“La democracia es una conquista de la complejidad social” dice Edgar Morin en su ética y destaca la relevancia de la solidaridad y la responsabilidad como fundamentos de las sociedades democráticas y el civismo como la virtud sociopolítica que debe formarse a través de la educación en la casa y en la escuela.
Esta educación cívica que desarrolla la solidaridad y la responsabilidad fue excluida durante muchas décadas de la escuela mexicana por considerarse un elemento secundario frente a la enseñanza de contenidos científicos y técnicos que potenciaran la productividad y el desarrollo cognitivo del estudiante.
Aún ahora que “la moral ha regresado a la escuela”, seguimos viendo una carencia importante en la formación cívica de los niños y adolescentes que se reduce muchas veces a rendir honores a los símbolos patrios de manera rutinaria en ceremonias larguísimas y no significativas y a aprenderse de memoria artículos constitucionales y dogmas que supuestamente sostienen nuestra convivencia social.
De tal modo que nuestra escuela enseña matemáticas, español, ciencias naturales y sociales, educación física, etc. y enseña también civismo como si fuera una asignatura más llena de contenidos, sin desarrollar la solidaridad y la responsabilidad social de los educandos, sin facilitar los procesos que los conviertan en ciudadanos que reconocen sus propios deberes y derechos y son capaces de exigir que los demás cumplan con sus deberes y de defender que a todos se les respeten sus derechos.
Estamos en una época de crisis y debilitamiento del civismo que como bien señala el mismo Morin son también crisis y debilitamiento de la democracia porque constituyen etapas de baja complejidad política y social. La solución para revertir esta triple crisis y debilitamiento –del civismo, de la democracia y de la política- está en una regeneración de la ética.
Esta reflexión adquiere actualidad en esta semana en que nos encontramos a escasas horas de haberse celebrado las elecciones federales para presidente de la república, el senado y la cámara de diputados.
El proceso electoral mostró evidencias de este deterioro del civismo, de la democracia y de la política que reflejan un deterioro de la ética.
1.- La democracia consiste en ir a votar: Mucho de nuestro comportamiento y de las expresiones que vimos reflejadas con gran intensidad en el transcurso de las campañas en los medios de comunicación y las redes sociales, tienen que ver con esta falsa idea de que el día de la elección es el día en que los ciudadanos participan y el resto del tiempo se concretan a mirar pasivamente la actuación del gobierno y en el mejor de los casos a criticarla. La educación ciudadana debe formar a los educandos en la idea clara de que las elecciones no son más que un momento -de mucha importancia ciertamente pero no el único- dentro de la vida democrática del país. La participación de los ciudadanos debe ser sistemática, constante y cotidiana.
2.- En las elecciones está en juego la supervivencia de la patria: “Quedan 16 minutos para salvar a México” decía un tuit enviado a las 5:44 por un conocido productor y periodista simpatizante del candidato de las izquierdas. Este discurso épico está muy arraigado entre nosotros desde la época del PRI hegemónico en la que se nos fue haciendo cultura la idea de que en cada elección estaba en juego la supervivencia del país y que votar por el PRI era garantizar que México no se nos deshiciera entre las manos. Sin embargo, a pesar de lo importante que son las elecciones, es necesario educar a los futuros ciudadanos en la idea de que el país tiene muchos elementos que garantizan su continuidad a pesar de los gobernantes y partidos que van siendo electos.
3.- Una elección limpia es aquella en que gana el candidato por el que nosotros votamos. Esta es otra percepción generalizada sobre todo a partir del 2006. Consideramos una elección válida cuando gana nuestro candidato, pero si el resultado es contrario esgrimimos de inmediato el argumento del fraude, aún sin tener elementos suficientes. “No es posible, es falso, es una trampa” que cualquier candidato -especialmente ahora el del PRI- pueda ganar una elección porque “yo no conozco a nadie que haya votado por él”. Así, a pesar de las evidencias objetivas sobre la enorme complicación del diseño y la normatividad electoral en México que hacen que tengamos un sistema electoral de los más seguros, complicados y caros del mundo, la desconfianza es la base de todos los procesos electorales. Una formación ciudadana del siglo XXI debe formar a los educandos en la idea de que un demócrata es quien cuida que el proceso electoral se realice sin incidentes o irregularidades graves y si existen las denuncia, pero al mismo tiempo es capaz de reconocer los resultados que decide la mayoría y aunque no le gusten, aceptarlos.
4.- Los que votan por un candidato distinto al mío son respetables pero tontos, manipulados, comprados o irresponsables y hasta “masoquistas”. Esta convicción guía el comportamiento de muchos ciudadanos que no son capaces de reconocer ninguna fortaleza en los planteamientos de un candidato diferente al propio y mucho menos van a reconocer que alguien que vota por ellos tenga razones, ideas, propuestas, etc. Una educación cívica para la democracia implica el reconocimiento de los demás como ciudadanos inteligentes y capaces de elegir libremente sus opciones electorales, aunque sean distintas a las nuestras.
5.- Los periodistas, analistas y medios que no apoyan a mi candidato o no ven la realidad desde la misma óptica que yo, no son independientes ni tienen buenas intenciones, están comprados, se han corrompido o están buscando algún interés particular oscuro. Una educación cívica para la democracia debe formar a los futuros ciudadanos en la capacidad de cuestionar críticamente a todos medios y analistas exigiendo transparencia, objetividad y no ocultación de información y al mismo tiempo con la apertura para considerar a los periodistas y medios de otras tendencias como parte de la pluralidad de toda sociedad democrática que se precie de serlo.
6.- Elegimos al gobierno y luego dependemos de él para poder progresar. Una educación para la democracia debe dotar a los educandos de una conciencia clara de su co-responsabilidad en la búsqueda de estrategias y proyectos para el progreso del país.
7.- Mientras no cambie la política y el gobierno y sean plenamente democráticos –perfectamente democráticos, sin fallas ni irregularidades-, no podemos formar ciudadanos que sean democráticos. Una educación cívica para la democracia debe ser una educación que forme en la conciencia clara de la relación bidireccional entre sociedad democrática y ciudadanía democrática: Así como la democracia produce ciudadanos, los ciudadanos responsables y organizados producen democracia.
Ojalá la educación sea capaz de producir ciudadanos democráticos que produzcan democracia. Ojalá nuestra incipiente democracia sea capaz de producir una educación capaz de formar ciudadanos que produzcan democracia.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
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