Extra Terrible
Por Aldo Plouganou @
29 de junio, 2020
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En 1982 Steven Allan Spielberg estrena su noveno largometraje para el circuito de salas comerciales, E.T. es para millones de niñes en los 80s y 90s un fenómeno cultural de un impacto profundo, para muchos cineastas un detonador fundacional para arrojar su vida al destino que este oficio les deparaba y para un grupo de empresas un catalizador económico que los catapultó a las estrellas; aunque lo de mi generación es de segunda vuelta, tuve varios compañeros que estudiaron cine básicamente por lo que E.T. les hizo sentir.

Recuerdo patente el run run que se armaba en los recreos de la primaria cuando Canal 5 la daba el domingo, nunca faltaba el vivo/ la viva, que lograba convencer a sus viejos de llevarles la bicicleta a la escuela para presumir que la suya tenía canasta frontal.

Todo ese cotilleo y la emoción infantil de un acontecimiento que los atravesaba a [email protected], para mí fue más bien un recuerdo desde la tribuna, con mi hermano menor no entramos en esa onda; ya habíamos visto las Star Wars y otras películas que la hacían menos sorprendente pero a pesar de todo, recuerdo perfecto el gancho en el estómago cuando la bicicleta empezaba a volar. Y justo eso, ese momento es lo que decenas de veces he visto, leído, escuchado a cineastas decir que los metió al cine. Ese momento es el fenómeno, el acontecimiento universal, la fuerza con la que creyeron que ese vuelo estaba pasando es una singularidad cultural; tanto, que yo aún sin enganchar con la corriente de emociones, aun sin estar loco por la película, pude sentirlo, puedo entender lo que los marcó tanto.  

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La cultura popular es un acontecimiento que siempre me ha resultado fascinante, me parece tan difícil que exista algo tan abstracto y a la vez tan directo, casi como un lenguaje universal que nos sabe interpelar más allá de las posibles aristas de nuestra construcción de identidad: generación, clase, región, idiosincrasia, religión.

Podemos ser diferentes en un montón de cosas, pero hay ciertos códigos y experiencias, diseñadas para ser vividas, de forma que nos puedan atravesar por ser seres humanos más que por el target en el que el sistema nos haya etiquetado. Igual cada vez que pienso en esto es una dicotomía, porque esa fascinación siempre viene acompañada de la conciencia de qué tan productiva puede ser la cultura popular como herramienta para la colonización intelectual/cultural. 

Estreno de E.T. en Barcelona

El cine Urgel en 1982, con ’E. T., el extraterrestre’ de estreno./ Foto: Albert Ramis

Entre los subgéneros que la conforman, el que más intriga me genera es la conspiranoia, ¡bah!, por lo menos es el que más vueltas me da en la cabeza; esa mezcla rara de penúltima leyenda que se disfraza de anécdota con toda la ropa de una ficción. Y si bien, el término es más bien cercano, esa combinación de teoría de conspiración con una paranoia de pensamiento mágico desbocado debe ser tan viejo como nuestro primer eslabón evolutivo.

En los noventas y un buen rato de los dos miles, todavía las llamábamos leyendas urbanas, para mí que es un error confundirlas. La leyenda tiene esa cosa apoteósica, épica de gente real con proezas reales absolutamente ficcionadas con un buen uso de algún dispositivo narrativo. La conspiranoia en cambio, es más bien todo lo contrario, cosas de mentira que le pasan a gente de mentiras y que son manifestadas con un buen uso de algún dispositivo realista. 

Si tengo que buscar la primera conspiranoia que escuché tendría que ser alguna de las historias que contaba Jaime Maussan en su programa de t.v. abierta, los detalles son poco claros, pero la más vieja de sus historias que recuerdo es la del extraterrestre que investigaron en algún laboratorio secreto de Nuevo México, cerca del Área 51. 

Jaime Maussan en Stranger Things

Jaime Maussan, promocional segunda temporada de Stranger Things / Foto: Netflix Latinoamérica | YouTube

Ahora, ¿por qué hablamos de fenómenos culturales en este espacio de cine? Ya llego, porque todo tiene que ver con todo. Fue justo en un brillante desplante de colonización cultural; como eran los especiales de VH1 sobre ciertos temas, épocas, modas, movidas, donde lo escuché por primera vez. Era un especial de los 80s, con una voz jovial, la locutora que hablaba en un neutro forzado –bien de doblaje– contaba que la cosa más ochentera del mundo era el ATARI, esa consola que todos habían querido y adorado, que revolucionó el mundo de los videojuegos con Pac-man, Pong, Space invader y provocó esas tardes eternas de primos o amigos del barrio que se juntaban por horas a jugar. 

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Casi al pasar, como quien tira una bomba antes de batirse en retirada la voz de la chica con mucha energía, contó que uno de los juegos más tristemente célebres de esa consola fue justamente el de E.T. porque un montón de personas se lo habían comprado, esperando que fuera tan bueno como la película y era más malo que notificación de incumplimiento del SAT. Pero el tema no acababa ahí, el juego había sido tan malo que miles de personas habían pedido una devolución, y el run run para que nadie lo comprara fue imparable; decía la chica que el juego había sido tan malo que algunos creían que había sido la razón por la que ATARI quebró.

La conspiranoia era que con la empresa en bancarrota, ATARI tenía una montaña de 20,000 cartuchos de E.T. y era –literalmente– más caro tirarlos a la basura que llevarlos al desierto de Nuevo México –ese donde también había pasado lo de Maussan porque todo tiene que ver con todo– y enterrarlos. Cerraba el asunto de forma enigmática: –a la fecha, no se había podido confirmar el entierro clandestino de los cartuchos, ya que el director de la empresa lo había negado, sin embargo, varias fuentes del personal que trabajaban en la empresa al momento del cierre, habían confirmado que el operativo se había realizado. Ellos elegían creer… 

Era como una aventura a lo Indiana Jones –ni mandado a escribir–, un antitesoro de miles de videojuegos que nadie quiere jugar, perdido en el medio del desierto, enterrado como el destino de la emblemática compañía que los había producido, envuelto en un misterio insondable por la vergüenza del fracaso de los directivos y a la espera de ser develado. 

Juego de E.T. para Atari

E.T. the Extra-Terrestrial pantalla de títulos, Atari 1982.

Por años fue la conspiranoia del mundo del cine más intrigante, ¿existiría?, ¿podía ser que fuera más barato enterrarlos que tirarlos?, ¿podía ser que de una película tan amada saliera un juego tan malo que quebraba a la empresa que lo hacía? ¿Qué haríamos si lo encontráramos? Un misterio exquisito… Pero sobre todo, otro fenómeno cultural; otro acontecimiento que calaba profundo en la cultura popular. 

Yo heredé esa consola y ese videojuego, en verdad era más malo que gobernador de Puebla; no sólo era malo como para no querer usarlo, era malo como para aventar algo contra la pantalla. Pero aún siendo el mejor videojuego de su generación, jamás habría podido cargar con el peso de la expectativa de replicar en la comodidad del living un momento como el vuelo de la bicicleta…

El relato cierra un círculo muchos años después de la caída de ATARI, cuando Jaime Maussan sería el protagonista de una –seamos sinceros– brillante publicidad de la serie con más impacto que algún inspirado por Spielberg hubiera hecho, casi con un constante homenaje a su filmografía especialmente a E.T. 

Juego de E.T. para Atari

Foto: WIRED | YouTube

El desenlace se daría pocos meses después en –el también tristemente celebre– Alamogordo –locación donde se probaron las bombas atómicas–, cuando culminando una exhaustiva investigación bancada con la plata de Microsoft –que producía unos documentales sobre el asunto–, se desenterraron los 20,000 juegos, en un evento público, transmitido en vivo por todas las redes. Habían pasado 30 años y la conspiranoia de los cartuchos enterrados en el desierto se comprobaba verdadera, para ponerle un broche de oro a los ríos de charlas de sobremesa que había inspirado, a las horas de imaginaciones revueltas, a las conjeturas infundadas y lógicas aventuradas.

Como una mamushka de fenómenos culturales; una historia que detona una historia, que detona una historia, que detona una historia; una constelación de acontecimientos culturales que trascienden en nuestras vidas y que brillan con la fuerza de las emociones que nos hicieron compartir.

*Foto de portada: Estreno de “E.T.” en un cine de Lavalle. Buenos Aires, junio de 1982. / Foto: Archivo Santiago Calori

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