La educación ética y la teoría del barniz

Foto: Pavel Danilyuk | Pexels

Es una imagen que lleva siglos rondando por los arrabales de la filosofía moral y la biología
evolutiva. La metáfora es esta: la moralidad humana es un barniz. Es decir, es una capa fina,
aplicada tarde y con esfuerzo sobre una madera más antigua y menos noble, que sería –se supone–nuestra verdadera naturaleza: egoísta, violenta, cruel, orientada exclusivamente a la supervivencia y la reproducción. Según esta «teoría del barniz», si se araña un poco esa superficie de moralidad, aparece el animal que siempre ha sido el humano.
Alejandro Villamor. La teoría del barniz. Ethic. 18 de septiembre de 2026.

Llevo alrededor de veinte años trabajando el tema de la educación en valores, la ética profesional, la ética en la educación y en la investigación educativa. A lo largo de este tiempo he podido constatar que la teoría del barniz que describe y analiza Alejandro Villamor en este muy interesante artículo de Ethic del que tomo el epígrafe de hoy, no solo ronda por los arrabales de la filosofía moral y la biología evolutiva con señala el autor, sino que también se pasea de manera embozada por los currículos y las aulas de las escuelas y universidades.

Escribo que se pasea de manera embozada porque obviamente no está presente en los documentos institucionales ni en los propósitos o perfiles de egreso de los currículos formales que se registran y se muestran en la publicidad impresa o digital de los centros de formación de todos los niveles educativos. Tampoco se expresa abiertamente en los discursos de los directivos y los docentes, encargados de la formación sistemática de los futuros ciudadanos.

No vamos a encontrar esta teoría en las narrativas de los padres y madres de familia que dicen siempre educar a sus hijos e hijas con la convicción de que la mejor herencia que les pueden dejar son los valores sólidos que profesan y probablemente lo intentan hacer en los discursos moralizantes que les recetan de vez en vez.

Sin embargo, si analizamos lo que ocurre en el llamado currículo oculto, es decir, ese mundo de contenidos y aprendizajes que se producen en la convivencia escolar y universitaria cotidiana y que no están declarados ni son enseñados de manera intencional, pero tienen muchas veces mayor poder y arraigo en los educandos, o en las llamadas teorías implícitas de los docentes, sus creencias no conscientes sobre el estudiante, la enseñanza, el aprendizaje y el lugar la ética en la educación, seguramente encontraremos manifestaciones claras de la presencia de la teoría del barniz.

En el caso de las familias, basta echar un vistazo a la vida cotidiana, a las relaciones de poder entre papás, mamás, hijos e hijas; a las decisiones y acciones que se toman todos los días sobre lo que es permitido y lo que está prohibido, lo que se premia o se castiga; si miramos con cuidado lo que realmente ocurre en la dinámica familiar y el abismo existente entre lo que se dice y lo que se hace, podremos ver también ahí presente la teoría del barniz.

Como señala Adela Cortina en una conferencia titulada ¿Qué es y para qué sirve la ética? Que puede consultarse en este link de Youtube, en cuestiones morales -o éticas, aquí usaré el término como sinónimo desde su significado etimológico- los niños y jóvenes no aprenden de lo que se dice sino de lo que se hace y regularmente, lo que aprenden es que en la vida adulta una cosa es lo que se declara y otra muy distinta lo que se decide y actúa.

Los resultados están a la vista. En la sociedad que hoy vivimos resulta más que evidente que la teoría del barniz se puede verificar casi en cualquier campo del quehacer humano: en las distintas profesiones, en la economía, en la política, en la empresa, en los comportamientos cívicos y hasta en las artes y la cultura o incluso en las prácticas religiosas es posible constatar la concreción de la metáfora que señala que la moralidad humana es un barniz, una capa muy fina que se aplica por encima a la madera de la que estamos hechos los humanos compuesta por el egoísmo, la violencia, la crueldad y la búsqueda de supervivencia.

En cualquier escenario de convivencia social, desde el hogar hasta la calle, desde la empresa o el banco hasta la escuela o las sedes parlamentarias, comprobamos todos los días que, si se araña un poco este barniz moral con la crítica, con la evidencia incómoda, con la simple presencia de lo diferente, brota de inmediato el animal que siempre ha sido el humano, según dice esta teoría.

Si bien el hablar del barniz moral es una metáfora, existen teorizaciones filosóficas que avalan esta postura sobre la maldad intrínseca del ser humano, como el muy conocido planteamiento de Hobbes sintetizado en la frase de que el hombre es el lobo del hombre o las interpretaciones sobre el famoso libro El gen egoísta del biólogo británico Richard Dawkins. Existen algunos matices sobre estas posturas radicales que dan pie a la teoría del barniz moral. Adela Cortina en la conferencia citada habla de la teoría del altruismo genético de Hamilton, que afirma que el ser humano puede buscar el bien de otros, siempre y cuando esos otros sean sus familiares o sus cercanos. Ahí se encuentra el origen del nepotismo que consiste precisamente en otorgar puestos de alto nivel en la política o la empresa a familiares directos como dicen que ocurre en algunos países lejanos.

Existen también teorías de la reciprocidad que afirman que el ser humano es capaz de hacer el bien y ayudar a otros, siempre y cuando esos otros puedan retribuirle en algún momento ese bien recibido. Esto no tiene que ser inmediato y no necesariamente la retribución tiene que venir de la persona que directamente recibió el beneficio. Puede ser de alguno de sus familiares o amigos. Cortina plantea que aún estas teorías de la reciprocidad son insuficientes para garantizar un mundo humano, puesto que existen muchas personas en la sociedad -niños pequeños, personas enfermas, personas con discapacidades severas o muy pobres y excluidas- que no pueden retribuir el bien que necesitan recibir de los demás.

Ante eso ella propone la hipótesis de que los seres humanos no convivimos por la mera supervivencia o reproducción, tampoco nos mueve a hacer el bien solamente la ayuda a los nuestros ni el hecho de esperar una retribución de lo que aportamos a los demás. Ella plantea que los seres humanos en nuestra mejor versión somos capaces de reconocernos como personas con igual dignidad y cuando alguien queda fuera de lo humano, todos estamos perdiendo. Se trata de su propuesta de una ética de la razón cordial, es decir, del bien humano que nace de la razón pero también y sobre todo, del corazón humano.

Estamos muy lejos de esta ética que parte del reconocimiento del otro y que no es un simple barniz superficial sino un componente de la madera de la que estamos hechos. Pero para acercarnos a esta razón cordial que construya sociedades basadas en la justicia que parte del reconocimiento del otro como ser humano con igual dignidad, es indispensable una educación que deje de ver la formación ética como un barniz que se aplica al final de la formación en una asignatura de ética profesional o como relleno en una materia de formación cívica y ética, cuando todo el resto del currículo se orienta desde la visión del gen egoísta, de la competencia y la búsqueda del éxito individual. Ojalá seamos capaces como sociedad de construir una educación que parta de la idea de que “…la moralidad no es tan sencilla como una capa de pintura sobre una tabla”.

Juan Martín López Calva: Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es actualmente es profesor-investigador en la facultad de educación de la UPAEP.