Lado B
Escuelas burbuja, educación presencial en pandemia
Estos espacios se han creado de manera provisional en casas, con grupos pequeños, organizando sus contenidos y bajo sus propios horarios
Por Ray Ricardez @RayRicardez
02 de marzo, 2021
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Jardines, salones o patios de casas, acondicionados de manera provisional, intentan recrear los colegios a los que niñas y niños dejaron de asistir meses atrás, cuando el aislamiento comenzó. Se les conoce como escuelas alternativas, o escuelas burbuja y, en Puebla, han acaparado la atención de algunas familias que buscan un espacio en el que sus menores socialicen y tengan un aprendizaje complementario, adecuado a sus intereses específicos y horarios particulares.

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Desde agosto del 2020, cuando el nuevo ciclo escolar estaba por comenzar bajo el mismo formato de educación a distancia instaurado en marzo del mismo año, familias y docentes, al ver las afectaciones emocionales ocasionadas por el aislamiento en las niñas y niños, y ante la imposibilidad de apoyarles completamente desde casa con los contenidos académicos, consideraron la apertura o búsqueda de estas aulas alternativas.

Angélica Maldonado, abogada y madre de dos niños, explica que un grupo de madres de la escuela a la que asistía su hijo se organizó para abrir una escuela burbuja en su propia casa. Ella detalla que acondicionaron un espacio en su jardín, compraron entre las familias el material escolar necesario, y contrataron una maestra y a un profesor de educación física. Empezaron siendo cuatro y ahora son seis menores de edad —que oscilan entre los cuatro y cinco años— quienes asisten a la escuelita. 

Además, cuenta Maldonado, una persona se encarga de la limpieza del lugar con la finalidad de mantenerlo en las mejores condiciones sanitarias posibles para evitar contagios. A su vez, utilizan gel antibacterial y que portan, en la entrada y salida, cubrebocas. En las clases, se les permite no usarlos, respetando la sana distancia y bajo el compromiso de que todas las familias han tenido precauciones. 

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“Intentamos darles un poco de enseñanza, pero a la vez que ellos se sientan libres, que se diviertan y que socialicen, que es lo más importante”, explica Stephanye Hernández Tello, asistente de maestra en otra escuela burbuja, donde trabajan bajo el modelo Montessori. Ella considera que el aislamiento ya estaba afectando a las niñas y niños demasiado y que, el hecho de que se quedaran en casa, propició que se perdiera una conexión social, por ello estas escuelas son importantes, a la par de que dan un seguimiento educativo

Estructura de las escuelas burbuja

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Foto: Olga Valeria Hernández

Al ser organizadas de manera particular e independiente, cada escuela burbuja define sus propios contenidos, horarios, número de estudiantes que recibe, las edades y nivel escolar que imparten dependiendo los requerimientos de las familias. No están registradas ante la Secretaría de Educación Pública y operan desde un formato de clases particulares sin validez oficial, similar al de tutorías complementarias más allá de las escuelas regularizadas; es por esto que no otorgan documentos (ni pretenden hacerlo) que acrediten un avance académico ante las autoridades.  

Ante ello, las familias acuden a las escuelas burbuja con el afán de que su hija o hijo tenga actividades presenciales personalizadas con un grupo que les permita socializar y aprender, más no pretenden que en estas acrediten la escolarización oficial. 

En general, cuentan con horarios específicos de lunes a viernes, basados en lo acordado entre madres y padres. Daniela Blanco, psicóloga y docente que ahora labora en una home school en Puebla, explica que es importante volver a generar una rutina escolar en las niñas y niños desde estos lugares.

Blanco detalla que en su aula asisten de lunes a viernes, de 9:00 a 13:30 horas, procurando hacerlo como en un kínder normal, siguiendo una agenda de clases. Explica que sus estudiantes llegan al aula, dejan su mochila y se sientan en un lugar asignado, tal como lo harían en un salón tradicional; incluso, cuenta, algunos llevan el uniforme de su antigua escuela. Ahí se imparten clases, sirven el lunch y tienen recreo. 

Por su parte, en la escuela alternativa donde trabaja Stephanye Hernández, van los lunes, miércoles y viernes, de 10:00 a 14:00 horas. Allí realizan actividades al aire libre e incluso excursiones, además de llevar clases de geografía, español, matemáticas, inglés, entre otras. 

Carla Marbella, arquitecta y madre de una niña de cuatro años, cuenta que en la escuela burbuja de su hija han replicado el horario de entrada y salida de la escuela tradicional, llevando clase de deportes, recreo, lunch y actividades escolares. “Quedó como si fueran a la escuela”, asegura. 

En cuanto a las edades y grados escolares, gran parte de los espacios de este tipo reciben a niñas y niños de entre tres y diez años. Gabriela González, quien es docente con más de 40 años de experiencia y directora de una institución privada de educación básica, asegura que estas escuelas reciben particularmente a los grados de primaria baja (primero, segundo y tercero) y preescolar, quienes son más demandantes en sus cuidados, ya que, a edades mayores, las familias consideran es más fácil que reciban clases a distancia y desde casa. 

Todas estas escuelas procuran tener grupos reducidos en espacios abiertos. En el caso del aula donde Hernández imparte clases son, hasta el momento, cuatro estudiantes, mientras que en la escuela de Blanco llevan a cuatro niñas y cuatro niños de kínder y a cinco de primaria. 

Los contenidos impartidos procuran tener una planeación, y cada escuela alternativa decide si los adecua a lo establecido por la Secretaría de Educación Pública (SEP) o no. Daniela Blanco explica que ella sí lo hace, mientras que Stephanye prefiere seguir el modelo Montessori. Marbella, por su parte, cuenta que su hija sí lleva una planeación basada en el programa escolar oficial de la SEP desde su escuela burbuja.

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Foto: Evgeni Tcherkasski | Pixabay

Sin embargo, tanto madres como docentes coinciden en que lo más importante para las niñas y niños fue el regreso a la socialización, incluso más que la impartición de clases. “Los niños, más que prestar atención, querían convivir y jugar”, asegura Blanco.

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Desde la visión psicológica como docente, Blanco asegura que es importante recordar que somos seres sociales, y que el encierro afecta demasiado al crecimiento emocional, sobretodo para niñas y niños. Es por ello que, de acuerdo con ella, estos espacios cobran sentido. “El colegio es tu segunda casa, porque ahí también aprendes a vincularte con los demás, a expresar tus emociones, a convivir y a formar tu personalidad”, comenta.

Madres organizadoras

La mayoría de estos espacios son organizados por las madres de las niñas y niños inscritos. Fueron ellas quienes, para sus respectivas escuelas burbuja, acudieron con las maestras para contratarlas y crear su aula alternativa. Daniela Blanco asegura que son las madres las que tienen mayor participación en este proceso de aprendizaje. 

Maldonado comenta que la prioridad para ellas era el tema emocional de sus menores. Ella recuerda que el año pasado, en su escuela oficial, tuvo una experiencia poco gratificante, ya que, los dos primeros meses no recibieron información ni contenidos. Después, detalla, la docente envió videos muy largos. “Para cerrar el curso de maternal, yo ya veía muy mal a mi hijo”, lamenta, asegurando que le faltaba tiempo para ayudarle con sus tareas, además de que lo veía desesperado, cansado y triste porque no podía ver a sus amigas y amigos. 

Además de no estar conforme con la educación y modelo a distancia basado en entrega de contenidos y sesiones por videollamada, para Maldonado fue importante tener horas disponibles para su trabajo y vida personal, gracias a que ella y otras madres pudieron crear su escuela burbuja.

Aun así, la madre de dos niños considera que, aunque han intentado replicar el modelo tradicional de escuela, no es lo mismo, porque al final las y los menores se sienten en una casa y no en un aula. “Está bien para ahorita, para la necesidad, pero no está bien para que así se vuelva toda la vida”, comenta. 

En desacuerdo desde las escuelas tradicionales

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Foto: Element5 Digital | Unsplash</bZ

Las escuelas burbuja, de acuerdo con la directora Gabriela González, se han convertido en uno de los problemas que más ha afectado a la educación privada debido a que han causado bajas en su alumnado; esto porque existen madres y padres que, a causa de sus trabajos y al no poder estar en casa, tienen la necesidad de llevar a sus hijas e hijos a clases presenciales alternativas, desinscribiendoles de sus colegios tradicionales. 

Otras familias, además, recurren al home school porque consideran que no es conveniente para el desarrollo de sus menores que estén confinados en casa con clases a distancia

González detalla que quienes en su mayoría están acudiendo a las escuelas burbuja, son niños y niñas a las que sus papás y mamás han dado de baja en los colegios tradicionales para evitar el pago colegiatura. Además, asegura que ninguno de estos espacios alternos está registrado o pagando su incorporación a la SEP, misma que, en el estado de Puebla, se detalla en la Incorporación de escuelas particulares

Desde las escuelas regulares se demanda que deben pagar sus incorporaciones, acreditar los estudios de su alumnado, hacer pagos de nómina, pagar impuestos y renta, en algunos casos. En las escuelas burbuja, en general, pagan sólo por los materiales y el sueldo de las o los docentes.

“Son nichos de oportunidad que la pandemia abrió, que muchos maestros o estudiantes de carreras afines a la educación han aprovechado y están capitalizando a su favor, pero definitivamente no me parece una forma leal de competencia y ni tampoco que cumpla con todos los requisitos que debe tener un proceso de enseñanza-aprendizaje”, asegura la directora y docente, a quien le preocupa los contenidos vistos, los métodos y los espacios de enseñanza.

Por otro lado, González explica que comprende a las madres y padres que, por necesidad económica, o por no poder estar en casa con sus hijas e hijos, o por no poder darles seguimiento educativo, recurren a estos espacios. Ella considera que hay quienes quieren que sus hijas e hijos tengan un desarrollo educativo más apegado a lo normal (de manera presencial); esto le parece sano, ya que se intenta velar por el interés de la o el menor.

Por otro lado, algunas de las familias, explica González, no inscribieron a sus hijas e hijos en su institución y les matricularon en escuelas más económicas o públicas para tramitar el ciclo escolar. Algunas de ellas, a la par de hacer esto, recurrieron a las escuelas burbuja. 

Otro factor que influye en que salgan de la escuela tradicional y se inscriban en escuelas burbujas, explica la docente y directora, es que existe la idea de que el preescolar “es lo de menos, no importa y no tiene validez”.  Esto, advierte, es una idea errónea. Lamenta, además, que se crea desde las familias “que se está trabajando menos o no se está haciendo nada” en las escuelas regulares desde la modalidad a distancia.

Edith Martín del Campo, profesora de educación básica de inglés en una escuela privada, considera que es importante tomar en cuenta que las niñas y niños deben estar en sus clases en línea, con sus compañeras, compañeros y maestras, con la finalidad de seguir perteneciendo al grupo y en su entorno. Advierte, además, que siempre existe el riesgo en estos espacios de contraer COVID-19, por lo que pide a madres y padres tener paciencia antes de enviar a sus hijas e hijos a aulas alternativas presenciales.

“Mientras más nos tardemos [en regresar a las aulas] más van a ir surgiendo estas pequeñas escuelitas burbujas”, anticipa Gabriela González. 

No obstante, a pesar del debate entorno a su existencia, las escuelas burbuja han intentado abrir un espacio en donde niñas y niños puedan convivir en medio de una contingencia sanitaria, generando lazos y aprendizaje. Tanto docentes de estas escuelas como de las aulas tradicionales, coinciden en la importancia de la socialización en las niñas y niños de estas edades y entienden que, si surgieron estos espacios, fue por necesidad. 

“Hemos hecho una mini-escuelita”, cuenta Daniela Blanco. “Sacamos lo positivo de lo negativo: vino una pandemia y sacamos algo por la educación de los niños”, concluye.

*Foto de portada: Markus Spiske | Unsplash

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Autor Lado B
Ray Ricardez
Licenciado en Relaciones Internacionales por la UDLAP con Maestría en Medios, Comunicación y Cultura por la Universidad Autónoma de Barcelona. Investigador, periodista en proceso y músico de corazón. Coordinador de la revista digital Libertad de Réplica. Interesado en la movilización, el periodismo y el cambio social. Soñando con hacer un mundo mejor ayudado por las palabras.
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