Lado B
Baila Nicolás, baila
Por Lado B @ladobemx
05 de enero, 2026
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Ronnel García*

Cuando yo era niño en aquellos lejanos noventa, en el centro industrial de la calurosa Aragua, mi región natal, antes de que su nombre fuera inherentemente asociado a la delincuencia internacional, una de las actividades favoritas de todos los niños aragüeños era visitar el zoológico de Maracay, orgullo de la ciudad, en la que una de las atracciones favoritas del momento era un mono babuino llamado Pancho, que en su infortunio cautiverio había aprendido a bailar como forma de entretener a los visitantes para que estos le arrojasen comida a su jaula, respondiendo al ritmo de los gritos de los asistentes que coreaban emocionados: “¡Baila Pancho, baila! ¡Baila Pancho, baila!”. La experiencia compartida fue como un meme en tiempos anteriores, muy popular entre los aragüeños de mi generación. Desconozco el destino de aquel pobre primate, que asumo habrá fallecido con la edad y, como toda anécdota de aquellos tiempos de esa lejana Venezuela que muchos temen jamás volverá, quedó solo en la memoria de los que en su momento lo vivieron.

De esos golpes de nostalgia en la que la mente se refugia en tiempos aciagos ha venido a mi mente con la imagen de aquel hombre enjaulado que, disociado de la realidad horripilante de un colapso estrepitoso, posa con soberbia entre sus orgullosos captores para disfrute irónico de la opinión internacional. Nicolás Maduro Moros, el hombre que convirtió su propio país en una jaula, una jaula con aberturas de la que millones fueron empujados a escapar, pero una jaula a fin de cuentas, ahora goza de los placeres de su propia jaula literal, expuesto como trofeo de caza de una fuerza de ocupación que lo exhibe cual mono de feria, como símbolo de la victoria de un poder fáctico desigual al que se sintió capaz de desafiar ante la muralla del poder de un estado militar clientelar. Una muralla de misiles, alianzas con potencias rivales expansionistas y diplomacia chapucera que confió en la perfomatividad de un sistema internacional, sostenido en el inmovilismo y la promesa de una medición de coste beneficio que le garantizaba una tranquilidad de la que nunca se resistió a presumir bailando.

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Maduro como la cabeza visible de un régimen autoritario performativamente marxista construido sobre las vigas de una industria extractivista, que prometía riqueza infinita convertida después en una ruina de óxido, nunca fue en la realidad el gran hermano todopoderoso de la revolución armada que fue su padre político, sino más bien la cara necesaria de una estructura unipartidista segmentada entre cuotas de poder de una oligarquía militar parasitaria, dependiente de los restos de una renta económica casi desaparecida para subsidiar la lealtad de una fuerza de represión y terrorismo de estado sistémico destinado a garantizar los privilegios de la élite a costa del sufrimiento inacabable de millones.

Maduro a diferencia de Chavéz nunca fue el régimen, apenas una figura pública de cara al teatro bufo de la institución republicana socavada, pero también siempre demostró ser, en su no siempre fingida torpeza, un muy entusiasta promotor de la violencia institucional como garantía de su continuidad indefinida, y como tal, sus proezas teatrales de indiferencia al sufrimiento de la población y de celebración al sometimiento del adversario cumplían una función estructural: cimentar la frustración como batería de la desesperanza. Lo que para los extranjeros eran payasadas de un autócrata bufón que en exhibición de su bananerismo tropical bailaba para el público en sátira de algún solista salsero de poca monta, para las victimas desperdigadas en el interior y exterior del país era la representación de la humillación del poder para con sus desafortunados gobernados, una muestra descarada de despreocupación y goce de los gobernantes despiadados ante la confianza de que nada podíamos hacer, y nada jamás iba a pasar para poner fin a la injusticia.

Hoy el teatro no ha terminado, pero su maestro de ceremonias ha cambiado. Con la decisión del populista del norte de exhibir su poder contra la víctima menos empatizable que tenía a su disposición, la máscara del poder armado del chavismo se quebró. Su promesa de resistencia heroica colapsó junto a su costoso y maltrecho sistema de defensa antiaérea adquirido de los aliados. Un régimen ultranacionalista y militar, que prometía la protección irrenunciable contra la amenaza del agresor externo, enfrentó la irremediable humillación de ver impotente cómo el poder real de una potencia que los dejó atrás en doctrina, disciplina y cohesión penetró en sus orgullosas defensas y se llevó sin consecuencia alguna a su jefe de estado como rehén, dejando atrás indemnes al resto de la cúpula ya no como jerarcas de un poder supremo, sino como simples delegados del nuevo poder absoluto venido de un oligarca de la élite económica del enemigo extranjero.

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La humillación que ahora sufren los opresores se ve representada en cada fotografía, video y reportaje en el que se retrata a su supuesto líder supremo tratado con la dignidad y majestad de un delincuente común. Ni siquiera quienes durante todo este largo periodo histórico nos opusimos desde el primer día a la instauración del culto irreflexivo a la personalidad del caudillo como política de estado, ignoramos la verdad clara de que Maduro en su nueva calidad de prisionero de la primera potencia occidental no deja de ser en la práctica un preso político, un recurso necesario del trumpismo para sostener su nueva doctrina de dominación fáctica del hemisferio sobre el cual las acusaciones penales en su contra son una mera excusa de lo que es la práctica efectiva del poder, del cual nosotros las víctimas no hemos sido invitados. No lo veremos ser juzgado por los asesinatos en protestas, por las ejecuciones extrajudiciales, por las desapariciones forzadas, por las torturas y ejecuciones a detenidos políticos, el cierre arbitrario de medios de comunicación, el abandono del estado a la diáspora, el fraude electoral institucional, la anulación fáctica de la constitución o el desfalco milmillonario a las arcas públicas mediante el mal manejo de las empresas estatales, y probablemente a los socios dejados atrás tampoco los veremos pagar en tanto obedezcan al nuevo monarca. Nos conformaremos con sentir como si tales crímenes estuvieran siendo delegada e indirectamente castigados con base en otros más bien fingidos. La justicia, incluso siendo injusta, tiene un sabor dulzón para los que sufrimos de su prolongada abstinencia.

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En esta tesitura, me recuerdo a mí mismo el axioma moral que varias veces me repetí, según el cual el enemigo puede ser odiado en tanto sea tratado como humano, pero cuando el enemigo pierde su humanidad, nos vemos obligados a dar un paso atrás en nuestra ansia de castigo por el mal sufrido y exigir que el que ha sido deshumanizado, aun habiendo sido ruin, debe ser devuelto a su condición de humano para no perpetuar el mal. Me lo recuerdo y aun así… no puedo evitar permitirme la hipocresía de darme la indulgencia de disfrutar de la que por ahora es una humillación cruel de quien nunca resistió ser igualmente cruel, y mirar a la pantalla y gritar desde afuera de la jaula: ¡Baila, Nicolás! ¡BAILA!


*Ronnel García es ingeniero eléctrico, técnico instrumentista y aficionado a las ciencias humanas con las que se busquen retratar la identidad del género humano. Por vínculos familiares es a la vez Venezolano, Peruano y Colombiano, por lo que para él las fronteras son una formalidad en el gran entramado del rompecabezas de la sociedad.

Foto tomada de Wikimedia Commons, licencia CC 4.0

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