Este sábado tuve oportunidad de ver nuevamente la película “La sociedad de los poetas muertos”. Cuando veía el final en el que los padres de Neil exigen a la escuela preparatoria en la que estudiaba que realice una investigación a fondo y encuentre al “culpable” del suicidio de su hijo, que produce el desenlace de la historia en la que el profesor Keating es despedido por el único delito de tratar de enseñar a sus alumnos a pensar por sí mismos y a “sacar el jugo de la vida”, pensé en lo sucedido en la Universidad Iberoamericana el jueves pasado.
La película muestra desde el principio un contexto complejo del que emergen las condiciones de probabilidad de la tragedia que ocurre con el joven estudiante de preparatoria: una familia con un padre intolerante y autoritario, incapaz de escuchar a su hijo e implacable en imponerle el proyecto de vida que él no pudo realizar en su juventud, pensando en “su bien”; una madre anulada por el dominio del padre e incapaz de interceder por su hijo y de expresarle su comprensión por el miedo que le tiene a su marido; finalmente una escuela tradicional, prestigiada por formar a los “mejores” estudiantes para las “mejores” universidades a partir de un sistema rígido y vertical basado en cuatro valores básicos: tradición, honor, disciplina y excelencia.
¿Por qué la relación con lo sucedido en la ibero entre dos estudiantes en un hecho de violencia inédito en nuestra ciudad y quizá incluso en nuestro país?
Porque siempre que ocurren acontecimientos que rompen con la “normalidad” cotidiana tratamos inmediatamente de buscar culpables en quienes podamos descargar la responsabilidad para tratar de disminuir la incertidumbre y la desazón que estos acontecimientos nos provocan.
De este modo, tanto en los diálogos entre estudiantes en la universidad como en las redes sociales abundaron expresiones que culpaban de este hecho ya sea a las autoridades municipales o estatales, ligando este suceso con dos crímenes ocurridos en Puebla temporalmente muy cercanos al de la universidad, o bien a la universidad según esto por no ser un lugar seguro.
Sin embargo este muy lamentable suceso de violencia de género no es un acto de delincuencia ni tampoco un resultado de la falta de seguridad en un campus universitario. Se trata de la expresión de un grave problema social en el que todos tenemos parte de responsabilidad y más nos valdría asumirla y generar acciones para construir conjuntamente dispositivos que apunten a su solución progresiva.
El problema es sin duda el reflejo de dos distorsiones de nuestra cultura que es preciso nombrar, estudiar y revertir: el primero es el problema del significado del amor romántico entendido como posesión de una persona sobre otra y no como la expresión de la voluntad libre de dos sujetos que se comprometen a compartir la vida, ligado a una visión machista que aún domina en nuestra sociedad, como bien apuntaba la periodista y escritora Lydia Cacho en su artículo sobre el tema.
El segundo problema es el del cada vez menor valor de la vida humana en una sociedad que se está acostumbrando, lamentablemente, a ver la muerte –en versiones cada vez más crueles e inhumanas- como algo que sucede todos los días y que empieza a aceptarla como la solución a cualquier problema existencial, legal, comercial o político que se presente. Sesenta mil muertos en seis años nos han ido sin duda haciendo insensibles a la muerte y llevando a trivializar el valor de la vida humana.
En estos dos problemas profundos y graves se expresan los síntomas de la distorsión de la cultura que hoy vivimos como parte de lo que el filósofo canadiense Bernard Lonergan llama “el largo ciclo de decadencia” de las civilizaciones.
Este proceso de distorsión cultural se ha ido generando en mucho tiempo y tomará sin duda mucho tiempo revertirlo. Para empezar a hacerlo resulta indispensable en lugar de buscar culpables, asumir la parte de responsabilidad que tenemos todos en la sociedad.
Porque existe sin duda, como en la película antes mencionada, una responsabilidad de los padres de familia en la manera en que estamos educando a nuestros hijos. ¿Qué tanto nos ocupamos de su educación emocional a partir de la escucha, la comprensión y la corrección amorosa en vez de recurrir al autoritarismo o al extremo opuesto de la total permisividad?
Existe también la responsabilidad del sistema educativo en todos sus niveles. Hablábamos en este espacio la semana pasada de cómo las escuelas siguen sustentadas en un racionalismo que excluye a la inteligencia corporal. Del mismo modo se excluye el trabajo de desarrollo de la inteligencias intrapersonal e interpersonal que implican la capacitación para el autoconocimiento y la interacción con los demás. ¿En qué medida el sistema educativo está contribuyendo a generar esta distorsión cultural que reproduce los esquemas de machismo y relaciones de codependencia y posesión en lugar de promover las relaciones libres basadas en la comprensión y el respeto a los demás? Paradójicamente la Ibero Puebla dedicó su campaña universitaria durante todo el año pasado a este tema.
Los medios de comunicación tampoco están exentos de responsabilidad en este asunto. Cabe preguntarse si la manera en que están presentando la violencia es la que responsablemente toca para mantener informada a la sociedad o está generando una cultura de exaltación de la muerte y la crueldad en aras de vender espacios y ganar audiencia. Cabe preguntarse también si las telenovelas, las series y aún los programas de comedia no están contribuyendo a fortalecer esta visión errónea y deshumanizante de las relaciones humanas. ¿Qué se puede hacer desde los medios para revertir la distorsión de la cultura sin caer desde luego en la moralina y los programas con “mensaje” que son altamente ineficaces y aburridos?
Del mismo modo las empresas, las organizaciones de la sociedad civil y todos los demás actores sociales deberíamos preguntarnos seriamente por lo que estamos haciendo consciente o inconscientemente para mantener y ahondar este sesgo indeseable de nuestra cultura.
Porque este es un asunto que nos compete a todos y que debe ocuparnos a todos. Ojalá no sigamos haciendo bromas con algo tan serio o señalando supuestos culpables para evitar mirarnos en ese espejo que nos refleja a todos como parte de una sociedad enferma y necesitada de una renovación del deseo de vivir humanamente.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
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EL PEPO