“La educación tiene la misión de organizar la esperanza”.
1.-La desilusión de las reformas.
La educación en nuestro país se encuentra en un momento crítico respecto al futuro. La reforma educativa planteada por el gobierno federal está en marcha en un proceso complejo en el que puede caminar hacia una auténtica innovación y orientarse a la transformación de un sistema anquilosado y reproductor de una sociedad con deficiencias formativas severas y desigualdades crecientes o bien descarrilarse y terminar en la enésima promesa incumplida de cambio, en un intento fallido más, en otro cambio cosmético para que todo siga igual.
En un contexto en el que se empiezan a operar los cambios que llevarán a la instrumentación de la reforma constitucional y las leyes reglamentarias derivadas de ella, a unos cuantos días de haber iniciado la consulta nacional sobre el modelo educativo, resulta fundamental reflexionar sobre los riesgos y posibilidades de esta propuesta de reestructuración de nuestro sistema educativo.
En su libro La aventura de innovar, Jaume Carbonell plantea un listado de elementos catalizadores y de obstáculos para la innovación educativa. Según este autor, los principales generadores de innovación auténtica en la escuela son: equipos docentes sólidos y comunidad educativa receptiva; redes de intercambio y cooperación, asesores y colaboradores críticos y otros apoyos externos; el planteamiento de la innovación y el cambio dentro de un contexto territorial; el clima ecológico y los rituales simbólicos; la institucionalización de la innovación; la innovación si no avanza, retrocede y finalmente, la vivencia reflexión y evaluación para medir el éxito de la innovación.
Por su parte, entre los principales obstáculos para hacer realidad la innovación en las instituciones educativas se encuentran: las resistencias y rutinas del profesorado; el individualismo y el corporativismo interno; el pesimismo y el malestar docente; los efectos perversos de las reformas; las paradojas del doble curriculum; la saturación y fragmentación de la oferta pedagógica y el divorcio entre investigación universitaria y práctica escolar.
Espero en futuras entregas de esta columna hacer referencia a algunos de estos elementos facilitadores de la innovación así como a los obstáculos. En esta ocasión tomaré dos de los factores que bloquean la innovación que desde mi punto de vista, al menos en el caso del México actual, están íntimamente relacionados. Se trata de los efectos perversos de las reformas y el pesimismo y el malestar docente.
En el caso de los efectos perversos de las reformas, el autor plantea que muchas veces la experiencia negativa de los docentes respecto a las sucesivas reformas que emprenden las autoridades y que muchas veces no son auténticas reformas y otras terminan siendo distorsionadas y neutralizadas por las sucesivas deformaciones en su interpretación y puesta en marcha en los distintos estamentos de la estructura burocrática, lleva al profesorado a un estado de escepticismo y actitud negativa frente a cualquier propuesta innovadora que se les presente puesto que se asume de antemano que en la realidad nada va a cambiar.
Estos efectos perversos de las reformas educativas fallidas que hemos vivido en el país durante muchos sexenios aunados a la actividad rutinaria de los profesores, la falta de motivación y reconocimiento a su tarea, el desgaste natural que produce el ejercicio docente durante muchos años consecutivos sin renovación y la carencia de condiciones de trabajo adecuadas, llevan a los profesores a un estado de profundo malestar que se traduce incluso en el llamado síndrome de Burnout, que como afirma Carbonell puede ser real o también fingido como pretexto para la resistencia al cambio pero en ambos casos genera una cultura que se aleja de la crítica y se centra en la queja y el lamento.
En el caso de la reforma educativa en marcha, este malestar docente –real o simulado para preservar intereses ilegítimos de poder del gremio magisterial- ha sido un factor fundamental que está obstaculizando las oportunidades de innovación y poniendo en riesgo todo el proceso de cambio ante las presiones de los grupos magisteriales opositores radicales y las concesiones que el gobierno federal y los gobiernos estatales están haciendo para bajar el tono de las protestas.
Este malestar docente no solamente se expresa en los grupos organizados de oposición radical sino también, de manera sorda y no explícita, en muchos profesores que sin asistir a marchas y plantones están tomando la reforma con total escepticismo y desánimo, obedeciendo en lo formal a los cambios que se empiezan a dar pero desde una profunda desmoralización producto de la desilusión acumulada por las propuestas fallidas de reforma que han padecido durante décadas.
2.-La organización de la esperanza.
No hay cambio sin sueño, ni sueño sin esperanza».
Resulta comprensible el malestar docente y la desilusión de los profesores frente a la reforma educativa tomando en cuenta en perspectiva histórica los efectos perversos de todas las reformas anteriores que no modificaron de raíz la orientación y los resultados del sistema educativo nacional.
Sin embargo, la renuncia al cambio, la pérdida de esperanza en que la educación puede ser mejor no es una opción para quienes nos dedicamos a formar a las futuras generaciones. No es una opción porque sin esperanza no se puede, no se debería, ser educador. La educación presupone la esperanza porque si alguien no cree en el potencial de desarrollo integral de los niños y jóvenes que llegan todos los días a las aulas y en las posibilidades de transformación gradual de la sociedad a través de una mejor educación, no tiene nada que hacer en una escuela o universidad.
Savater menciona en El valor de educar que los educadores deben ser optimistas. Si bien habla de un optimismo informado y crítico, no ingenuo, parece ser que el término esperanza puede caracterizar mejor lo que necesita un educador en este contexto de cambio de época.
Porque la esperanza no es la ilusión de que todo será perfecto de la noche a la mañana ni la visión acrítica que deja de lado todos los datos negativos que sin duda están presentes en todo proceso de reforma educativa por sus componentes políticos y económicos y por las tensiones sociales que se expresan en todo sistema educativo y en la escuela como zona de conflicto como la llamó don Pablo Latapí.
La esperanza es la convicción atenta, inteligente, crítica y comprometida de que es posible construir paulatinamente una mejor sociedad a partir de la formación de mejores seres humanos y de la humanización progresiva de las estructuras sociales y de la cultura que orienta los modos de vivir. La esperanza es la confianza profunda en que si bien, como dice Morin, no podemos aspirar al mejor de los mundos, tampoco podemos renunciar a la búsqueda de un mundo mejor.
De este modo, como afirma Freire, la esperanza genera el sueño que hace posible el cambio, pero esta posibilidad de cambio se logra en un camino que requiere de la mediación de un proyecto estratégico viable. No hay un salto al vacío entre el sueño y el cambio sino un camino que pasa por estrategias y acciones sistemáticas emprendidas por grupos organizados que comparten significados y valores.
Frente a la reforma educativa en marcha, con la consulta nacional sobre el modelo educativo recién iniciada y esperando todavía propuestas, los actores educativos y centralmente los docentes y directores escolares que viven directamente los problemas y logros del día a día en las aulas tendrían que asumir su papel de organizadores de la esperanza para procesar constructivamente el malestar docente y la desilusión imperante sobre las reformas y generar la protesta con propuesta a la que convocaba el mismo Gorostiaga como única forma eficaz de aportar al cambio social desde la educación.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
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EL PEPO