Este no es el típico campo de flor de cempasúchil: su extensión es mucho más pequeña que aquella que se muestra en las postales del gobierno de Puebla con Catrinas gigantes, el volcán o la iglesia de los Remedios de fondo. Aquí la belleza se aprecia poniendo atención: son las mariposas blancas que revolotean entre las flores y legumbres, los chapulines que saltan con cada paso que se da, la rana escondida entre las hojas o las carpas que se mueven dentro del estanque.
El solar de Jesús Romero y su familia está lleno de vida y biodiversidad: hay cempasúchil, girasoles, terciopelo, maíz, coliflor, acelgas, calabaza, lechugas y mucho más, ninguno de estos productos es tratado con agroquímicos.
Jesús cuenta que sus tíos tenían la creencia de que con los químicos la tierra solo trabajaba bien cinco años y después dejaba de producir igual, eso les daba desconfianza. Luego, cuando su padre enfermó de cáncer, empezaron a investigar cuáles eran las posibles causas y así fue que decidieron cambiar la forma de trabajar.
—Lo que pasa con la tierra (con el uso de agroquímicos) es que se acidifica […]. Entonces, lo que hacemos es buscar replantear la alimentación, porque todo se ha vuelto comercial. A la mayoría de gente que consume no le importa que se enferme, lo que le interesa es el dinero y pues a lo que se le está dando prioridad es al capital, no a su salud, no a la salud de los demás —dice Jesús.
En eso coinciden Georgina Vidriales, maestra en Desarrollo Regional Sustentable e integrante de Sendas AC, y José Cinco Patrón, profesor investigador del Centro de Agroecología de la BUAP: utilizar productos orgánicos y agroecológicos en el campo es mejor para la salud de la gente y del planeta.

Jesús Romero es de los pocos que producen flor de cempasúchil de forma agroecológica, en Cholula. / Foto: Mayra Guarneros
Georgina cuenta en entrevista para LADO B que en las zonas donde se siembra con plaguicidas y otros productos químicos hay silencio, es decir, no hay ruido de insectos o grillos, tampoco hay aves, porque debilitan el cascarón de los huevos y no pueden nacer las crías. Esto, dice, fue documentado por Rachel Carson, conservacionista estadounidense, en su libro Primavera Silenciosa.
A unos kilómetros del solar de Jesús, hay varios campos donde sí se riegan agroquímicos y los insectos se acumulan en los árboles que bordean los terrenos, parece que se alejan de esos líquidos, allí no hay mucho movimiento, ni sonidos.
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Carson expone en el citado libro: “los productos químicos se diseminan por los sembrados, o por los bosques, o por los jardines, se alojan durante largo tiempo en las cosechas y penetran en los organismos vivos, pasando de uno a otro en una cadena de envenenamiento y de muerte”. El silencio significa muerte. En respuesta a esto, explica Georgina, surgió una forma alternativa de cultivo llamada agroecología.
Lo agroecológico se diferencia de lo orgánico en varias cuestiones: primero, lo orgánico tiene que estar certificado, ya sea por la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) o por algún organismo internacional; esa certificación implica que no se utilicen productos químicos en los cultivos, pero también cuestiones de almacenamiento, lavado y aseo por parte de los productores. Lo segundo, es que lo orgánico no significa diversidad, ya que puede haber monocultivos; mientras que lo agroecológico promueve la diversificación de cultivos, la producción local, emular los ciclos naturales (siembra de temporal) y el intercambio de saberes.
—Es una tradición que busca producir de una forma saludable, pero también sostenible y sustentable, conservando justamente el conocimiento tradicional —señala Vidriales.

Puebla es la principal entidad productora de flor de muerto en México, sólo una tercera parte de la cosecha se hace sin productos agroquímicos./ Foto: Mayra Guarneros
Por su parte, José Cinco Patrón dice que tener una producción orgánica o agroecológica tiene beneficios en la salud de las personas, porque se consumen productos libres de pesticidas y que a la larga no generarán enfermedades, como cáncer. También trae mejoras para el suelo.
—Los fertilizantes sintéticos no devuelven la fertilidad del suelo, dan nutrientes, pero eso no es fertilidad. Fertilidad se refiere al mantenimiento de la capacidad de producción de un suelo por tiempo indefinido —cuenta el investigador, quien señala que los materiales orgánicos transformados, más naturales, ayudan a la retención de humedad.
En el caso del cultivo de cempasúchil, menciona José Cinco, además de la fertilidad del suelo, se gana que esta flor pueda tener fines alimenticios o que la gente la pueda manipular con las manos teniendo la seguridad de que no tiene tóxicos.
Pero trabajar de forma agroecológica tiene sus retos, Jesús Romero dice que para mantener la producción de flores y legumbres han intentado varias cosas: aplicar los consejos que le decían sus abuelos y sus tíos sobre la tierra, también ha preguntado a personas especialistas y buscar información en internet. Aunque no siempre logra mantener las plagas a raya, mantiene la esperanza.
—Lo que hacemos es sumar también el conocimiento de ellos (sus familiares), pero tratar de convencer a la gente y tratar de potencializar aquí al consumo de manera diferente, porque ahorita al ver cómo hay muchas mariposas o que también vienen los niños, les decimos: empiezan a conocerlas y buscar qué hacer de esta plaga —menciona.

Terreno de la familia de Jesús que se intentó expropiar para la creación del Parque de las 7 Culturas. / Foto: Mayra Guarneros
El solar de Jesús se ha transformado también en un sitio de aprendizaje: niñas y niños de escuelas cercanas, sobre todo de preescolar, llegan allí a sembrar legumbres que después comerán con sus familias, entran en contacto con la tierra y aprenden que de allí viene el alimento.
Claudia Montes, docente de Tlaollin Casa de Arte y Crianza, explica que en la pedagogía Waldorf es muy importante que las infancias utilicen las manos y estén en contacto con la naturaleza. Es por ello que les llevan al solar de Jesús, donde sembraron maíz, cuidaron las mazorcas, se comieron los elotes y se llevaron las hojas para hacer tamales.
—Es fundamental el cuidado de la tierra, aprender en estos tiempos a cultivar nuestro alimento es también primordial —menciona Claudia, y es por ello que está agradecida con la generosidad de Jesús.
Pero no sólo van allí preescolares, docentes, madres y padres de familia, este campo también es un sitio productivo: Jesús hace recorridos turísticos donde explica la importancia de sembrar sin químicos; presta su terreno para que otras personas hagan sus propios tours y lo renta para fotografías; también vende mercancía derivada del cempasúchil, como helado, pulque o atole, o vende la propia flor para que otras personas hagan comestibles.

El solar de Jesús Romero y su familia, al tener una base agroecológica, permite la biodiversidad de animales y de cultivos. / Foto: Mayra Guarneros
—Todavía no logramos que se venda mucho producto, a veces para lograrlo requerimos tiempo, (pero) no tenemos competencia […] porque yo aquí no conozco a nadie (que siembre flor sin químicos). Todos piensan como la planta se tiene que ver bonita, todo insecto que se mueran —dice Jesús.
En México, de acuerdo con datos de Roberto Ruiz, coordinador de asesores de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) del estado de Puebla, a nivel nacional, el 35% de la producción de cempasúchil es orgánica; Puebla produce el total de ese 35%, es decir, el 12.5% de la producción de flor de cempasúchil sin agroquímicos de México proviene de Puebla.
La entidad es la principal productora de flor de cempasúchil, según datos de la SADER, con más de mil hectáreas de superficie sembrada y cuyo valor de producción ronda los 72.5 millones de pesos. Aquí se cosechan al menos cinco variedades de cempasúchil: naranja o china, lisa, milito, lisa amarilla y rellena.
Aunque la zona de Cholula no se considera como una de las que tienen mayor producción, como Atlixco, que concentra el 35% de toda la flor de muerto sembrada en Puebla, sí existe una tradición de floricultura desde hace siglos. La investigadora Margarita Tlapa Almonte señala en un artículo que desde el año 1900 varios barrios de San Pedro Cholula dedicados a la siembra de flor se han organizado, principalmente, para festividades.
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Sin embargo, esta vocación está en riesgo por la expansión inmobiliaria.
Frente al terreno de Jesús y su familia hay un fraccionamiento, a una calle hay otro y a unas cinco calles se construyen unos locales, así el espacio que antes era campo se transforma, muta en casas y comercios.
—El desarrollo inmobiliario yo lo veo como un jugoso negocio para los políticos. Puede sonar cruel, pero veo la historia de hace mucho tiempo repetida hoy bajo otras características: las inmobiliarias lo que manejan es capital […] pueden sacrificar 1 millón, 2 millones o un porcentaje de todo eso y no les cuesta —apunta Jesús Romero.

Jesús Romero. Foto: Mayra Guarneros
Sin embargo, a los productores sí les perjudica, porque el costo del predial se eleva y les complica mantener su propiedad regularizada. Para Jesús, esta situación ha generado que muchas personas prefieran vender sus terrenos de cultivo, ya que si su producción agrícola no da los frutos suficientes, se vuelve insostenible.
Los investigadores de la UAM Xochimilco, Laura E. Romero y Mauricio González, en su artículo Los fraccionamientos no es progreso. Violencia inmobiliaria y racismo en San Andrés Cholula, Puebla, apuntan: “los planes de desarrollo en la última década han buscado un paisaje urbano global que sea propicio para las clases altas, detonando el desplazamiento forzado por expropiación o, de forma menos perceptible, a través de altos impuestos y costos de medios de subsistencia”.
Asimismo, señalan que en la zona de Cholula existe violencia inmobiliaria, como la especulación, la gentrificación, los desahucios, los precios de alquileres e hipotecas, los planes urbanísticos impuestos, el frenesí urbanizador, la tematización y turistización del espacio urbano.
La semana pasada, pobladores de San Andrés Cholula se manifestaron debido a que la juez del Quinto Distrito en Materia Civil Administrativa, Gabriela Gutiérrez Dávila, les negó un amparo relacionado con el Plan de Desarrollo Municipal, pues este se contrapone a acuerdos previos sobre el desarrollo urbano que tomaban en cuenta a las comunidades y pueblos originarios.
Pese a que muchas personas le han dicho a Jesús y su familia que vendan o les han llegado a hacer propuestas económicas, han optado por conservar ese espacio. No es la primera vez que se enfrentan a un intento de despojo: en 2014, el entonces gobernador Rafael Moreno Valle Rosas impulsó la creación de un parque temático en el basamento de la pirámide de Cholula y para ello se planteó expropiar varios terrenos circundantes, entre ellos un predio familiar.
Fue en ese momento que Jesús dejó su trabajo en la fábrica de Panasonic, después de 15 años, para defender su tierra.

Infancias de preescolares cercanos llegan al terreno de Jesús para tener un acercamiento con la tierra y la generación de alimentos. / Foto: Mayra Guarneros
Jesús Romero cuenta que desde niño se dedicó al campo, acompañando a sus abuelos y tíos, pero después decidió estudiar Computación y alejarse de la siembra. Volvió a ella cuando estaba amenazada, se sumó a la resistencia contra el Parque de las 7 Culturas, que incluía la construcción de un hotel de lujo, plazas comerciales y hasta un parque de diversiones, aunque se sintió vigilado, comprendió que hay algo más fuerte que el poder del Estado: la comunidad.
Un momento que recuerda de otras formas de lucha fue el abrazo a la pirámide de Cholula, ocurrido en marzo de 2015, donde llegó mucha gente a mostrar su inconformidad con el proyecto que ponía en riesgo el basamento de la pirámide.
Desde entonces apoya las movilizaciones de Cholultecas Unidos en Resistencia y fomenta la unión comunitaria. Por ejemplo, en esta época del año, aunque él es quien siembra el cempasúchil desde junio y la cuida en las lluvias de agosto, las personas de su barrio, las infancias que visitan el solar, sus amistades y vecinos, pueden ir a cortar flores para sus altares, para ofrendarla a sus muertos.
Cuando termina la temporada de muertos, cultivan otras flores ornamentales y plantas que no sean tan vulnerables al frío, como las acelgas o las zanahorias, siguiendo un ciclo.
—La naturaleza nos habla —dice Jesús; él y su familia la escuchan, la procuran.
EL PEPO