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Mascota
Las “mascotas” son algo más que acompañantes de la vida doméstica: no son ni meros subordinados ni amos de su vida. Lo mismo, sin embargo, cabe decir de los humanos. Así las cosas, ¿quién saca a pasear a quién?
Por Klastos @
01 de julio, 2021
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Alma Cardoso

Una mascota es un animal domesticado, un ser que se ha mudado a la casa de los humanos. La palabra mascota refiere a un amuleto, un tótem, una figura mágica que se porta para atraer la buena suerte. Por lo tanto, que un animal sea una mascota significa que se integró a la cotidianidad humana para cumplir un rol secundario. Así, el ser humano anexa a las mascotas a su entorno para darle alguna función.

Al “hacerse de casa”, los animales se ajustan a los espacios que habitan: cambian  su tamaño (a menudo para hacerse más pequeñas), se convierten en fetiche, y terminan por encarnar los más ridículos deseos, afectos y violencias de quien las posee. 

Curiosamente, casi siempre se les obliga a encarnar la versión burlesca de algún trauma con forma humana: algún mono vistiendo ropa de moda, chihuahuas paseando por los malls en carriolas, loros huastecos recitando albures, pomeranias descansando en la playa con finos lentes. De lo humano, las mascotas reproducen especialmente la versión patológica: desórdenes alimenticios, ansiedad, depresión, manifestaciones violentas súbitas y hasta obesidad e hipertensión.

En tanto mascotas, las y los perros son quienes con mayor frecuencia han abandonado su forma de animal-salvaje para convertirse en animales-humanizados. En otros momentos, el perro fue símbolo de fidelidad, fuerza, astucia y familia, pero los mitos politeístas también los ubican como agentes que acompañan en la transición, por ejemplo, de la vida a la muerte. Pareciera que su condición doméstica nos ha hecho convertirlo en una especie de doble agente, símbolo del intersticio.

De todas las abstracciones que hemos generado de las mascotas para proyectarnos en ellas, la del presente apunta a convertirlas en humanoides que nos sirven para subsanar las carencias afectivas propias de nuestra cultura. El trabajo que tienen las mascotas, especialmente los perros, es proveer afectos que pagamos con casa, comida y una que otra salida al parque.

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Galilea Corona, Retratos familiares. Fotografía digital, 2018. Imagen cortesía de la artista

Las mascotas están subordinadas y se les proporciona lo que sus propietarios consideran es adecuado para ellas. Sus vidas son interpretadas desde la mirada del amo, de tal modo que los animales de casa deben inscribirse en una relación regida por las herramientas de entendimiento humano. Decidimos lo que, según nosotras y nosotros, es adecuado para ellas.

En un texto que circula por algún lugar de Internet hay una frase que dice que una mosca deconstruye mejor una casa que un perro. La idea parece afirmar la condición de subalternidad en la que hemos inscrito a las mascotas al tiempo que reprocha su pérdida de fuerza salvaje. Son tan dependientes y sumisas sin voz propia, sin lenguaje que, siguiendo la lógica de la frase, sería difícil convertirlas en símbolo de lucha o potencial transformador.

¿Es la palabra mascota el símil de ama de casa, indígena citadino, trabajadora precaria, recurso natural, y otros conceptos que refieren a las y los subalternos como trabajadores dóciles viviendo en el mundo del amo?

Aquellas máquinas peludas de trucos y apapachos de los hogares del mundo civilizado con certeza tienen el potencial de hacernos articular algo más que una buena fábula, o las ganas de comprar una nueva correa.

En el Manifiesto de las especies de compañía, Donna Haraway invita a reconstruir la forma en que entendemos los vínculos que surgen entre especies sociales domésticas. La narrativa patriarcal y humanista que pone al ser humano al centro, tiende a contar la historia de la domesticación de los perros como un proceso de esclavitud y sumisión, de pérdida de libertad.

En cambio, un relato centrado en las relaciones de acompañamiento y de mutua pertenencia (nosotros somos de las y los perros tanto como las y los perros son nuestros) diluyen la añeja división entre civilización y naturaleza. El Manifiesto de Haraway propone entender el acompañamiento de interespecies como la tecnología más relevante para la evolución de todos los seres vivos del planeta, especialmente los humanos. Ello implica que el acompañamiento es una herramienta producto de la evolución conjunta entre seres humanos y no humanos. El punto es preguntarnos cómo los humanos podemos construir una relación de co-derechos con los animales sin humanizarles, y en donde nosotros también los acompañemos en vez de explotarlos.

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Galilea Corona, La Bendi. Fotografía digital, 2018. Imagen cortesía de la artista

Reposicionar la perspectiva que tenemos del acompañamiento es la invitación a imaginarnos en relaciones de convivencia menos impositivas, donde ni la tecnología es producto único de los humanos, ni hemos sido los ganadores de la carrera evolutiva, pues, de hecho, no existe tal carrera.

Lejos de crear una falsa nostalgia por lo animal y añorar la vuelta a la naturaleza, descontinuar la noción de mascota es evidenciar que en las relaciones domésticas las dinámicas de convivencia existen y necesitan dejar de pensarse en claves amo-esclavo, humano-animal, cultura-naturaleza.

Las especies de compañía afirman el vínculo de dependencia que existe entre diferentes tipos de seres, y la idea de domesticación ha sido la forma predilecta para contarnos la historia de triunfos excepcionales que suponemos es la humanidad. La máquina antropológica, como la llama Giorgio Agamben, es la que insiste en hablar de esa división infranqueable entre lo humano y lo animal, pero en esa frontera imaginaria se encuentran las mascotas, jugando modestamente a ser Hermes o, mejor, Hécate, diosa de las encrucijadas, de los caminos, y hechicera hogareña que deviene perra.

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