Manolis Plionis*
Prólogo
Hace poco leí el artículo del paleontólogo Henry Gee en Scientific American (noviembre de 2021), titulado “Los humanos están condenados a extinguirse”, y me cuestioné si el colapso de la civilización actual es inevitable y, de ser así qué elementos son necesarios para calcular, aunque sea cualitativamente, la probabilidad de supervivencia del Homo sapiens, dado que todas las especies y géneros de seres vivos parecen seguir el ciclo de nacimiento, evolución y muerte.
Podríamos decir: ¿existe la posibilidad de que nuestra civilización colapse o incluso que nos extingamos como especie, cuando estamos conquistando a un ritmo vertiginoso conocimiento, terapias, tecnologías?
Precisamente en la época en que la ciencia y la tecnología parecen avanzar con una velocidad sin precedentes surge esta paradoja: cuanto más nos desarrollamos como civilización e, inevitablemente, intervenimos en la naturaleza, moldeando las condiciones ambientales de nuestro planeta, tanto más se atenúan las presiones evolutivas sobre el genoma humano, lo que puede conducir a una disminución de nuestra adaptabilidad a nuevas condiciones (ya sea que las configuremos conscientemente o no mediante nuestra actividad). Para ello podemos observar que la historia de otras especies del género Homo, así como de otras especies de la fauna y la flora, muestra que la insuficiente capacidad de adaptación aumenta la probabilidad de extinción, y lo mismo potencialmente rige para Homo sapiens.
Si además consideramos el cambio climático antropogénico en curso y la consiguiente desestabilización del clima, la superación de siete de los nueve límites planetarios, establecidos por el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK) como necesarios para mantener la vida tal como se configuró durante el Holoceno, la sexta extinción masiva de especies que provoca el ser humano con su actividad, el riesgo de guerra nuclear, el despilfarro y la previsible agotamiento de materias primas, así como el reciente y rápido deterioro de las relaciones geopolíticas internacionales con el auge de ideologías del odio (trayendo de nuevo al primer plano condiciones análogas a las de entreguerras del siglo XX), aunado a la evidente falta de un instinto colectivo de autoconservación, se perfila entonces un escenario sombrío para nuestra evolución, tanto como civilización que como especie. A diferencia de los millones de especies que desaparecieron en las cinco grandes extinciones masivas de la historia de la biosfera, y también en la actual sexta, Homo sapiens es probablemente la única especie con autoconciencia y capacidad de comprender los acontecimientos y sus consecuencias.
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Por supuesto, en la ecuación debemos también tener en cuenta la creciente negación obsesiva del conocimiento por parte de amplios sectores de la población, un fenómeno que conduce, quizás de manera inevitable, al resultado que muestra la película No Mires Arriba, no necesariamente por la caída de un asteroide, sino por innumerables otros desastres naturales o antropogénicos futuros o en curso.
¿Cómo podría escapar Homo sapiens de un futuro lúgubre, que quizá no esté tan lejano?
La historia del planeta enseña
La historia de nuestro planeta abunda en ejemplos de ramas enteras, familias, órdenes y especies que, aunque dominaron en alguna fase de la evolución de la vida en la Tierra, desaparecieron, dejando tras de sí el recuerdo de su existencia en los fósiles y, en ciertos casos, en el código genético de especies posteriores.
Se han identificado cinco grandes extinciones masivas de flora y fauna. La primera ocurrió durante el Ordovícico, hace unos 443 millones de años; la segunda durante el Devónico, hace unos 370 millones de años; la tercera, y mayor, al final del Pérmico, hace 252 millones de años, cuando desapareció más del 90% de las especies marinas; la cuarta al final del Triásico, hace 201 millones de años; y la quinta al final del Cretácico, hace 66 millones de años, con la catastrófica caída del asteroide en Yucatán que creó el enorme cráter de Chicxulub. En la Figura 1 se muestra la tasa de extinción (número de familias por millón de años) en función del tiempo geológico.
Tasa de extinción de familias en función del tiempo geológico. Se señalan los cinco grandes eventos y se indica para cada uno el porcentaje de especies, géneros y familias que se extinguieron. Fuente: OurWorldinData.org – H. Ritchie
Ejemplos característicos de organismos que se extinguieron en estos eventos son los trilobites (artrópodos marinos emparentados con los actuales cangrejos), que sobrevivieron durante casi 270 millones de años pero desaparecieron al final del Pérmico, probablemente por una combinación de actividad volcánica, inestabilidad climática y cambios en la oxigenación de los océanos. Del mismo modo, los ammonoideos, cefalópodos que vivieron 340 millones de años, se extinguieron en la extinción masiva del Cretácico junto con los dinosaurios no avianos.
Cada una de estas extinciones masivas eliminó las formas de vida dominantes hasta entonces. Es evidente, por tanto, que la biodiversidad de la Tierra no evoluciona linealmente, sino que los periodos de estabilidad y expansión se interrumpen por extinciones masivas que, a su vez, crean vacíos biológicos y favorecen el rápido desarrollo de nuevas líneas evolutivas.
Es importante señalar que estas extinciones masivas se debieron principalmente a fenómenos naturales extremos y raros, como erupciones volcánicas masivas, cambios en la química de la atmósfera y de los océanos, impactos de meteoritos o asteroides, pero también a fragilidades genéticas internas de los propios ecosistemas. Un ejemplo característico es la situación en la que se encontraban muchas especies de dinosaurios incluso antes del impacto catastrófico del asteroide al final del Cretácico. Estudios paleontológicos recientes muestran que varios grupos de dinosaurios, como los terópodos carnívoros y los ceratópsidos herbívoros, ya presentaban signos de diversidad decreciente unos 10 millones de años antes del impacto del asteroide en la región de Yucatán que creó el cráter de Chicxulub, aunque existen opiniones en contrario. Esta pérdida de diversidad en grupos importantes los hacía ya vulnerables a perturbaciones ambientales venideras, aunque el evento de Chicxulub probablemente los habría aniquilado incluso sin ese problema previo.
Hoy en día, tenemos evidencias sólidas de que atravesamos la Sexta Extinción Masiva de flora y fauna, pero a diferencia de las anteriores, el principal responsable no es un fenómeno natural raro y extremo, sino el propio Homo sapiens. Desde que salió con éxito de África hace unos 60 mil años, su impacto en el planeta ha sido decisivo. La caza intensiva condujo primero a la extinción de la megafauna, como mamuts, mastodontes, bisontes gigantes, etc. En total, más de 178 géneros de mamíferos desaparecieron entre hace 52.000 y 9.000 años, extinciones que coinciden temporalmente con la llegada de Homo sapiens a las distintas regiones del planeta (Figura 2).
El mapa muestra el tiempo de llegada de Homo sapiens y los eventos de extinción de la megafauna, que coinciden en todas las regiones y continentes. Por ejemplo, Homo sapiens llegó a Australia entre hace 65.000 y 44.000 años; entre 50.000 y 40.000 años atrás, el 82% de la megafauna ya se había extinguido. De modo similar en todas las demás áreas a las que migra Homo sapiens. Fuente: OurWorldinData.org – H. Ritchie
Además, el desarrollo gradual de la agricultura hace unos 10.000 años, la deforestación, la drástica reducción de hábitats prístinos, la contaminación, la sobrepesca, etc., llevaron a la desaparición de géneros enteros, conclusión a la que llegó un equipo del Centro de Dinámica Ecológica (ECONOVO) de la Fundación Nacional de Investigación de Dinamarca. Al mismo tiempo, la domesticación de animales y el monocultivo de un número limitado de especies de plantas redujeron drásticamente la diversidad genética dentro de las propias especies. El Índice Planeta Vivo (Living Planet Index) del WWF, que mide los cambios en la abundancia de poblaciones silvestres, muestra que desde 1970 hasta hoy las poblaciones de fauna silvestre (de las que se hace seguimiento, no de todas) han disminuido en promedio un 73% (WWF & Zoological Society of London, Living Planet Report 2024; Figura 3). Este informe no se refiere a la extinción de especies, sino a la disminución de poblaciones de especies existentes. En concreto, se monitorean 34.826 poblaciones de 5.495 especies de vertebrados, y la mayor pérdida (~85%) corresponde a la fauna de agua dulce. La distribución geográfica de las pérdidas señala las regiones donde la industrialización y la eliminación sistemática de hábitats para uso agrícola y ganadero han desempeñado un papel crucial, con América del Sur sufriendo la disminución más dramática, ~95%, de las poblaciones monitoreadas.
Índice Planeta Vivo global (1970–2020), basado en 34.836 poblaciones monitoreadas de 5.495 especies de vertebrados. La línea blanca representa el valor del índice y las zonas sombreadas muestran la incertidumbre estadística en torno a dicho valor. Fuente: Living Planet Report 2024 de WWF
El ritmo actual de extinción de especies se estima, según estudios recientes y el WWF, al menos entre 100 y 1000 veces superior al ritmo “de fondo”, es decir, el que habría sin la presión antropogénica sobre el medio ambiente.
La indiscutible reducción de la biodiversidad se acelera aún más hoy debido al cambio climático antropogénico, que ha adquirido ya el carácter de descomposición/clima en erosión. La degradación continua de los ecosistemas que regulan el clima, como los bosques, debido a la deforestación para usos agrícolas y ganaderos o al aumento de incendios, reduce drásticamente su capacidad de retener agua y estabilizar el clima. Paralelamente, la disminución de polinizadores, cruciales para la producción agrícola, se ve agravada por el cambio climático. La creciente escasez de agua potable y de riego, combinada con la pérdida de suelos fértiles, intensifica aún más la crisis. Con estos datos, el futuro de la humanidad no se vislumbra especialmente favorable.
Incluso dentro de nuestro propio género Homo, la trayectoria evolutiva muestra que especies con una diversidad genética reducida, con cuellos de botella poblacionales o limitada capacidad de adaptación, como Homo neanderthalensis y los denisovanos, se extinguieron hace decenas de miles de años, pese a la prolongada coexistencia y la introgresión genética con Homo sapiens, que es ya la única especie superviviente de un género anteriormente diverso.
La diversidad genética de Homo sapiens está de por sí limitada debido al “efecto fundador” (founder effect), ya que nuestra especie procede de una población relativamente pequeña que salió de África hace unos 60.000 años y se expandió gradualmente por el resto del planeta. Existen, por supuesto, indicios de intentos anteriores, y fallidos, de salida de África, muchas decenas de miles de años antes de la migración finalmente exitosa. Además, como única especie superviviente del género Homo, Homo sapiens carece ya de la dinámica evolutiva que potencialmente aportan los intercambios genéticos con especies afines como H. neanderthalensis y denisovanos.
En condiciones de estímulos evolutivos reducidos, sin cruces con otros linajes afines, con la “esterilización” del entorno antropogénico (medicina, fármacos, tecnología, etc.) y con la disminución continua de la biodiversidad global, debido a la influencia determinante del ser humano en el medio ambiente, como ya señalamos, es natural que el genoma humano vaya perdiendo gradualmente su dinamismo adaptativo. De forma ilustrativa, se ha hallado que incluso un grupo de chimpancés o gorilas puede mostrar mayor diversidad genética que toda la humanidad junta. Probablemente esto se deba tanto al efecto fundador inicial como a que la evolución por selección natural no sucede en aislamiento o en entornos “esterilizados”, sino que surge de complejas interacciones con otros organismos y con las condiciones ambientales. Cuando el ser humano elimina o se aleja de esas relaciones ecológicas, reduce a la vez la necesidad de adaptación biológica y se atenúa, al menos parcialmente, el proceso de selección natural.
No obstante, esto no significa que Homo sapiens haya dejado de evolucionar. Datos recientes muestran que sigue evolucionando genéticamente y adaptándose mediante selección natural a nuevas condiciones ambientales. La adaptabilidad de los tibetanos a altitudes extremas, el desarrollo paulatino de tolerancia a la lactosa en adultos de sociedades ganaderas, y las evidencias muy recientes del aumento de la agenesia de los terceros molares (cordales), observada en ~20–25% de la población mundial, son ejemplos de que la selección natural sigue actuando sobre el genoma humano. Sin embargo, estos cambios evolutivos son más bien locales y limitados, y no anulan el hecho de que las presiones biológicas tradicionales sobre nuestra especie han disminuido. Nuestra supervivencia y reproducción como especie están mucho más determinadas por factores sociales y culturales que operan en escalas temporales menores que la selección natural.
El problema de la supervivencia humana es, por tanto, doble: por un lado, la actividad humana, con el uso de combustibles fósiles, la contaminación, el agotamiento de materias primas, la reducción de la biodiversidad (véanse en la Figura 4 algunos datos característicos), tiene un impacto determinante en un planeta que experimenta trastornos ecológicos a velocidades sin precedentes; por eso la época actual se denomina ya Antropoceno.
Por otro lado, aunque Homo sapiens evoluciona tecnológicamente a un ritmo creciente, su ritmo de evolución genética no basta para responder a los nuevos desafíos ambientales ni para adaptarse a la rápida transformación ecológica y ambiental del planeta debida al cambio climático y a otras influencias determinantes de nuestra civilización sobre el entorno natural.
Sin embargo, el desfase temporal de la evolución biológica respecto de los cambios climáticos y ambientales exógenos no impidió la supervivencia del género Homo en el pasado. Durante cientos de miles de años, en condiciones de dramáticas alternancias climáticas, el género logró sobrevivir gracias a otro mecanismo: el desarrollo de la cultura. El uso del fuego, el desarrollo de herramientas, la confección de vestimenta, la agricultura y, más tarde, la urbanización, la ciencia y la tecnología son ejemplos de innovaciones culturales que ofrecieron ventajas decisivas de supervivencia al género Homo. Estudios recientes muestran que este éxito se debe a la dinámica de la evolución cultural, que proporciona mecanismos de adaptación a nuevas condiciones mucho más rápidos que los cambios genéticos mediante selección natural.
Llegamos, sin embargo, a un punto crítico: las alternancias climáticas históricas entre periodos glaciares e interglaciares (Figura 5) a las que el género Homo pudo adaptarse, aun con la pérdida de algunas especies como la extinción de H. neanderthalensis, se desarrollaban en escalas temporales de muchos miles de años.
Evolución de las anomalías de temperatura paleoclimática (diferencia respecto a la temperatura media actual de referencia) durante los últimos ~800.000 años a partir de los datos EPICA Dome C en la Antártida. Las extensas eras glaciares (50.000–70.000 años) se alternan con breves interglaciares (10.000–20.000 años). El cálculo se basa en el análisis de hielo antártico, principalmente en la razón isotópica estable ¹⁸O/¹⁶O respecto al valor de referencia, ya que dicha razón se relaciona con la temperatura: en condiciones más frías es menor, y a la inversa en condiciones más cálidas. Fuente: https://co2coalition.org/
Hoy, en cambio, vivimos una descomposición climática antropogénica que evoluciona con rapidez, con cambios radicales que se desarrollan en pocas décadas, no en milenios. El asunto es aún más apremiante si consideramos que la adaptación cultural, aunque mucho más veloz que la biológica, tiene sus propias limitaciones y su propia dinámica, determinada por competiciones individuales, colectivas, de clase, nacionales y supranacionales, y por complejas condiciones socio-psicológicas, que hacen extremadamente inciertos los tiempos de respuesta.
Esto plantea con crudeza la pregunta: ¿puede incluso la históricamente exitosa “receta” de la adaptación por evolución cultural salvar a la humanidad cuando los tiempos de respuesta de los cambios culturales y sociales necesarios resultan más lentos que el ritmo de la crisis climática y la degradación ambiental?
La respuesta exige un estudio interdisciplinario y el acoplamiento de modelos climáticos con modelos de dinámica social y de adaptabilidad, un enfoque que, hasta ahora, considero ausente de la práctica investigadora mundial. Sin embargo, las evoluciones son tan rápidas que no permiten el lujo de una futura y gradual búsqueda de respuestas.
Si seguimos con los mismos patrones productivos y de consumo, atrapados en rivalidades nacionalistas, raciales, religiosas y de clase, elevando la ganancia y la felicidad individual (en detrimento de la colectiva) a valores supremos, seguiremos siendo biológica y culturalmente vulnerables: con un genoma que pierde paulatinamente su elasticidad adaptativa; con un clima cada vez más impredecible y ecosistemas en colapso; con la ciencia cuestionada como referencia social válida y el conocimiento negado por grandes sectores de la población; y con una civilización que colapsará desde dentro, como señalan los historiadores que ocurrió con la mayoría de civilizaciones que han pasado por el planeta.
La ironía de la historia es que, a diferencia de todas las demás especies del género Homo que se perdieron, seremos los primeros en observar nuestra propia extinción con plena conciencia del hecho.
Del Homo sapiens al Homo stellaris
Una posible, y quizá necesaria, salida podría ser la colonización espacial, por futurista que suene. La competencia tecnológica actual entre las grandes potencias espaciales, principalmente Estados Unidos y la República Popular China, dirigida sobre todo a la explotación económica de recursos espaciales, en contravención de las exigencias del derecho espacial internacional, podría al menos aprovecharse como trampolín para la expansión de la humanidad por el Sistema Solar. La colonización de la Luna, de Marte o de los satélites de Júpiter y Saturno podría constituir un refugio ante un ecosistema en colapso y quizá el catalizador de una nueva fase en la evolución humana.
Sin embargo, los desafíos de la colonización interplanetaria son enormes: radiación cósmica, gravedad baja o nula, falta de oxígeno, temperaturas extremas, ausencia de ecosistemas viables y también aislamiento cultural, son factores que exigen contramedidas disruptivas. La supervivencia prolongada del ser humano en su forma actual en tales entornos extremos es dudosa. Además, el intento de colonización entraña otro riesgo grave: la degeneración genética. La historia de la evolución biológica muestra que la supervivencia a largo plazo y la capacidad adaptativa de una especie dependen en gran medida de su diversidad genética. Si las poblaciones que intenten asentarse en nuevos mundos son demasiado pequeñas, están expuestas al efecto fundador mencionado, es decir, a la pérdida de variantes genéticas raras y beneficiosas del acervo inicial y a la propagación de mutaciones perjudiciales presentes en algunos colonos hacia las siguientes generaciones. Esto puede conducir a una menor adaptabilidad y a una decadencia genética a largo plazo. Según estudios poblacionales, el tamaño mínimo viable para la salud genética y la adaptabilidad a largo plazo de una colonia asciende a varios miles de individuos (~40.000), dependiendo de las condiciones. Por tanto, las futuras misiones de colonización espacial deberán equilibrar la viabilidad técnica de transportar una población pequeña con la necesidad de que sea lo bastante grande para evitar la estrechez genética. El fracaso en asegurar este equilibrio crítico podría conducir a una decadencia genética a largo plazo, aumentando la vulnerabilidad a enfermedades y limitando la capacidad de adaptación al nuevo entorno. Por otra parte, han existido otros estudios para determinar el número mínimo de colonos y el modo de vida para sobrevivir en otro planeta, basados en comparar el tiempo necesario para realizar todas las actividades humanas imprescindibles para la supervivencia a largo plazo con el tiempo disponible de los colonos. Bajo varias condiciones, para la supervivencia funcional en Marte, el número mínimo de colonos se estimó en 100–200 personas. Sin embargo, este estudio no considera el problema crucial de la degeneración genética de una colonia tan pequeña ni el problema del aislamiento cultural y sus drásticas repercusiones psicológicas en una pequeña comunidad.
Desde luego, el desarrollo de tecnología de edición genética con bibliotecas de ADN podría salvaguardar la diversidad genética de las futuras generaciones de colonos, incluso en colonias espaciales inicialmente pequeñas, mientras que el aprovechamiento de la biología y la biotecnología sintéticas podría conducir a la transformación de Homo sapiens en un ser biotecnológico híbrido capaz de adaptarse a entornos extremos y a la renovación de la especie humana. Considero, no obstante, que el aislamiento cultural y sus efectos psicológicos en un número reducido de colonos puede ser el problema más serio e inmediato que afrontará una pequeña comunidad espacial, incluso si se han superado los límites biológicos de Homo sapiens y, por supuesto, antes de que siquiera se plantee la necesidad de intervenciones para superar la degeneración genética de las generaciones futuras. En consecuencia, para el éxito de cualquier empresa de colonización espacial, estimo necesaria la transferencia de un número suficiente de colonos (varios miles).
La transformación de Homo sapiens en un ser biotecnológico híbrido, con extensión de la cognición mediante inteligencia artificial, mejora de funciones corporales por nanotecnología, cierta desvinculación de la cadena alimentaria terrestre (p. ej., mediante fotosíntesis artificial) y ajustes en el genoma humano, podría señalar también la transición a una nueva fase evolutiva de Homo sapiens. Esta posibilidad conecta con cuestiones debatidas en el marco de una amplia exploración filosófica sobre el “posthumanismo” (transhumanismo), que aboga por el uso de la tecnología para mejorar radicalmente la condición humana y superar los límites naturales del ser humano. Sus defensores sostienen que aplicando tecnologías avanzadas como la ingeniería genética, la nanotecnología y la inteligencia artificial, la humanidad puede mejorar sus capacidades físicas y cognitivas, volviéndose una especie más avanzada y, por ende, más adaptable a nuevas condiciones.
Ahora bien, la Inteligencia Artificial (IA) es una herramienta ambivalente tanto para la expansión espacial del Homo sapiens como para la transición a la siguiente fase de la evolución humana. Por un lado, puede impulsar decisivamente el desarrollo de soluciones tecnológicas innovadoras en todo el espectro de preparación y ejecución de la colonización y, en general, de las actividades espaciales. También puede apoyar el control de ecosistemas cerrados y la gestión de recursos en entornos extremos, reforzar la prevención de fallos técnicos y el desarrollo de aplicaciones biotecnológicas que aumenten la resistencia física y las capacidades cognitivas del ser humano, actuando así como acelerador de nuestra trayectoria evolutiva. Pero, por otro lado, entraña el riesgo de convertirse en herramienta de control e imposición; su militarización, su uso para vigilancia masiva y control social o incluso la posibilidad de autonomía incontrolada constituyen amenazas existenciales comparables a la crisis climática o a las armas nucleares. Además, hay otros riesgos potenciales relativos a la interacción de sistemas de IA con el entorno extremo e impredecible del espacio y los peligros que esto conlleva para sus usuarios; por ejemplo: un posible fallo de la IA en decisiones críticas de navegación autónoma debido a interferencias de rayos cósmicos o micrometeoroides. Asimismo, el uso de IA en actividades espaciales carece de un marco normativo legalmente aceptado de manera internacional, pues faltan protocolos consensuados que garanticen su utilización segura y responsable. Sin límites legales estrictos y sin salvaguardas institucionales, la IA puede contribuir a nuestra autodestrucción en lugar de impulsar la transición a la siguiente fase evolutiva.
Es evidente, pues, que la colonización espacial es una empresa tecnológica, biológica, social y ética de múltiples niveles, con enormes dificultades, pero que probablemente constituye una vía obligada para la supervivencia del Homo sapiens.
No obstante, condición fundamental para aprovechar, o al menos explorar, estas posibilidades es preservar la civilización humana con sus capacidades tecnológicas y cognitivas, al menos durante el tiempo necesario para desarrollar las tecnologías pertinentes. Por desgracia, nuestro propio sistema socioeconómico es un obstáculo para la viabilidad humana y, en última instancia, de nuestra civilización. El sistema capitalista mundial, basado en el hiperconsumo, las desigualdades sociales, la rentabilidad descontrolada de una pequeña élite, los conflictos entre grandes potencias (que podrían tornarse nucleares) y el despilfarro de los recursos del planeta, empuja al planeta más allá de los “límites planetarios” y genera condiciones de autodestrucción y colapso ecológico. No es casualidad que el mayor físico del siglo XX, Albert Einstein, publicara en 1948 en la revista Monthly Review el artículo “Why Socialism?” donde, refiriéndose a los resultados del capitalismo, escribió:
“Estoy convencido de que solo hay un modo de eliminar estos graves males: mediante el establecimiento de una economía socialista, acompañada de un sistema educativo orientado a objetivos sociales”.
Hoy, lamentablemente, vivimos un increíble retorno a condiciones de entreguerras (el periodo entre las dos guerras mundiales del siglo XX), con las élites políticas y económicas mundiales conduciendo los acontecimientos por sendas de conflicto global sin consciencia de que está en juego la propia existencia de la humanidad. Proteger nuestra civilización de las decisiones mortíferas de la élite política y económica global, en paralelo con la protección de la biodiversidad y la mitigación del cambio climático, es una cuestión de supervivencia biológica de la especie humana y de su civilización, al menos hasta el próximo salto evolutivo.
Y aquí surge la cuestión más crítica: ¿Llegaremos a tiempo de revertir las consecuencias de nuestras propias y destructivas opciones “de desarrollo” antes de que sea demasiado tarde? ¿Acaso estas opciones se relacionan con una posible explicación de la Paradoja de Fermi, que plantea “¿Dónde están los demás?”; es decir, si el Universo está repleto de galaxias con miles de millones de sistemas estelares, algunos con condiciones similares a las de la Tierra, ¿por qué no hemos encontrado ninguna otra civilización? Una posible respuesta proviene de la hipótesis del Gran Filtro (Hanson, 1998), según la cual en la secuencia natural de hechos que conduce a la expansión de una civilización por el espacio, de la materia inorgánica a la orgánica, al desarrollo de formas de vida simples y luego complejas, a la aparición de vida inteligente, al desarrollo de civilización, ciencia y tecnología, y finalmente a la expansión espacial, existe un Gran Filtro que interrumpe dicha secuencia
Representación de la evolución temporal de civilizaciones (líneas verdes), desde el origen de la vida (extremo izquierdo), pasando por diversas fases de evolución y desarrollo civilizatorio (líneas verticales amarillas) hasta el decisivo Gran Filtro (línea vertical roja), más allá del cual ninguna civilización tecnológica logra atravesar la autodestrucción, salvo que logre invertir las condiciones que la conducen a la autodestrucción y transitar a la nueva fase evolutiva de colonización espacial. Fuente https://noesisproject.com/the-great-filter-graphic/
En mi opinión, es muy probable que este Gran Filtro se sitúe en el penúltimo paso de la secuencia, donde civilizaciones tecnológicamente avanzadas se autodestruyen antes de expandirse por el espacio. Se han propuesto, por supuesto, decenas de soluciones posibles e improbables a la Paradoja de Fermi, de las cuales, a mi juicio, la más plausible es la ya mencionada: la autodestrucción ecológica o tecnológica.
Si esta hipótesis es cierta, la humanidad podría encontrarse justo ante esa curva crítica. Si seguimos como hasta ahora, el final parece escrito y la humanidad se añadirá a la lista de civilizaciones que nacieron, evolucionaron y se extinguieron antes de conectarse con otras. Pero si logramos cambiar de forma radical, construyendo sociedades de solidaridad y cooperación y una economía que priorice el bienestar sostenible, entonces tal giro, radical pero necesario, puede, por un lado reducir el riesgo de colapso del ecosistema terrestre actual y, por otro lado conceder el tiempo necesario para que la humanidad complete la transición a una nueva plataforma evolutiva: la del Homo stellaris (el “hombre de las estrellas”), antes del agotamiento de los recursos de la Tierra y del previsible colapso climático y ambiental.
Epílogo
Si la humanidad continúa el consumo desenfrenado de los recursos del planeta, la destrucción del medio ambiente, la extracción y uso de combustibles fósiles y la competencia económica y militar implacable, permaneciendo cautiva de un sistema socioeconómico autodestructivo, entonces arriesgamos nuestra propia supervivencia y, con ella, la del que quizá sea el único (o uno de los pocos) portadores de conciencia de la existencia del propio Universo. Inspirémonos en el salto genético de nuestros antepasados, que evolucionaron de primates arborícolas a seres bípedos (una transición extraordinaria que les permitió expandirse por todo el planeta y desarrollar civilización), para crear las condiciones para el siguiente paso evolutivo: un ser humano futuro, el Homo stellaris, biotecnológicamente adaptado a las condiciones extremas del espacio, capaz de continuar el viaje por el Universo y quizás ser el primero en superar el “Gran Filtro”.
*Profesor, Departamento de Física, Universidad Aristóteles de Tesalónica (AUTH). Asesor de Ciencia y Tecnología de la Fundación Eugenides. Ex Presidente del Observatorio Nacional de Atenas
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