Lado B
A la deriva: migración venezolana y salud mental
Una mujer que deja a sus hijos atrás; una joven que perdió a su madre a causa del cáncer; otro que se va persiguiendo el arte o una oportunidad de trabajo… Y nos vamos, migramos. Vivir en el país que se destruye, decidir irse, irse, intentar integrarse, reconstruir sin añorar. Somos más de 5 millones con una marca en común: la migración ha impactado en nuestra salud mental
Por Connectas . @
10 de octubre, 2021
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María Laura Chang, Johanna Osorio Herrera, Héctor Villa León

Migrar es más que trasladarse de un sitio a otro. Es dejar atrás lo que se conoce, es enfrentarse al cambio. Es, muchas veces, estar en soledad; sentir que te cortaron las raíces. Es adaptación, preocupación y calma, tristeza y alegría: incertidumbre. Puedes despertar feliz un día porque la vida se parece mucho a lo que tenías o a lo que soñabas y descubrirte en la tarde llorando por la nostalgia, porque te quedaste sin trabajo, porque la xenofobia te acecha o simplemente porque extrañas lo que no volverá.

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Nosotros lo sabemos. Somos parte de las 5 millones 667 mil 835 personas que han salido de Venezuela para huir de la violencia, inseguridad, amenazas, la falta de alimentos, medicinas y servicios esenciales de acuerdo con las cifras del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Ansiedad, depresión y otras alteraciones graves en la salud mental que derivan en incapacidad de integración; que restan calma y que pueden propiciar inestabilidad, dolor, adicciones, violencia e, incluso, la muerte, son algunas de las consecuencias de nuestra salida forzada, decidida, orillada.

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Hambre y violencia

Adriana Caldera supo que debía dejar Venezuela cuando murió su primer bebé, el mismo día de su nacimiento. Era octubre de 2016. Llegó en trabajo de parto al hospital, pero por falta de espacio le pidieron que esperara. La demora fue demasiada. El bebé tenía el cordón umbilical alrededor del cuello y cuando finalmente la atendieron el corazón de su hijo ya no latía. En ese momento comenzó a planificar su salida del país. En marzo de 2019, en medio del apagón nacional que oscureció a Venezuela por más de 140 horas, hizo su maleta, guiada con la linterna de su celular, y partió a Colombia junto a su esposo.

Algunos días, la familia de AJ solo comía los mangos que caían de los árboles. Pero a la pregunta de por qué partió no antepone el hambre sino la falta de arte. Al ser clarinetista y ver cómo se extinguía la vida cultural de su país, ver su universidad hecha trizas, optó por irse.

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Tanto AJ —oriundo del estado Zulia, al occidente de Venezuela—, como Adriana —de Falcón,  en el noreste —vivían desgastados emocionalmente. A lo largo de su vida estudiantil, AJ vivió más de 10 robos o intentos de robos, siempre de forma violenta. Adriana, por su parte, temía ser mamá en un país con un sistema de salud debilitado, con hospitales sin espacio, insumos o personal. Su miedo estaba justificado: según el Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional en América Latina y el Caribe 2019, Venezuela es el cuarto país de la región con mayor tasa de mortalidad neonatal, con 19,8 muertes por cada 1.000 nacidos vivos, solo por detrás de Haití, Dominica y República Dominicana.

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AJ con su clarinete. / Foto: archivo personal | CONNECTAS

Hablamos también del país más pobre de América Latina, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2019-2020 que calcula que el 79,3% de quienes viven en Venezuela no tienen cómo cubrir la canasta de alimentos como consecuencia de una tasa inflacionaria que en el 2018 llegó a 65.000% y, aunque en los años sucesivos bajó hasta 6.500%, el hambre acechó a la población. La arepa, el platillo más popular se volvió un lujo impagable para la mayoría, y en los momentos más álgidos se hizo usual ver a familias enteras hurgar en los basurales de las ciudades en busca de restos de comida.

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El gran apagón de marzo de 2019 selló todos los miedos. “Nos advirtieron que el país estaba a punto de un colapso, pero nadie se imaginaba que la situación sería tan grave. El país se apagó y la población se llenó de una enorme angustia, no solo por la ausencia de servicios, sino por la falta de comunicaciones”, explica Yorelis Acosta. Hubo desesperación y saqueos. Reinó la desesperanza.

De la desesperación al trastorno psiquiátrico

¿Cómo impactan estos fenómenos en la salud mental de la población? Cristal Palacios, psicóloga clínica, investigadora y fundadora de la red Psicodiáspora señala que existe una  merma de la calidad de vida que no se resume a un solo evento traumático, sino que en conjunto nos afectan y muchas veces generan estrés crónico y estrés postraumático.

“Empezamos a desconfiar el uno del otro. La familia se ha replegado hacia adentro de sí misma porque es la única forma de protegerse cuando tienes todo en contra”, señala la especialista, quien describe el deterioro de las relaciones sociales como resultado de una vivencia colectiva marcada por la crisis que afecta el bienestar colectivo.

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Una afectación que Yorelis Acosta describe en su artículo Sufrimiento psicosocial del siglo XXI: Venezuela y la Revolución como un evento “traumático-catastrófico” que tiene efectos psicosociales en los niveles individual y social. “Vivir por largos períodos de tiempo en contextos violentos puede potenciar trastornos psicológicos, cronificarlos e, incluso, proyectarlos transgeneracionalmente”, señala la especialista.

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Adriana Caldera. / Foto: archivo personal | CONNECTAS

Todo esto sugiere que cuando estamos insertos en estas condiciones adversas: repletos de miedos y angustias que se generan por no tener garantizadas nuestras principales necesidades podemos normalizar todas estas fallas, pero internamente todo se va acumulando y “se internalizan tanto a nivel neurológico, como a nivel cognitivo emocional y eventualmente resultan en estos síntomas de estrés postraumático”, agrega Acosta.

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Síntomas que nos llevan a vivir anclados a momentos en el pasado y que sobrepasan nuestras capacidades de gestión emocional dice Palacios, para quien, en el caso de las personas migrantes de Venezuela, esos momentos no son necesariamente situaciones singulares, sino que dan por la acumulación de eventos estresantes que se vivieron en el país y que propician la hipervigilancia, la dificultad para dormir o para comer, pensamientos invasivos o flashbacks, la dificultad para soltar mentalmente nuestras ideas de Venezuela y a veces conductas de evasión de personas que no quieren saber nada del país, pero que en realidad no han podido desconectarse porque siguen ancladas a esas vivencias que les marcaron.

“Los eventos pasados se construyen en un gran evento que nos dificulta la vida cotidiana”, dice la psicóloga y especialista en migración Constanza Armas.

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Aumento de suicidios

Las cifras no tardaron en reflejar la vulnerabilidad social por la situación económica. Desde el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) se llevó a cabo un estudio para determinar la incidencia de la crisis en los suicidios ocurridos entre octubre de 2019 y marzo de 2020. A pesar de que no existen cifras oficiales, la investigación realizada en este periodo contrastó los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de instituciones como la Corporación de Salud (Corposalud) de algunos estados del país.

“La tasa de suicidios entre octubre de 2019 y marzo de 2020 pudo haber estado fluctuando entre 9,3 y 9,7 suicidios por cada 100 mil habitantes. Y según las últimas cifras oficiales registradas por el Estado, la tasa se ubicaba en 3 suicidios en el mismo período. Vimos un incremento de más de dos veces, y es congruente con la realidad que estamos viviendo”, dice Gustavo Páez, coordinador del OVV en la ciudad de Mérida y encargado del proyecto.

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A la fecha no hay una actualización del estudio, pero OVV ha dado seguimiento de los suicidios en el país durante los últimos tres años a través de partes policiales y notas publicadas en los medios de comunicación. Una situación que la pandemia por covid-19 vino a agravar en el 2020, pues hubo un alza de 150% entre los meses de abril y mayo. “La gente empezó a tener temor de contagiarse, de morir, de quedarse sin recursos económicos. Las empresas y las instituciones cerraron, los ahorros se gastaron y eso pudo haber incrementado los suicidios”, dice Páez.

Para 2021 las cifras no reflejan una mejoría. Tan solo en los primeros cuatro meses de este año se han reportado 108 suicidios a nivel nacional, mientras que el año pasado fueron 281, es decir, casi el 40% de la cifra total del 2020.

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Quienes investigan el tema señalan una correlación directa con la crisis venezolana y la emergencia sanitaria. “Tenemos más de un año en pandemia. La flota de autobuses está en un 7% funcionando. No puedes llevar una vida normal, hay meses donde los cortes eléctricos bajan, pero hay otros donde son 8, 10, 12, 15 horas o más. El gas doméstico no tiene continuidad en el suministro. La salud está por el piso. Enfermarte en el país es un lujo, casi tienes que ser millonario”, comenta el especialista.

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Bryant González. / Foto: archivo personal | CONNECTAS

Simultáneamente ha habido un aumento de la criminalidad. Las últimas cifras señalan que tan solo en 2020 murieron de forma violenta 11.891 personas de acuerdo con el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV).

 

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*Foto de portada: Migrantes en la frontera entre Colombia y Venezuela. / Rafael Urdaneta Rojas | Pixabay

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