I
Ojalá escribir aliviara tanto como afirman, que con cada palabra el dolor fuera realmente menguando. Conmigo no sucede así: escriba o no, seguirá doliendo. Demasiadas veces lo he comprobado. La escritura persiste en los momentos difíciles. Incluso en el más terrible: no poder estar a diario con mi hijo. Hace unos meses en ciento veinte cuartillas logré terminar una novela que retrata ese dolor. Después de muchos y variados intentos de escritura, fue la primera que me complació releer hasta el final. Pronto encontré un concurso que calzó con mis enormes pretensiones. Veinte mil euros y la publicación en Latinoamérica y España. Unos días después de haber mandado mi novela, de recibir mi ficha de inscripción al prestigioso concurso internacional, se descompuso mi computadora. De inmediato, en “modo seguro”, logré instalar varios programas de recuperación. Con su ayuda tardé cincuenta y seis horas en encontrar el archivo. Estaba tan cansado que copié a una USB inicios de crónicas, escaletas de cuentos, pero confundí mi segundo libro de cuentos, ya publicado, con mi primera novela inédita. Al concurso se presentaron dos mil doscientos manuscritos de veintidós países. No gané. Les he escrito tres correos a la editorial pidiéndoles el único archivo que existe de mi novela. No contestan. Al llamarles por teléfono niegan tener ya información sobre el concurso.
II
Hace más de dieciocho meses que la primera oración de la libreta en la que volví a escribir crónicas, y su reescritura en cada libreta que he usado, se transformaron en una orden que evadí por miedo: escribir sobre “Omar y los invisibles”. Omar Gutiérrez nació en la CDMX en 1997. A los veintitrés años se suicidó, el dos de agosto del 2020. La manera no ha sido revelada por sus familiares. Omar, a los dieciséis años, asistía siempre a los conciertos de “Belafonte Sensacional”; iba cuando casi nadie conocía a la banda. Alguna vez uno de los integrantes lo invitó a tocar en una fiesta.
—Fue impactante —recuerda Israel Ramírez, líder de “Belafonte Sensacional”.
La obra de Omar comprende tres cuerpos principales Sin título por el momento (2015), Es causa de cáncer (2018), y Delirio existencial No.420AM (2019), además de grabaciones en vivo, canciones sueltas y piezas breves que fue publicando en Bandcamp durante esos años.
En Omar, los invisibles son los personajes que habitan sus canciones, monstruos, animales, adolescentes, seres ridículos y criaturas que existen fuera del relato oficial. En “Cabeza de piedra” uno de sus personajes permanece hundido en el fondo del mar esperando a Godot en Nativitas. Y luego dice: “Mi didi se cansó de esperar y ahora escucho algas que me gritan canciones para torturarme. / Salí a la calle a fumar margaritas y todos se burlaron de mí. / Me perdí para que me encontraran y nadie me salió a buscar. Cuando volví ya no tenía nada y me dio hueva recuperar.” La CDMX ya no funciona como escenario, comienza a comportarse como alucinación, Tlatelolco, Garibaldi, La Portales, pueden aparecer en la misma lógica mental que un dinosaurio, una criatura marina o un santo en Vietnam. Su propio listado de influencias incluye a Bob Esponja, Matt Groening, los mariachis, las tortas compuestas. Omar tenía una inteligencia demasiado aguda para aceptar la solemne realidad, su imaginación no escapa, la deforma hasta volverla extraña. Entendió que las canciones pueden contener una idea profunda sin anunciarla, son sarcásticas, tienden a burlarse del infortunio y a cuestionar las formas, en constante conflicto entre la ingenuidad y la sofisticación. Su humor no es chiste, es estrategia de supervivencia frente a cosas que, dichas directamente, resultarían insoportables. Omar escribió siempre desde el lugar donde el lenguaje no ha aceptado la obligación de comportarse correctamente. La inteligencia es una forma de lucidez que solo puede expresarse haciendo el ridículo. La poesía le fue cotidiana, lo habitó. Su música ocupa un territorio extraño entre la canción punk, el surrealismo, el lo-fi, el humor absurdo. No parece haber construido discos para consumirse de principio a fin sino como un conjunto de hallazgos, donde cada canción funciona como una pequeña anomalía.
Conocí a Omar por Israel de “Belafonte Sensacional”.
—Debes escucharlo. Traerlo a tocar a Puebla.
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En el Estridente, un bar que ya no existe, fue la única vez que Omar alcanzó a tocar fuera de la CDMX. Fue el viernes dieciséis de agosto del 2019, a las nueve de la noche. La entrada costó treinta y cinco pesos. Llegó solo una persona, un chavito, casi de la misma edad de Omar. Un proveedor de cerveza me entretuvo tanto que, cuando iba por Omar a la terminal de autobuses, él entró al bar cargando su guitarra. Vestía su inolvidable playera de Blue Demon. Sonreía de esa manera tan alegre que no se me olvidará nunca. Con su mirada de sabio joven. Omar, préstame tus ojos para mirar como tú miras y para poderme reír de esa manera tan libremente sarcástica. Alto, delgado, frágil, como un árbol de ramas demasiado curvas. Aquella noche, por más que esperamos, no llegó nadie más. El concierto fue espectacular. Al final me complació tocando Delirio existencial a las cuatro veinte de la madrugada. Durante el trayecto de regreso a mi casa me tocó dos veces una canción inédita, su favorita, me dijo. Al llegar le serví otro mezcal y siguió cantando. Me contó que desde que era muy niño sufría la ausencia de su madre, que se iba por responder a un enorme impulso viajero, que ese dolor era algo que lo seguía martirizando, profundo y pesado como un yunque, del que no podía recuperarse. Se quedó a dormir en mi sillón. Desayunamos quesadillas. Lo fui a dejar a la terminal. Cinco horas después me respondió un mensaje de texto con un “kiobo, llegué bien, gracias por todo”. Nunca lo volví a ver, aunque a veces noto su mirada cabronamente tierna e inteligente en la de mi hijo. Me angustia.
III
Durante dos años mi hijo y yo solo nos hemos podido ver una hora a la semana, mientras esperamos una sentencia que no llega. Mi último abogado cometió el error de no avisarme el día que debía presentarme a la audiencia frente al juez. Fue una negligencia que afectó gravemente mi caso: me presentó ante el juez como alguien a quien no le interesa el juicio. Su última recomendación fue intentar corromper al proyectista del juzgado. Ya no confío en quien me representa. Intento volver a pedir ayuda en el Instituto Especializado en la Defensoría Pública del Poder Judicial del Estado de Puebla. Desde el principio noto que son funcionarios más amables, diferentes a los de Cholula. Hace un año intenté que tomaran mi caso. Varias veces me senté frente a las dos abogadas que están a disposición de las solicitudes de un municipio de casi ciento cuarenta mil habitantes. Me aseguraron que mi única opción si quería defender mis derechos para ejercer la paternidad era contratar a un abogado. Luego de quince minutos de espera, el defensor público Noé Carrión Jiménez me informa que debo regresar con las mismas abogadas de la defensoría de Cholula. Le explico que he ido ocho veces sin que acepten tomar mi expediente. Entonces ocurre el gesto milagroso:
—Déjame comentarle a mi jefe.
Noé se levanta de su escritorio, se acerca a la única oficina privada, al fondo. Entra, de inmediato sale. Esperamos diez minutos hasta que nos gritan “adelante”. El jefe: un funcionario más joven que yo me escucha.
—Son las únicas abogadas que tenemos, te deben atender —su respuesta es interrumpida por la llamada telefónica de alguien de más arriba. Esperamos, Noé permanece estoico a mi lado. Me parece que la espera le provoca culpa: al colgar, realiza de inmediato otra llamada. Es con Jaqueline, la más experimentada de las abogadas defensoras de Cholula. Le ordena tomar mi caso. Cuando termina, el director me dice:
—Ya está resuelto tu asunto. Mañana te esperan a las once.
Le agradezco al director y, más solemnemente, a Noé. Me gana el entusiasmo: pienso que con esa acción podré ver a mi hijo algunas horas más.
Yo también soy hijo de padres separados, pero siempre vi a mi padre. Por eso supuse, o más bien decidí, basado en mi experiencia, que la separación sería cómoda y mejoraría la vida de todas las partes. Quizá por esa experiencia me resultó sorpresivo que, luego de lo difícil que fue en sí misma la separación de mi hijo, tuviera que afrontar lo que me parece un terrible castigo: verlo en el Centro Estatal de Convivencia Familiar, un órgano auxiliar del Consejo de la Judicatura del Poder Judicial del Estado de Puebla. Su función es ejecutar, supervisar y aportar información especializada dentro de los procedimientos familiares que ya están siendo conocidos por un juez. Ofrece un espacio neutral, seguro y controlado donde un padre o madre que no ostenta la custodia puede reunirse con sus hijos bajo la vigilancia de personal capacitado. Me gustaría que se modificara el protocolo de entrega-recepción. Poder llevar a mi hijo a mi casa, que vuelva a convivir con mi familia. Ya han rotado cinco psicólogas en el puesto; todas han evaluado positivamente mi caso, sin que el juez haga caso a sus dictámenes ni dicte por fin una sentencia.
Defensora pública de Cholula, diez de la mañana. Ya estuve aquí, ya escribí de estar aquí. Jaqueline, la abogada, no me reconoce, me trata como si fuera mi primera consulta. Le comienzo a explicar mi caso, pero me interrumpe. Lo que le interesa revisar es mi expediente. La acompaño al archivo, donde me piden mi credencial para dejar que ella lo lea.
—Ya debe dar sentencia el juez. Ven en quince días y revisamos.
Apenas salgo de la defensoría le llamo a mi abogado. Me propone un amparo, presionar al juez. El consuelo de siempre, que también me da el abogado al ejemplificar con otros casos: “al menos tú lo puedes ver”. Vuelvo al lugar donde la paternidad es claramente una sola cosa: dinero. Padezco tanto coraje y tanto resentimiento que tengo ganas de golpear un saco de boxeo, no de escribir. Estoy tan encabronado que insulto a un vecino en una discusión: pierdo los cabales por tratarse también de un abogado.
Sé que mi hijo tuvo asistencia psicológica cuando cambió el régimen de convivencia. En esta visita del sábado, volteó más: a cada rato giraba la cabeza en su recorrido hacia la salida para buscar mi mirada y, al encontrarme, levantar su mano derecha y despedirse. Fue récord: lo hizo cinco veces.
IV
Durante los días en que escribo este texto desapareció, muy cerca de mi casa, Hugo Alejandro Hernández Tello, de veinticinco años, estudiante de Administración de Empresas en la BUAP. Salió el cinco de septiembre a las ocho de la mañana para ir a jugar futbol en las inmediaciones del Parque Ecológico, como cada fin de semana. Era sábado, el día en que veo a mi hijo. Ese día jugamos a hacer monstruos con plastilina.
Su padre y su madre encabezaron brigadas de búsqueda junto con familiares, compañeros y amigos. Repartieron volantes, pegaron fichas, colocaron lonas en distintos puntos de la ciudad. Por los videos, la fiscalía del estado estableció que el último registro de Hugo correspondía a una cañada del río Alseseca.
—Yo sé que hasta que lo encuentre no vamos a parar con la búsqueda de mi hijo —El padre de Hugo se apoya en su bastón, tenso. Intenta parecer tranquilo y no lo logra: su cuerpo palpita, alerta, desconcertado.
Unos días antes, el dos de septiembre, otro joven, Erick Alejandro Briones Valencia, fue a sacar dinero a un cajero cerca de la Central de Abastos. Desde entonces no se sabe de él.
Las calles alrededor de mi casa se llenaron de fichas de búsqueda y de lonas con la cara de Hugo. Siguen ahí.
V
He organizado lecturas sobre paternidad y duelo. Comencé con “Literatura infantil”, de Alejandro Zambra. De inmediato me enganchan las oraciones al estilo “Anagrama”, claras, cortas, de catálogo de editorial catalana. Un franco montaje: escritor héroe, panfleto moralista, la escritura como un invento, una farsa. Se narra como un hombre de familia intachable, que lo da todo por su mujer y su hija. Un hombre que no siente, sin deseos. Mejor aún, se ha fusionado con la causa familiar. Nunca más individuo, siempre familia. Lo peor es un juicio de valor que me provoca cerrar el libro y no desear abrirlo nunca más. Zambra plantea que en el mundo solo existen dos posibilidades de paternidad: el que abandona, o el que se convierte en el proveedor de satisfacción de alguien más. Nunca más personajes complejos. Una literatura que no se cuestiona, rígida, de absolutos, no de descubrimientos. Un padre debe ser un manual, puras instrucciones para quedar bien. Padecí tan mal humor que de inmediato aposté por quitarme el sabor de boca con “Diario de duelo”, de Roland Barthes. Tampoco me gustó. Mejor salí a caminar.
Conseguí entonces “La hora violeta”, de Sergio del Molino. Publicado originalmente en 2013, el libro cuenta la enfermedad y la muerte por leucemia de Pablo, el hijo pequeño del autor. Del Molino se enfrenta a una experiencia para la que el lenguaje parece no tener siquiera un nombre: existen palabras para quien pierde a sus padres y para quien pierde a su pareja, pero no existe una palabra equivalente para el padre o la madre que pierde a un hijo. El libro nace, en parte, de ese vacío.
En “La hora violeta” la realidad es una: aquí sucede la vida, el conflicto que nos arremete; quedamos quebrados pero persistimos aunque el dolor parezca insoportable. “En un momento en que los lugares comunes suenan a insultos”. El autor narra el deseo que siente por la empleada de una pizzería unas horas antes de saber que su hijo estaba enfermo terminal: narra la culpa, narra la realidad de alguien que está vivo. Se adentra en la narración valiente de quien sufre: admitir el deseo de querer huir. De nunca hacerlo. De hundirse. La prosa ecuánime para momentos de escenas terribles, el certero cuestionamiento a los conceptos.
Del Molino elige una prosa sobria, directa, contenida. “La hora violeta” se mantiene pegada a la experiencia, al hospital, a los médicos, a las enfermeras, a los otros padres, a los viajes y a los días concretos de la enfermedad. Narrar es lo único que se puede hacer dignamente, así sea lo más horrible que te haya sucedido. Aunque me parece un libro tremendo, quizá por eso es que me cuesta trabajo leerlo. Duele. Me lacera. Quiero leerlo, pero no puedo. Entonces me alejo de la lectura. Lo retomo días después.
Sergio del Molino me demuestra que se puede escribir aun con el dolor, padeciendo lo más terrible. Sus recursos no han sido mermados por el sufrimiento: siguen ahí. Escribir no alivia, pero ya no tengo excusas.
“Lo urgente es también este libro. Con su escritura veo lo importante. Encaro la pena con palabras, y mientras resuelvo problemas de estilo, depuro lenguaje y estructuro sus páginas, evito ser tragado por lo importante. Cuidar de los detalles literarios es mi forma de asirme al mástil y mantenerme al mando de la nave, de otro modo, me perderían las sirenas o me cegaría la contemplación del brillante y amorfo espanto que me rodea y me atraviesa.”
“La hora violeta” se llama también el último capítulo del libro. Y entonces aparece “Mortal y rosa”, publicado en 1975, el libro en el que Francisco Umbral narra la enfermedad y muerte de su hijo, fallecido de leucemia. Es difícil clasificarlo: diario, memoria, monólogo, ensayo y prosa poética se mezclan. Durante buena parte del libro parece que Umbral está escribiendo sobre sí mismo, sobre el tiempo, el cuerpo, la infancia y la literatura, hasta que la relación con su hijo y su enfermedad se convierte en el centro de la obra.
“Hijo, tu padre solo sabe escribir, ni siquiera está convencido de hacer eso bien.”
Te conviertes en otra persona, una que aprende a vivir con las heridas.
“Niño mío, hijo, fruta fugaz, manzana en el mar, siempre lo he dicho, milagro instantáneo, doblemente imposible, estoy aquí, en el desorden de tu ausencia, entre los colores animales, objetos, hierros, ruedas y seres de tu mundo, tan muertos sin ti, juguetes de un sol solo que apenas los roza, y me mira tu ausencia desde todas las paredes, encarnas en fotografías cuando halago el tacto de la nada. No estás. Los leones más fieros, los pájaros más metálicos remiten ya a ti dulcemente.”
Mientras escribo sobre la ausencia, leo a estos dos padres que escribieron sobre la muerte de sus hijos. No busco en ellos una respuesta para mi propia experiencia, sino una manera de entender qué puede hacer un hombre con aquello que no puede resolver y que, sin embargo, no puede dejar de pensar.
Ahí vuelvo a enfrentar la paternidad de manual de Zambra contra la de Francisco Umbral: represión contra deseo; simulación contra amor real. El sujeto dispuesto a experimentar el dolor y la belleza intransigente de este mundo.
“Vivimos sobre el terreno pantanoso de los explotados, pisamos las arenas movedizas de inmensas extensiones de sufrimiento. Landas de sangre iluminan nuestro paisaje.”
Los libros de Sergio del Molino y de Francisco Umbral no son un manual de paternidad ni una respuesta sobre cómo debe comportarse un padre, sino la exploración de la posibilidad de mirar al hijo como alguien singular, irrepetible. “Ser un contemplador de orillas”.
VI
Habitantes de la colonia Lomas de San Miguel reportaron un cuerpo la tarde del veintidós de septiembre. Pruebas periciales confirmaron que se trata de Hugo Alejandro Hernández Tello. El dictamen de la fiscalía establece que la causa de muerte fue un traumatismo craneofacial, compatible con un mecanismo de caída en el río Alseseca. Erick Alejandro Briones fue localizado el dieciocho de septiembre en Monterrey. Según la versión difundida por la fiscalía, él declaró que se había ido voluntariamente, perdió su teléfono, consiguió trabajo y que no había sido víctima de ningún delito.
El juez que lleva el expediente de mi caso sigue sin dictar sentencia.
*Foto: YouTube de Omar