Yermo, los páramos que fueron mar
La última película del correoso Everardo González, una cinta que no parece ser de él, que se sale de su estilo o de cualquier estilo formal
Por Lado B @ladobemx
12 de mayo, 2020
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Rodrigo Santiago

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La primera edición en casa del festival de cine Ambulante plantea nuevas formas de acceder al cine en este futuro adelantado que vivimos. Así, estrenó a manera de streaming la última película del correoso Everardo González, una cinta que no parece ser de él, que se sale de su estilo o de cualquier estilo formal.

Yermo es, durante poco más de una hora, un ensayo que muestra la intencional falta de control de sus realizadores, logrando que algunas situaciones parezcan ocurrir adrede. Esto levanta a ratos la película y otras veces hace que parezca una filmación meditabunda, donde poco importa qué digan los personajes –aun cuando en ocasiones hablan sobre quién los está filmando–.

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Este “docu-road-movie” inicia en los páramos mongoles sin avisar al espectador de dónde se anda, aunque después sabremos que son los desiertos de Mongolia, México, India, Estados Unidos, Perú, Islandia, Namibia, Marruecos y Chile. 

Con solo la atadura cultural de un guía que pelea con su esposa y se empeña en mostrar el folclor de los herederos de Gengis Khan –guerrero y conquistador mongol que unificó tribus nómadas de su etnia al norte de Asia–, la cámara se instala en un día común de una familia más ocupada en prepararse para una tormenta que en atender a esa cámara que los filma; solamente se asombran de la debilidad de sus visitantes –camarógrafos–, con quienes, además, no hay comodidad, si acaso un escaso diálogo traducido por el guía. 

Imagen: Still de «Yermo», dirigido por Everardo González

Y con esta vulnerabilidad, un crew que no controla las situaciones ni entiende las lenguas que escucha –según el director no tuvieron traducción simultánea en el rodaje–, y que tampoco busca retratar alguna situación específica, se va colando por cuevas, desiertos y casas en medio de la nada, retratando el mundo desde esa visión nómada. 

La película no tiene la cadencia de Cuates de Australia (2011), lo anecdótico y pícaro de Los ladrones viejos (2007), ni la intensidad sombría de La libertad del diablo (2017), características ya de la firma del director, y de las que nos ha advertido desde La canción del pulque (2003). Esta vez se separa de su propio estilo, incluso en la parte técnica. 

Yermo no es mejor en su fotografía que su sonido, en el cual se recarga la mayor parte del tiempo; tampoco hay estabilizadores –dispositivos para compensar la vibración de la cámara– en estos caminos agrestes que sin previo aviso cambian de personajes, manteniendo la misma esencia marítima del desierto.

En este recorrido –que parece ser más un viaje en el tiempo– hay una muy joven cantante magrebí ataviada de folclor, que desde una lactancia desértica canta y dice que no sabe su edad, y tal vez ni siquiera lo necesite saber, porque en el éxodo, en el exilio o el escape, no se requiere nada más que ser nómada, arriero, chivero, recolector, campesino y/o también suvenir de este extraño turismo de experiencias tan en boga –y tan parado en seco por la pandemia–.

Imagen: Still de «Yermo», dirigido por Everardo González

Así que estos personajes van de vivir el día a día, aun y a pesar de un pequeño grupo de extraños con cámaras que los filman sin traductor, y que enfocan la incertidumbre de la comunicación con el único vínculo y personaje que los une: el desierto, que al parecer es ya un fetiche en el trabajo del director.

Sin embargo, a pesar de la pose a la cámara, los personajes no están actuando para ella, la incomunicación logra mostrar matices cotidianos que los alejan de los “clichés” del desierto, de la pobreza, de la tierra yerma y los hacen enigmáticos en ciertos momentos.

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Y es en las escenas accidentadas y vibrantes donde se encuentra la esencia  del desierto: su hostilidad climática, bajo la cual ha sido elegido por sus habitantes, incluso por los nómadas; hay un sentido de pertenencia hacia esos páramos, a veces inconcebible.

Los niños, los animales y el agua son retratados con más paciencia y ternura que pericia. Así, el agua, no se retrata bajo el cliché ecologista o épico –que se centra en su importancia ante la escasez de recursos por el cambio climático, o la lucha por tenerla y defenderla–, solo es agua que se ocupa en un terreno yermo que, con toda la dureza que ofrece, permite conseguirla, sin discursos.

Hay algo de Herzog en los paisajes, en los retratos, pero sin la vitalidad ni la intervención que acostumbra el alemán; hay algo del viejo cine documental, del primario que montaba cámaras mudas y veía crecer los discursos de otros al mostrar su película.

Yermo no tiene canción cardenche y –para mí– ahí ya pierde un poquito; tampoco tiene la cadencia típica de las películas de Everardo González; tiene un ritmo que a ratos es lento, y luego fluye solo para volverse atropellado. Esta película está construida en la sala de edición; sin embargo, algo tiene que invita a quedarse a ver la experiencia de una cámara que camina pesada entre dunas y ventiscas, siguiendo la ruta –la vereda– del arriero, del mercader y su bestias, de los nómadas; la ruta del tiempo en páramos que alguna vez fueron mar.

 

*Imagen de portada: Still de «Yermo», dirigido por Everardo González

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Lado B
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