
Foto: Pedro Meyer
El 19 de septiembre de 1985 un terremoto de magnitud 8.1 sorprendió a la Ciudad de México derrumbando gran parte del centro de la ciudad. Al día siguiente dos réplicas de 7.1 y 7.3 removieron de nuevo la ciudad dejando más destrucción.
Cuando se dio una de esas réplicas, el joven arquitecto Jesús Andrés Isunza Fuerte iba acompañado de su padre, un ingeniero que además admiraba. Cuando comenzó el movimiento telúrico, el primer pensamiento de Andrés fue que había traído a su padre directamente a la muerte.
–Lo cargué como si fuera un bebé y empecé a correr con él en brazos –cuenta Andrés más de 30 años después–. Él me gritaba: ¡No seas bruto, nos vamos a caer, bájame! Llegamos a la fuente de Salto del Agua y un policía nos gritó que nos fuéramos a un autobús que estaba ahí cerca porque estábamos debajo de unos cables de tensión. Corrimos al autobús y mi papá dijo: ¡Sismos los de Colima! ¡Ahí las campanas de la catedral suenan solas! Entonces se abre la ventana del autobús y se asoma Miguel de la Madrid para decirnos que nos subiéramos. Arriba del autobús estaban todos los secretarios… verdes, blancos, así como estábamos nosotros, apanicados.
Andrés Isunza estuvo en la ciudad de Puebla el pasado viernes 30 de octubre exponiendo el caso de la reconstrucción de la Ciudad de México después del terremoto de 1985, como parte del programa de Cinetekton (Festival de Cine y Arquitectura) y su temática anual de Ciudades Resilientes.
[pull_quote_right]Aquí es donde entendimos el papel de los sociólogos. Fueron ellos quienes destrabaron ese asunto, nos ayudaron a que ellos abandonaran sus casas con la confianza suficiente, y también fueron quienes posteriormente nos ayudarían a entender mejor cómo vivían y cómo querían vivir.[/pull_quote_right]
El arquitecto, actualmente también profesor en la UNAM, participó muy de cerca en el gran proyecto que reconstruyó 45 mil viviendas en poco más de un año después del terremoto.
Horas después de aquel fortuito encuentro y presentación con el entonces presidente de la República, una llamada despertó a Andrés a la una de la mañana. Era un teniente coronel que le dijo lo estaban esperando en la Presidencia. Él estaba renuente. Incluso meses después de entregar el proyecto quiso renunciar y se lo negaron. Aún así, se considera un apasionado del tema y está orgulloso de los resultados de ese proyecto en el que estuvo de principio a fin.
–Hay un sentido de querer quedarse en el mismo sitio –dijo Andrés durante su participación en Cinetekton, mientras preparaba un aparato de proyección de fotografía en una especie de acetato original de 1977–. La sociedad tomó ventaja sobre las instituciones, sin embargo todos ayudaron a reconstruir la ciudad.
Días después del terremoto el gobierno hizo un decreto para reconstruir la vivienda popular. Sobre todo quedaron desamparados los que vivían en vecindades, en cuartos redondos, y que aunque sus edificios no se cayeron, lo mejor era desalojar, derrumbar y reconstruir para evitar que en cualquier momento se vinieran abajo.
El gobierno tuvo que expropiar esas propiedades de vivienda popular en riesgo. En ese tiempo, las rentas eran congeladas. La gente podía pagar 50 pesos por su departamento y los caseros se veían en muchas dificultades para hacer que todos pagaran, por lo que le cedió fácilmente sus propiedades al estado.

Foto: Pedro Meyer
–Empezamos por hacer un consejo de la gente que vivía ahí para designar quiénes tenían derecho de seguir viviendo ahí. Había gente que tenía los cuartos hechos bodegas y por lo mismo los vecinos decidían que ellos no tenían derecho ya. Y nosotros hacíamos caso.
Los casos de madres solteras eran considerados como prioritarios respecto al derecho de vivienda, mientras que casos de ancianos que vivían solos y eran apoyados por los vecinos, querían que les tocara casa para que después de su muerte se rifara la propiedad entre los vecinos. En ese último caso el estado se negó, dándole la escritura directamente a los ancianos y la libertad de heredarla a quien ellos quisieran mediante testamento.
Y aunque ese consenso fue complicado, lo realmente complicado fue hacer que la gente se saliera de sus casas para vivir en campamentos temporales en medio de la calle (con baños y cocinas comunes) mientras se demolían y construían las nuevas viviendas. La gente estaba totalmente renuente.
–Aquí es donde entendimos el papel de los sociólogos. Fueron ellos quienes destrabaron ese asunto, nos ayudaron a que ellos abandonaran sus casas con la confianza suficiente, y también fueron quienes posteriormente nos ayudarían a entender mejor cómo vivían y cómo querían vivir.
Después de los derrumbes, lo más costoso era la cimentación, más incluso que el precio total de la vecindad terminada, porque requería ser muy especial, al estar construida a pocos metros de asentamientos acuáticos. Eso fue un reto para los ingenieros y cuando lo resolvieron, se estableció que ninguna vecindad podría tener más de 3 niveles por seguridad.
–Los lugares comenzaron a ser un hormiguero de albañiles con los mil problemas que tienen todas las obras en construcción, pero aquí lo que queríamos era que fuera muy rápido.
[pull_quote_right]Los políticos querían que siguiéramos haciendo patios con lavaderos y baños comunes porque así eran las películas de Jorge Negrete y Pedro Infante, donde se lavaba la ropa y todos estaban cantando. Pero un día llegó la comunidad con lágrimas en los ojos y nos decían: “Por favor, díganos cuánto vale un baño adentro de nuestra casa y poder lavar la ropa también adentro”.[/pull_quote_right]
El agua potable fue otro asunto complicado. Las tuberías de la zona centro de la ciudad ya eran muy viejas y no soportan demasiada presión. ¿Cómo subir el agua hasta los techos de un edificio de 3 pisos? Tuvieron que hacer cisternas apoyadas por 2 bombas que subirían el agua hasta los tinacos en el techo.
Cuando finalizó la construcción de las vecindades, el color de sus exteriores fue causa de polémica entre los habitantes también. Los colores eran brillantes rojos, magentas, turquesas y amarillos con combinaciones explosivas y llamativas.
–(las personas) Empezaron a llegar a la oficina a decir: “Ustedes nos están tomando el pelo, nos están haciendo ver como payasos, escogieron unos olores pavorosos y no estamos de acuerdo”. Entonces siempre había un autobús a la mano y los llevábamos al Camino Real de la Ciudad de México. Es una zona realizada por los arquitectos que dominan el color maravillosamente bien. Tienen amarillos, violetas y rosas… después regresaban encantados de la vida. ¡Estaban pasando por una tragedia, no íbamos a hacer grises las casas!
Otro problema fueron las vecindades clasificadas como inmuebles históricos por el INAH, requerían muchos detalles especiales como aplanados con baba de nopal. Todo eso tuvo que resolverse de maneras alternas y nunca fue sencillo.
Estas 45 mil nuevas viviendas, contó Andrés, podrían cotizarse entre 200 y 300 mil pesos en su valor actual. En ese momento, a las personas se les dio un plazo muy largo para pagar y sin ningún tipo de interés. Los recursos venían de una institución internacional y la Secretaría de Hacienda. Todos tuvieron esas facilidades de pago excepto las personas de la 3ra edad, que estuvieron exentos de cualquier pago.

Foto: Pedro Meyer
Las viviendas tenían 45 metros cuadrados: 2 recamaras, cocina, sala y un pequeño espacio para lavar. En ese entonces, el Infonavit daba casas de 100 metros cuadrados y en algún momento hubo quejas desde muchos lados por estos nuevos espacios que no llegaban ni a la mitad, sin embargo, la gente que estaba esperando esos nuevos hogares previamente había vivido en pequeños espacios de tan sólo 20 metros cuadrados. Así que al final, las nuevas viviendas tenían un poco más de espacio para darle a las familias algo más digno.
–En esos cuartos sólo había una cama y quien merecía descansar en ella era quien llevaba más dinero a la casa, quien fuera: mamá, papá, algún hijo o hija. Eso lo supimos por estudios sociológicos.
Los estudios sociológicos mostraron otras cosas más.
–Los políticos querían que siguiéramos haciendo patios con lavaderos y baños comunes porque así eran las películas de Jorge Negrete y Pedro Infante, donde se lavaba la ropa y todos estaban cantando. Pero un día llegó la comunidad con lágrimas en los ojos y nos decían: “Por favor, díganos cuánto vale un baño adentro de nuestra casa y poder lavar la ropa también adentro”.
Resulta que las mujeres de las vecindades denunciaban más de 3 violaciones a sus hijas en los baños y lavaderos comunes.
–¿En dónde hemos estado para que hasta 1985 nos demos cuenta de esos problemas en las viviendas?
El trabajo en ese proyecto fue realmente colaborativo, involucraba a una enorme cantidad de gente. Para todo se le preguntaba y pedía consenso a la comunidad, desde las maquetas previas a la construcción, para que eligieran qué modelo de vivienda querían.
–Los notarios escrituraron sin cobrar un solo centavo. Eso es lo que origina un sismo, ver que la ciudad se está muriendo. Fueron 45 mil escrituras. Al final, trabajar para la comunidad es lo mejor, se te regresa todo con creces. Para mí, en estos 50 años de trayectoria, ese ha sido mi trabajo más satisfactorio.
El terremoto del 85 dejó más de 30 mil muertos, más de 40 mil heridos y fueron rescatadas más de 4 mil personas de los escombros. 30 mil viviendas se destruyeron por completo y 70 mil tuvieron daños parciales. Además de este proyecto en el que se construyeron 45 mil viviendas, hubo otros con los que se construyeron poco más de 20 mil viviendas más.
EL PEPO
