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La eternidad constante: educar para cerrar ciclos
La muy próxima llegada de la navidad y el año nuevo son una buena oportunidad para pensar acerca de los ciclos que componen la vida humana y la forma en que debemos educar a las nuevas generaciones para este vivir cíclicamente y para cerrar ciclos vitales. Tomo para este fin, algunos fragmentos de mi artículo que con el mismo título se publicó en la revista Mirada en el 2011.
Por Lado B @ladobemx
11 de diciembre, 2013
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Martín López Calva

 

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.

Vuelve la noche cóncava que descifró Anaxágoras;
vuelve a mi carne humana la eternidad constante
y el recuerdo ¿el proyecto? de un poema incesante:
«Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras…»

            J.L. Borges. La noche cíclica (Fragmento)

La muy próxima llegada de la navidad y el año nuevo son una buena oportunidad para pensar acerca de los ciclos que componen la vida humana y la forma en que debemos educar a las nuevas generaciones para este vivir cíclicamente y para cerrar ciclos vitales. Tomo para este fin, algunos fragmentos de mi artículo que con el mismo título se publicó en la revista Mirada en el 2011.

La idea de ciclos nos viene antes que de la experiencia psicológica o del análisis de la historia, de la simple observación de la naturaleza. La naturaleza requiere de ciclos que se repiten una y otra vez para garantizar la continuidad de la vida, como la rotación de los planetas alrededor del sol, el continuo repetirse de las estaciones del año, el ciclo del agua que explica la relación recurrente entre los mantos acuíferos, ríos, mares y nubes que provocan la lluvia cuando ocurren ciertas condiciones atmosféricas.

El ciclo de la vida se sostiene gracias a estos fenómenos del universo que se mantiene en virtud de la existencia de ciclos recurrentes y permanece también debido a otro ciclo al que podemos llamar la cadena alimenticia en la que unas especies viven gracias a que se alimentan de otras que a su vez se alimentan de otras especies más, garantizando un equilibrio en este movimiento constante.

Pero estos ciclos no pueden ser cerrados e inmutables. De esta manera los ciclos van abriéndose y cerrándose continuamente pero también van mezclándose con otros ciclos y produciendo bajo ciertas condiciones muchas veces azarosas, nuevas emergencias, fenómenos o acciones distintas y superiores en complejidad que funcionarán estableciendo a su vez nuevos ciclos.

Esta es la dinámica de la evolución en la naturaleza y de las especies que fueron naciendo desde los ciclos compuestos por la vida elemental de organismos unicelulares hasta ciclos de organismos más complejos que culminan en la emergencia de la consciencia, propia de la especie humana.

La experiencia humana de la vida, la existencia de las personas es también una sucesión de ciclos. Ya no digamos los ciclos básicos que soportan la vida (los ciclos bioquímicos, celulares, de nuestro metabolismo) sino los ciclos propiamente existenciales que son los ciclos conscientes que van constituyendo el proceso de nuestra vida, construyendo paso a paso el “drama” de nuestra propia existencia en convivencia.

El drama personal de la vida de cada quien con sus propios ciclos –infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez- se entrelaza al mismo tiempo en un ciclo con el drama social –y sus ciclos de organización, instituciones, gobierno- y con el drama de la humanidad con sus propios ciclos de evolución como especie que necesita “salvarse, realizándose”, es decir, convertirse en cada día más humana para poder sobrevivir y cumplir su vocación en el cosmos.

En esta experiencia existencial que podríamos llamar fundante porque está en el eje de lo que nos constituye, de lo que define quiénes somos en lo individual, social y colectivo, se sustenta la necesidad vital de identificar los ciclos , de comprender la dinámica de estos ciclos y de cerrar ciclos para abrir continuamente nuevos ciclos.

Si la Educación tiene que ver fundamentalmente con formarnos como seres humanos, con enseñarnos humanidad unos a otros y si la humanidad es cíclica en este sentido paradójico de repetición-avance-retroceso, entonces el proceso de identificación, comprensión y cierre de ciclos es algo fundamental en el proceso educativo.

No existe realmente educación si no se da esta capacitación a las nuevas generaciones para ubicarse en el gran ciclo del universo –para ser capaces de “obedecer a la vida y guiar la vida” – y en el gran ciclo de la historia y la cultura –para “ser conservadores de lo que haya que conservar y revolucionantes de lo que haya que revolucionar”[1].

Porque la educación es en si misma un gran ciclo, una rueda que gira sobre el eje de la cultura y avanza con la fuerza de dos grandes motores: la herencia y el descubrimiento.

Sin embargo, de manera paradójica la educación se vive a través de ciclos pero no capacita para cerrar ciclos y abrirse a nuevos desafíos. ¿Cómo se aprende a cerrar ciclos en la vida, cómo podría la escuela capacitarnos para hacerlo?

El ejercicio de la disciplina –no dejar una tarea o un problema hasta que se ha concluido- es un modo fundamental de desarrollar en los niños la capacidad de cerrar ciclos. El desarrollo de la disciplina, que conlleva la “posposición de la satisfacción”[2] en los niños y adolescentes puede y debe trabajarse tanto en la escuela como en la casa.

Otra línea de trabajo para educar la capacidad de cerrar ciclos es el desarrollo de la “inteligencia intrapersonal”[3]. Enseñar a dialogar con uno mismo aprendiendo el hábito de tener momentos de silencio cada determinado tiempo es otra manera de educar para cerrar ciclos que puede y también debiera hacerse tanto en el aula como en la casa.

Una tercera forma fundamental de educar para cerrar ciclos es el aprovechamiento de todos los fines de etapas de la vida cotidiana (la navidad y el año nuevo, el fin de un año escolar, el término de un nivel educativo, etc.) para establecer un diálogo reflexivo con los alumnos o los hijos para que aprendan a hacer balances, síntesis y evaluación de lo vivido y a sacar conclusiones con miras al futuro.

Esta es la última entrega de Educación personalizante en el 2013. Feliz cierre de ciclo a todos los lectores. Nos reencontramos el 8 de enero en este espacio.

 


[1] Morin, E. (1995).  Mis demonios. Barcelona. Ed. Kairós y Morin, E. (2003). El Método V. La humanidad de la humanidad. La identidad humana. Madrid. Ediciones Cátedra.

[2] Peck, S. (1994). La nueva Psicología del amor. Argentina. Ed. EMECÉ.

[3] Gardner, H. (1993b). Multiple intelligences: the theory in practice. New York. Basic books, Harper Collins ed.

 

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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