la posibilidad de perseguir estrellas, sólo así seremos gente de esperanza y otra estrella en esta oscuridad.

Hernán Quezada S.J. «Seguir estrellas en tiempos de oscuridad«. Milenio, 2022.

Iniciamos un nuevo año y esta Educación personalizante es la primera entrega semanal con la que espero reanudar esta colaboración periódica en el espacio que muy generosamente me ha brindado LADO B, prácticamente desde su fundación hace ya más de diez años. Agradezco como siempre la confianza que siguen depositando en mí para compartir con sus lectores una reflexión cada miércoles sobre temas relacionados con la educación, este campo que sigue siendo un desafío y un pendiente para poder construir un país más justo, pacífico, equitativo, incluyente y unido en la diversidad.

En primer lugar quiero desear a todo el equipo de LADO B y a mis cinco lectores habituales un excelente año, lleno de realizaciones tanto en lo profesional y laboral, como en lo personal y familiar; desear también un buen año para este país tan necesitado de tiempos mejores y de aires nuevos que nos permitan a todos respirar más allá de la contaminación que diariamente nos invade desde las trincheras políticas de todos los signos, y desde las redes sociales que enfrentan personas contra personas, en lugar de confrontar ideas y argumentos para aproximarnos a una mejor comprensión del mundo.

Iniciamos un año que se vislumbra complicado y lleno de desafíos ante la nueva variante Ómicron, del virus SARS-CoV-2 y su impresionante poder de transmisión, además de los problemas endémicos de pobreza, exclusión, violencia del crimen organizado y violencia de género, desigualdad creciente y cultura del descarte y la trivialización de la vida humana, con factores agravantes como el aumento histórico de la inflación, la nueva polarización generada por la obcecación en el ejercicio de revocación de mandato, en la que parece ser que el único interesado es el presidente y su partido, además de la carrera por la sucesión presidencial que se ha adelantado más de lo que ocurrió en los sexenios previos.

Son tiempos de oscuridad, tiempos en los que el túnel se alarga indefinidamente y no vemos, ya no digamos la luz al final, siquiera algunos signos de que esa luz pueda existir. Tiempos de polarización, de crisis humana global, del parto doloroso de un cambio de época que está retrasándose y a veces parece que no llegará. Tiempos de un país que parece no tener salida, entre un gobierno que claramente no va a transformar nada de lo que prometió y que más bien está destruyendo las instituciones del Estado mexicano, una oposición que sólo piensa en intereses de grupo y que no tiene ningún liderazgo que plantee una alternativa, y una sociedad enfrascada en ponerse del lado de unos o de otros, descalificando e insultando a quien se ubica en el lado contrario.

Son tiempos, en la educación en concreto, marcados por la oscuridad del abandono total, de la indiferencia y la falta de recursos económicos y humanos, de la carencia de instituciones y de un sistema educativo sólido y complejo que sea realmente un motor de transformación para el país.

Es por ello, además de que acabamos de pasar el día de los llamados Reyes Magos, que quiero dedicar este espacio a una especie de carta tardía a estos personajes que cada 6 de enero le traen regalos a las y los niños que “se portan bien”, pero que tal vez puedan escuchar a las y los adultos que no nos portamos tan bien pero tenemos todavía la humildad para reconocerlo y las ganas de reorientar nuestro camino para tratar de salvar a esta humanidad, y en concreto a este país, que parece empeñada, empeñado, en autodestruirse.

Tal vez más que una carta a los Reyes Magos, es una carta a todas las y los educadores, tratando de invitarles a pedir a los Reyes el don de abrirnos a la comprensión de los tiempos que corren, de ser conscientes de la urgencia de reforzar nuestro trabajo educativo con el apoyo, o a pesar de la falta de apoyo, de las autoridades del sistema, dejando de lado la promesa ya claramente incumplida por la que muchos votaron, de una revalorización del docente que no llegó ni llegará, al menos de parte del gobierno, al menos en este gobierno.

En estas vacaciones de fin de año, tuve la oportunidad, como mucha gente —que a pesar de tener reacciones encontradas, la han comentado— de ver la película de moda en Netflix: Don’t look up (No mires hacia arriba). La cinta ha causado, como digo, reacciones encontradas y extremas. He visto muchos comentarios de personas a quienes, como a mi, les gustó mucho y les pareció una sátira —al mismo tiempo divertida y trágica— de la realidad global que vivimos, y también un buen número de comentarios de personas a las que les pareció pésima y aburrida.

Sin entrar en la realización de la película —guión, actuaciones, dirección, etcétera— quisiera detenerme en su mensaje central: ante un peligro mortal inminente que acabaría con la vida de toda la humanidad, el poder económico —un empresario del campo tecnológico—, el poder político —una presidenta de Estados Unidos interesada en su reelección— y el poder mediático —televisoras y redes sociales dedicadas a distraer y enajenar a la gente— se unen en contra del conocimiento científico —representado aquí por dos astrónomos de una universidad no muy valorada en los rankings—, y pese a toda la evidencia que se les presenta, anteponen sus intereses a la salvación de la humanidad.

¿Qué parte de este mensaje de la película no entendemos o nos parece ciencia ficción? El asteroide que va a impactar a la Tierra puede ser, como han declarado varios científicos entrevistados en torno a la película, el cambio climático, y el ejemplo de cómo los intereses económicos y políticos se unen en contra de la evidencia científica podemos encontrarlo claramente en el fracaso de la reciente cumbre climática de Glasgow, donde en el último momento se cambió el documento de acuerdos y compromisos por la presión del cabildeo de las grandes empresas petroleras y carboníferas del mundo —que tuvieron la delegación más numerosa presente en la cumbre—, echando abajo las posibilidades reales de salvar a la humanidad de un fenómeno que presenta peligros de extinción para la humanidad.

Mientras esto ocurre —mientras ocurría en Glasgow, no sólo en la película—, los medios y las redes sociales de esta Civilización del espectáculo nos tienen a todos entretenidos en banalidades, shows, influencers y aplicaciones cada vez más evidentemente insultantes para la inteligencia y nos ordenan que no miremos hacia arriba, hacia el asteroide, hacia el cambio climático, hacia la pobreza y la violencia. Mientras esto ocurre, la educación sigue transmitiendo contenidos no significativos a niños que se aburren y no encuentran en la escuela elementos de crecimiento intelectual, ético y ciudadano más allá de la convivencia con sus pares y sigue formando niñas, niños, adolescentes y jóvenes incapaces de mirar hacia arriba porque tienen que estar todo el tiempo mirando al pizarrón o a su libreta para memorizar lo que vendrá en el examen.

Mi reacción ante la película, pero sobre todo ante esta realidad cada vez más superficial y contraria a la inteligencia y a la construcción del bien humano auténtico, es de indignación activa y por esto escribo estas líneas para señalar que ya es hora de que reaccionemos y que las y los educadores, como profesionales de la esperanza que somos, nos pongamos a trabajar seriamente para educar niñas, niños y jóvenes capaces de mirar hacia arriba y de analizar lo que está ocurriendo realmente.

En varios aspectos ellos ya están viendo hacia arriba y están más adelante que nosotros. Por eso no extrañan el aprendizaje ni lo que las y los maestros les enseñamos sino solamente el encuentro con sus amigos para comentar lo que realmente les preocupa sobre este futuro que ya está aquí.

Ojalá las y los educadores le hayamos pedido y le sigamos pidiendo a los Reyes la capacidad de convertirnos en esos seres capaces de arrodillarse para ofrecer sus dones a los demás —a sus estudiantes, a la sociedad— y a luchar porque “ninguna noche nos detenga, que ningún rey del mundo” —por popular que sea— nos distraiga de la posibilidad de perseguir estrellas, para que podamos aportar un poco de luz en esta gran oscuridad.

*Foto de portada: Pragyan Bezbaruah | Pexels

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Autor Lado B
Juan Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..
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