
-Sí, muy solo Dr. Lee, y no sé por qué – dijo Frédéric mirando las vigas del techo – una soledad extraña…
-¿A qué se refiere? – preguntó el Dr. Lee posando su mirada de avellana en Frédéric.
-Una taza despostillada, con restos de café frío.
La pieza estaba alumbrada por una luz mortecina que se regaba sobre los dos hombres: uno recostado en un sofá que la nostalgia había magullado, el otro sentado, con una pierna cruzada sobre la otra, anotando continuamente en un bloc. La humedad hinchaba las esquinas del techo. La alfombra color vino guardaba el polvo que caía de los recuerdos. El tapiz amarillento de las paredes los protegía del otro lado.
-Dígame, Frédéric, ¿qué es lo buscaba aquel día?
-¿Aquel día?
Frédéric sintió un cosquilleo en su memoria acompañado de una pesadez en su diálogo mental. Miró hacia la pared, entre los rasguños casi imperceptibles del papel tapiz se filtraba la vigilia. Se dio cuenta de que estaba soñando. Miró al hombre que escribía en las hojas amarillas, lo reconoció de inmediato, aunque en realidad ya lo sabía sólo que no se había percatado: era Bruce Lee.
-El día de los rehiletes – dijo Bruce Lee – ¿Lo recuerda?
Frédéric se sintió abrumado ante sus palabras. Era tan real aquel día, ¿real en el sueño o en la vida insomne? Su memoria ya no hacía cosquillas, ahora rasguñaba. El vacío que calaba sus huesos no podía ser ficticio.
-El cielo era como un durazno, con esos matices. Yo alcé mi mano para sentir aquella cáscara suave, pero por supuesto no pude tocar nada – Frédéric se sentía separado y las palabras las pronunciaba el hombre del sueño.
-¿Y qué sucedió después?
-Los vi, en el parque una mujer vendía rehiletes, estaban clavados en una jardinera.
-¿Le interesó alguno en particular?
-Rojo, el viento era su compañero en aquella danza hipnótica – Frédéric trazó con lentitud círculos en el aire – y después se perdió.
-¿Qué fue lo que perdió? – preguntó Bruce Lee sin dejar de hacer anotaciones.
La consciencia de Frédéric se deslizaba con parsimonia entre telarañas. ¿Dónde estará el rehilete?
-¿Por qué Bruce Lee sería mi psicólogo?
-No lo sé ¿qué piensas tú?
-Que es un sueño extraño – contestó Frédéric.
-¿Un sueño?
-Sí, la humedad del techo no es humedad.
-¿Entonces qué es?
-El mundo despierto.
-¿Y qué es lo que hay en ése lugar? – Bruce Lee deslizaba el bolígrafo como un golpe certero con una vara de bambú.
-No tú, ya estás muerto.
-¿Y tampoco rehiletes?
Frédéric dudó. ¿Dónde estará el molinillo rojo?
-¿Qué haces aquí Frédéric?
-Es un sueño, uno no elige los sueños.
-Si es un sueño lúcido puedes cambiarlo ¿no es cierto?
-Sí… – contestó Frédéric – pero es diferente.
-¿En qué? – los nudillos vestidos de cicatrices se deslizaban por las hojas.
-Es como hablar conmigo mismo. ¿El que habla y el que escucha es el mismo? ¿Quién es él?
-¿Quién es el Frédéric del atardecer anaranjado?
-Otro, el que habita en el tiempo sin tiempo.
Frédéric sentía cada vez más la presencia de la vigilia colándose por los rincones. No faltaba mucho para que despertara.
-¿Crees que vas a despertar pronto, no es cierto? – preguntó Bruce Lee.
-Sí – dijo Frédéric y pensó en el agua turbia al fondo de la taza.
-¿Dónde está la taza? – dio vuelta a una hoja para seguir escribiendo.
-¿Cómo sabes que pensaba en eso?
-Simplemente lo sé y no tiene nada qué ver con psicología.
-Quiero despertar – dijo Frédéric sentándose.
El papel tapiz se rasgaba dejando cada vez ranuras más grandes.
-Dime, Frédéric, ¿quién eres tú allá?
-Pues soy… – Frédéric intentó pensar a qué se dedicaba.
-¿Qué haces?
Imágenes amorfas atravesaban su mente hilando nada más que confusión.
-Lo recordaré en cuanto despierte -dijo Frédéric para sí mismo. ¿A quién le hablaba?
-¿Cómo sabes que es un sueño?
-Los rehiletes me hicieron darme cuenta.
-¿Y cómo sabes que es tu sueño?
Frédéric se quedó con el sabor amargo de las palabras en la lengua.
-¿Si no de quién? Ni modo que tuyo – contestó.
-No, no es mío – respondió Bruce Lee y dejó de escribir por un momento – Dime, Frédéric, ¿Quién nos está soñando? ¿Quién va a despertar del otro lado?
Frédéric cerró los ojos y buscó más allá del café frío, el cielo de durazno y el rehilete rojo. Quitó las telarañas con violencia, tanteando la oscuridad pero no encontró nada. El tapiz se levantaba y la pintura del techo caía como nieve. Bruce Lee le alcanzó el bloc y él leyó «-Sí, muy solo Dr. Lee – dijo Frédéric mirando las vigas del techo…». Pasó las páginas cubiertas de tinta y recordó lo que pasó aquél día, lo que buscaba.
-¿Existe el rehilete? – preguntó Bruce Lee – ¿Cómo sabes que son tus recuerdos?
-No lo sé, pero es lo único que tengo… – contestó Frédéric con voz pausada mientras miraba las hojas -¿Quién nos narra? ¿Quién lee?
-Ni ellos mismos lo saben – contestó Bruce Lee con una sonrisa mientras la habitación se desmoronaba – puros fantasmas.
La vigilia arrasó con el sueño. Te arrojan a la existencia otra vez. Tienes la sensación de que algo emerge sigiloso por las paredes. Lejos, el rehilete sigue girando.
*Soy Estrella Desentis, nací en el estado de Puebla en 1994. Me apasionan la literatura y la escritura. Quiero estudiar la Licenciatura de Lengua y Letras Modernas Francesas en la UNAM.
EL PEPO