Por Irene Basaldúa Macías
Es hoy. La ciudad nos espera. Las calles del centro se preparan. Algunos negocios de la Avenida Palafox empiezan a bajar las cortinas, aunque las y los trabajadores nos observarán por las rendijas cuando pasemos. Otros negocios nos ofrecerán agua en solidaridad. Ahora todo está tranquilo, pero en unas horas nos escucharán.
El Reloj del Gallito, en Paseo Bravo, es nuestro punto de encuentro. La marcha no siempre empieza ahí, a sólo cinco calles del Zócalo, ni siempre tiene la misma ruta; hay diferentes marchas, puntos de encuentro, llegadas, salidas, pero sin importar eso, o los kilómetros recorridos, es nuestra marcha, nuestro grito de inconformidad, de hartazgo.
Es hoy. Ya estamos aquí.
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Al principio parecemos pocas, pero no es más que una ilusión: somos miles. Aunque lo damos por hecho, hace unos años esto era impensable. Fue apenas hace una década cuando las mujeres comenzaron a tomar las calles. La Primavera Feminista de 2016 fue ese momento histórico: en más de 40 ciudades de al menos 27 estados del país, las mujeres se sumaron al llamado para denunciar y detener las violencias machistas.
Sin embargo, la lucha feminista en Puebla no comenzó ahí; se remonta muchos años atrás, al menos a los años 80, cuando la entonces profesora del Colegio de Antropología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Marcela Lagarde, fundó el Taller de Antropología de la Mujer. Entonces no había marchas, no se tomaban las calles, pero sí se hacían performances, talleres, conversatorios, buscaban tener participación en la radio comercial para hablar sobre virginidad, organizaban debates sobre la doble e incluso triple jornada, la maternidad voluntaria, la interrupción del embarazo y el derecho de las mujeres a la educación, entre muchas otras demandas que siguen sin ser saldadas.
Me imagino esos momentos de reconocimiento, de trabajo, en un entorno hostil con nociones muy vagas sobre los derechos de las mujeres. Si ahora sigue molestando a una parte de la sociedad, supongo que antes era mayor la molestia de un movimiento y una lucha poco conocidos o ignorados. Todas estas mujeres abrieron un camino remando a contracorriente, y aun así, varios años después, en pleno siglo XXI, seguimos viviendo injusticias, violencias y machismos. Si ahora es difícil hablar sobre esos temas, si siguen siendo tabú, cómo habrá sido antes, en un mundo en donde incluso reconocerse como feminista hacía que se voltearan las miradas y empezaran los susurros.
Aun así, Marcela y sus alumnas, entre ellas Catalina Pérez Osorio, resistieron con el deseo de lucha y transformación. Poco a poco más mujeres se sumaron al movimiento. Hubo un proceso de reconocimiento con la otra: por medio de pláticas, eventos culturales y talleres, se dieron cuenta de que lo que vivían unas, otras también, que lo que necesitaban unas, otras igual. Compartían esa necesidad de externar sus experiencias en torno a la falta de derechos.
Los años pasaron y aquella primera generación, la de Catalina, fue pasando la batuta a mujeres más jóvenes, como Natalí Hernández, activista feminista, involucrada desde hace más de dos décadas en el trabajo detrás de las marchas en Puebla, que sentían la inquietud de seguir construyendo desde el feminismo. No fue un trabajo aislado, sino en colectividad. “No tienen que ver las instituciones, yo creo que tiene que ver con el boca en boca, con el despertar de la conciencia de las mujeres a decir no a la violencia”, dice Catalina convencida.
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Para los inicios de la segunda década del milenio comenzaron a salir a las calles, pero solamente unas cuantas. En el 2011, la Marcha de las Putas marcó una ruptura incluso a nivel internacional. Fue una manifestación que buscaba reivindicar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, de prejuicios y estigmas, además de defender el derecho a sentirnos seguras en cualquier espacio público en el día, la tarde o la noche. Y condenaba la revictimización de las mujeres tras una violación sexual o un feminicidio.
En 2018 ya había más organización, más trabajo de diálogo y de encuentro, a pesar de las diferencias en el movimiento. Natalí formaba parte del grupo convocante, por lo que vivía en carne propia el desarrollo de las marchas. Sabía –y no temía decirlo– que un día dejaríamos de ser solo cien para ser miles. Por eso ese año, al inicio de la marcha que partió de la Fiscalía General del Estado, tomó el micrófono y dijo: “Compañeras, bienvenidas, las estábamos esperando. Qué chido que están aquí”.
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En la primaria, una maestra nos pidió a mis compañeras y a mí que escribiéramos en un papel qué era lo que nos gustaba de ser mujer. Después de un par de minutos, escribí: porque nos respetan. Dudé un momento y lo borré. Entonces no supe por qué no me sentí cómoda con mi respuesta; ahora me queda claro que las mujeres en este país no somos respetadas, y si eso fuera lo que más me gusta de ser mujer, estaría viviendo en una película con más ficción que realidad.
Toda mi vida he amado el futbol y prácticamente toda mi vida me han visto diferente porque “el futbol no es para niñas”, porque si un niño no le pega fuerte al balón, si llora, si es mal jugador, entonces juega como niña, porque jugar como niña resulta ser una ofensa.
Cada vez que salimos de fiesta, mis amigas y yo nos mandamos la ubicación en tiempo real, no nos vamos en Uber, pensamos en qué ponernos, porque aunque la culpa no es mía, aun así da miedo. Nos faltan el respeto no de una manera simplista, nos faltan el respeto de una manera profunda, ignorando nuestros derechos y reproduciendo dinámicas machistas que nos violentan desde siempre.
Varios años después, recordando aquella pregunta de la primaria, supe qué es lo que me gusta de ser mujer y qué es lo que admiro de serlo: las mujeres luchamos y no bajamos los brazos, exigimos nuestros derechos, queremos salarios dignos y romper con los roles establecidos por un Estado patriarcal. Sabemos que las cosas aquí no se piden por favor; encontramos la manera de hacernos notar, de pelear y seguir peleando a pesar de las adversidades. Hoy respondo con seguridad: lo que me gusta de ser mujer es que sabemos luchar y lo hacemos a pesar del cansancio, el desencuentro y la oposición.
Foto: Irene Basaldúa Macías
Verónica Gago, feminista argentina, en La potencia feminista. O el deseo de cambiarlo todo (2019) dice que las mujeres, a pesar de estar en duelo permanente por todas nuestras muertas, por el sistema asfixiante y acosador, convertimos ese duelo en acción. Las mujeres somos movimiento y transformación en un terreno pantanoso que muchas veces tiene intenciones de hundirnos. Eso es lo que me gusta de nosotras, de aquellas que no conozco y luchan de una y mil maneras, y de mis amigas, con las que marcho codo a codo.
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¿Qué nos convoca a todas a marchar? Cada una tiene su historia, sus razones, pero dentro de nuestras diferencias también nos reconocemos, como Catalina y sus compañeras. Nos juntamos para no sentirnos solas. Para tomar un espacio donde nosotras somos las protagonistas, en donde nuestro caminar y nuestro grito son nuestra acción. Es un momento de apropiarnos de las calles, de las canciones, de liberarnos, de sacar las frustraciones de padecer este sistema machista, pero también de alegría, de estar con la otra.
Para Catalina Pérez Osorio, más allá del montón de derechos que exigimos, hay dos que prevalecen: detener la violencia hacia las mujeres en todos sus tipos y modalidades, y decidir sobre nuestro propio cuerpo.
Sobre esto, dos cosas.
Uno: de acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares realizada por el INEGI, en Puebla, 7 de cada 10 mujeres mayores de 15 años han experimentado al menos un incidente de violencia, ya sea psicológica, económica, física o sexual. La violencia psicológica y la violencia sexual llevan la delantera: alrededor de 5 de cada 10 mujeres han experimentado violencia psicológica (53.2%) o sexual (48.5%). Este es un problema real.
Y dos: ¿por qué alguien más debe decidir sobre lo que pasa dentro de mí? Lo que pasa en mi útero, en mi piel, en mi cabeza. Esta decisión sobre el cuerpo, Catalina la plantea no únicamente como el derecho al aborto, sino como algo más amplio: “No nada más es decirle no toques mi cuerpo. Es tomar decisiones. El no es un no en todas las tomas de decisiones […] Mi no tiene razones, causas y tiene que ser aceptado por el otro”. Se trata de complejizar la decisión dentro de mí y entenderla también como lo que hago afuera. Es la decisión de qué permites, qué no permites, con quién, en dónde. No es no.
Estas dos deudas históricas las llevamos tatuadas con una tinta que trasciende de generación en generación, de calle en calle, de grito en grito. También por eso marchamos.
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El centro histórico de Puebla siempre me ha gustado mucho. A pesar de vivirlo poco, las veces que vengo, lo disfruto. Claro que las veces de las marchas son mucho más especiales. Me gusta cuando gritamos todas juntas, y las calles con construcciones coloridas y altas a cada lado de la acera retienen nuestro grito, lo hacen sentir eterno y fuerte al menos por un momento.
Pienso en cuánto habrán visto y vivido estas grandes casonas, por dentro y por fuera. Pienso en las casas como personajes y qué tanto realmente les indignaría que pinten sus paredes si han presenciado cosas peores, si dentro de ellas las esposas se tenían que quedar todo el día esperando al marido, sirviéndoles la comida, mirando por la ventana, soñando deseos imposibles para ese entonces, como estudiar, trabajar, o simplemente que se escuchara su voz. Qué tanto les indignaría que pinten sus paredes, si frente a estas también han violentado mujeres. Lo que pintamos en ellas son la muestra de estas violencias estructurales y físicas, son el recordatorio de un sistema patriarcal que oprime y mata. Estas casas han presenciado cosas peores y violentas, que realmente han lastimado. Pintar una pared no es violencia, es manifestación ante una lucha mucho más grande.
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Una mujer pasa junto a mí, sale del cauce del río violeta que fluye con cada paso que damos. Somos un río grande y fuerte que avanza por las calles. Va directo a una pared, saca un aerosol y empieza a pintar. Veo que varias mujeres se acercan a ella, por un momento me asusto pensando que la van a quitar de golpe para que deje de pintar. Pero no, se me olvida que esta marcha cuida, que la consigna “la policía no me cuida, me cuidan mis amigas” es real y aquí se hace evidente. Las compañeras se acercan para cubrirla con sus carteles, para que pinte sin que la graben, o le tomen foto. Termina de escribir su mensaje, la bolita de mujeres se disuelve y se reincorporan a la marcha, donde todas las demás avanzamos. Volteo a ver qué escribió: “Es tu pared, pero era mi mamá”. Nosotras seguiremos nuestro caminar, pero este mensaje va a permanecer.
Foto: Irene Basaldúa Macías
Volteo a ver los carteles. Me fijo en lo que dicen, pienso en cuál me gusta más, si hay alguno que se repite. A Samantha también le importan los carteles, le gusta hacerlos. Este, que es su tercer año marchando, no es la excepción. Desde un día antes los hace con su hermana. Primero busca inspiración en redes sociales; selecciona frases, colores, dibujos. A veces copia exactamente un cartel, o hace una mezcla, toma los colores de una imagen, la frase de otra y la decoración de otra más.
Los colores que no fallan son morado, verde, negro y rojo. El morado nos ha representado desde hace mucho. Cuando las trabajadoras de la fábrica textil Triangle Shirtwaist de Nueva York se declararon en huelga por las condiciones laborales deplorables, el empresario cerró las puertas y prendió fuego. Según cuenta Marisela Calzada en El camino hacia el feminismo, el humo que salía por las chimeneas era morado debido al color de las telas de las camisas con las que estaban trabajando. Ahora nos apropiamos de este color, mientras conmemoramos y peleamos también en nombre de todas esas mujeres. El verde, por otro lado, viene del Cono Sur de nuestro continente. Fue en Argentina donde se implementó esta indumentaria, herencia de las abuelas de Plaza de Mayo, cuando las mujeres exigían el derecho a la legalización del aborto, que ahora se ha vuelto un emblema para todas nosotras, convirtiéndose en un vehículo para transmitir un mensaje que traspasa fronteras e idiomas.
Llegamos al Palacio municipal, bien cuidado y cubierto. Policías por todos lados, vallas de madera cubren cada ventanal, puerta, cualquier objeto que se pueda dañar está bajo protección. Ojalá nos pusieran esa misma atención a nosotras, para evitar que, de un día para otro, nos quiten la vida. En este punto, en el centro del plano catastral de nuestra ciudad, siento impotencia. No soy la única, Aina, asistente regular a las marchas del 8M, también siente rabia.
A lo largo de la historia, el Estado ha querido controlar las manifestaciones, las marchas y los espacios. Catalina lo tiene claro: “el Estado siempre va a querer romper al movimiento feminista o a cualquier movimiento que sea masivo”. ¿Cómo no sentir rabia frente a este edificio que simboliza a quienes no nos protegen y nos quieren separadas?
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“Creo que no se ha entendido cuál es el fondo del asunto [del movimiento feminista], que es la transformación. Es una transformación social, política, en donde las mujeres tenemos el protagonismo, sí, efectivamente, porque somos las que hemos estado oprimidas por siglos”, me dijo Catalina, y sus palabras cobraron sentido ahí en el zócalo de la ciudad, en medio del Palacio Municipal y la Catedral, con nosotras gritando, haciendo lo que hace años se pensaba imposible, haciendo que tiemble el mundo y los machistas, haciendo que América Latina sea toda feminista.
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Mientras nuestros gritos, canciones y pasos retumban entre las paredes del centro histórico, Diana tiene los sentimientos a flor de piel. “Por las que salieron y nunca más volvieron”, lee en un cartel. Ella viene acompañando a sus hijas. La primera vez lo hizo para experimentar y saber cómo era estar en una marcha; ahora lo hace porque le gusta, porque siente necesario alzar la voz y hacerle notar al mundo que las cosas no van bien. Siente impotencia, frustración y preocupación. Ve a aquellas mujeres en su dolor, las madres que buscan, las hermanas que no se cansan de gritar y pedir alto a la violencia.
Foto: Irene Basaldúa Macías
Su mente vuela e intenta ponerse en los zapatos de la mujer que lleva aquel cartel, se pregunta lo que ha vivido, si ha perdido a alguien, si tiene una hija, si su hija sale de su casa en la noche, si los nervios que siente Diana también los siente ella cuando sus hijas salen.
El grito de las mujeres alrededor la devuelve al paso firme de todas. Mira frente a ella y ve a sus hijas alzando los brazos, sosteniendo sus carteles y siente orgullo. Sin llamarla, una de ellas la voltea a ver, entre miradas cómplices, sin cruzar palabra, se dicen mucho de lo que están viviendo y sintiendo. Las lágrimas que resbalan en la cara de Diana son solo el reflejo de una revolución dentro de su cuerpo, que va del pecho hasta su estómago. Toma aire y acompaña la consigna con un grito que viene desde dentro.
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El día avanza y nosotras también. Somos mujeres de todas las edades, adultas, niñas, mujeres, adolescentes. Vamos todas mano a mano, pie con pie, cuerpo con cuerpo. Somos un colectivo sin cabeza, en donde todas formamos parte, en donde compartimos frustraciones, sentimientos y alegrías.
Después de casi dos horas llegamos a la Fiscalía General del Estado, el final del recorrido. El sol se pone en el horizonte, pero todavía nos deja algunos minutos de luz, e ilumina cálidamente las flores moradas de las jacarandas, mientras las paredes de la Fiscalía se van llenando de carteles, nuestros carteles, nuestros mensajes y dibujos, nuestras demandas.
Todos los sentimientos acumulados a lo largo del recorrido van saliendo a cuenta. Voy recapitulando, reviviendo los momentos, los estruendos de las piedras lanzadas a los paraderos del transporte, el desencuentro con las personas católicas afuera de la iglesia. Pienso en el agua de la fuente del zócalo saliendo con fuerza teñida de morado. Mis piernas aún no resienten los pasos dados, los saltos divertidos porque “la que no brinque es macho”. Quizá al rato llegue ese cansancio, quizá no.
Este es el momento en el que Andrea se siente más emocionada, donde siente el gran apoyo de todas, donde siente un cambio posible, casi casi palpable, y un deseo de alzar la voz todavía más fuerte. Es la segunda marcha a la que viene y la historia se repite: el final potente, lleno de sentimientos, es el momento más emotivo para ella. Sin embargo, en cuanto termine, caminará hasta su coche, siempre alerta, y se irá a su casa. Sabe que es privilegiada en muchos sentidos, pero incluso dentro del privilegio vive desigualdades y comentarios fuera de lugar. Marcha por ella y por las demás, por esas violencias que vivimos cada día.
Foto: Irene Basaldúa Macías
Esta lucha es más que una marcha, es un acto político. “Pasa por ti, por tu cuerpo, por tu pensamiento, por tu actitud, por las ganas de romper con las normas y construir normas distintas. O sea, el movimiento feminista es un movimiento de ruptura, sí, de ruptura para crear cosas distintas”. Sí, Catalina, tienes razón, somos un movimiento de ruptura creando cosas distintas. Seguiremos en las calles. Seguiremos gritando. Seguiremos buscando la transformación.
Empieza la despedida, que en realidad no se siente como despedida, sino como un mensaje esperanzador y de agradecimiento por el momento vivido. Nadie lo dice, pero ya sabemos la fecha del reencuentro. Nos vemos el año que viene.
* Estudiante de la Licenciatura en Comunicación de la Ibero Puebla