Lucy y los 40 mil adultos mayores desempleados en Quintana Roo

Foto y texto: Ricardo Hernández

Lucrecia hace memoria y recuerda sólo haber faltado dos veces al trabajo. Una en 2020, con el paso de “Cristobal”, y la otra hace unos días, con Beryl: los dos fenómenos hidrometeorológicos de mayor intensidad de los últimos 15 años en las costas del Caribe mexicano. 

Lucrecia Ramírez Arriaga dice nunca ausentarse, ni siquiera los domingos, días feriados o cumpleaños, porque es tal la competencia que, si lo hace, corre el riesgo de que al regresar encuentre a alguien más en su lugar. 

“A veces quiero descansar, pero lo que pasa es que, aquí, si no vengo unos días, cuando veo ya hay otra persona en la puerta”, dice Lucy, que sigue trabajando a costa de sus 74 años, en la informalidad y en un lugar que, a nivel personal, le carcome de pena.

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México no es un buen lugar para adultos mayores como ella. Según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en 2020, el 44% de los casi 10 millones de personas de 65 años o más en el país se encontraba en pobreza. Y a nivel local, Quintana Roo contabiliza casi 40 mil adultos mayores desempleados.

Lucy forma parte de quienes están apenas por encima de la línea de pobreza por ingresos, gracias a la Pensión Universal para Personas Adultas Mayores, un programa federal que deposita 6 mil pesos al bimestre a los mayores de 65 años; pero sigue trabajando porque no tiene pensión contributiva, porque nunca estuvo incluida en el régimen de cotización de la Seguridad Social. 

Ella trabaja porque a su esposo le amputaron el pie hace tres años y quedó desempleado. Trabaja aun ahora porque la industria turística, a la que le dedicó varios años de su vida como camarista, no le ofreció un plan de retiro, y ahora que dejó de serle útil, no la aceptan en ningún hotel; también porque los gobiernos locales que pasaron no dejaron políticas públicas o acciones para una vejez digna y activa. 

Y aquí está, abriendo y cerrando puertas de un OXXO, sobre la Avenida Bonampak, una de las vías más transitadas de Cancún, a cambio de unas monedas, de lunes a domingo, de 21:00 a 00:00 horas, cuidando que ninguna otra persona le gane el puesto.

Ricardo Hernández/ Lucy, que vive en la Donceles, una de las primeras colonias de Cancún, Quintana Roo.

Ricardo Hernández/ Trinidad Beristáin Ávila, esposo de Lucy.

El trabajo, como hecho social central de la humanidad, no ha sido siempre el mismo; ha mutado a lo largo del tiempo. Cada época tiene los suyos: en la antigüedad eran en realidad una serie de actividades para satisfacer necesidades primarias; en la premodernidad, los campesinos y la siembra que han alimentado a la humanidad; con el capitalismo industrial, el obrero y la fábrica que ha movido a todas las ciudades del mundo; con el neoliberalismo, los servicios que todos usamos a diario, explica en entrevista Diana Fuentes, filósofa y académica de la UNAM.

“Resulta que el trabajo industrial clásico del siglo XIX se ha modificado en relación ya al trabajo propio del siglo XX y ahora, digamos, al del XXI, en que se ensanchó lo que se conoce como el trabajo de servicios”, prosigue Fuentes.

Y el trabajo de servicios, prosigue, ha ido mutando, obedeciendo a los cambios tecnológicos. Si antes había una persona enviando telegramas, ahora hay diseñadores de interfaz de usuarios (diseño UI), por ejemplo. Y en ese proceso también han aparecido una amplia y variada gama de “trabajos de mierda”.

“Hay un autor que se llama David Graeber que escribió un libro que se llama Trabajos de mierda. Él hace una especie de taxonomía de ciertos trabajos del capitalismo contemporáneo, donde dice que hay trabajos que ya no están amarrados al ámbito rural de campo, pero tampoco al industrial clásico ni al de servicios tradicionales. Y algunos de esos es ese ejemplo del portero. A ver, él dice que, en realidad, un portero es un trabajo que no se requeriría en una sociedad organizada de otra manera. Y los llama trabajos de mierda porque quien los vive puede vivirlos como una pérdida absoluta del sentido de su vida”, explica Fuentes.

En aquel libro, Graeber los define como “aquellos que están compuestos por tareas que la propia persona encargada de llevarlas a cabo considera carentes de sentido, innecesarias o incluso perniciosas; trabajos que podrían desaparecer sin que nadie notara la más mínima diferencia; y, sobre todo, son esos que los propios trabajadores piensan que no deberían existir”.

Lucy sabe que nadie necesita que le abran o cierren la puerta, pero igual lo lleva haciendo desde 2019. “Buenas noches”. Y le abre la puerta al cliente. “Buenas noches”. Le repite a otro que sale. “Buenas noches, ¿necesita una bolsita para sus cosas?”. Y ahora sí le dan propina, que al final de la jornada sumarán unos 100 pesos, que necesita para sobrevivir. Lo peor es que se muere de pena a diario. Van casi cinco años de avergonzarse por estirar la mano.

 

Ricardo Hernández/ Trinidad Beristáin Ávila, esposo de Lucy, también acude todos los días al mismo OXXO para vender golosinas.

“Todavía me da pena, ¿eh? No es fácil. Me da pena que digan ‘ay, mira, antes trabajaba y tenía dinero y ahora no’. Aquí los mismos vecinos me ven, me ven. A veces me siento poca cosa. Y digo ‘ay, Dios mío’”, comenta Lucy.

Cancún es la ciudad más nueva de México, fundada desde cero y planificada para que tuviera vocación exclusivamente turística. En sus inicios (1970) y aún ahora requiere de una inmensa fuerza laboral como pocas en el país (más de 100 mil trabajadores), de obreros para construir los hoteles; y para operarlos camaristas, recepcionistas, porteros, meseros,mayordomo… pero eso sí, que no pasen de los 50 años. 

Cancún, como ciudad vampiro, vive de la energía que absorbe de miles de jóvenes y adultos jóvenes para mantener activa la industria del turismo, la más importante de América Latina.

Lucy es originaria del estado de México. Migró cuando joven y sola en 1972 para trabajar como camarista, pasó por el hotel Cancún Caribe, Camino Real y otro que ya no existe.

“En ese último sí la gocé porque me invitaba a que me quedara yo en la habitación de la habitación. Conocía a una amiga del trabajo y ella se dormía en una cama y yo en otra. Me peinaba; íbamos a una disco a escuchar la música, y luego regresábamos al hotel y de ahí dormíamos temprano. Al otro día tendía mi cama y me iba a tomar mi café a las siete de la mañana; me iba trabajar”, recuerda Lucy.

Pero en la industria del turismo siempre se tiene caducidad. Conforme fue envejeciendo fue más difícil mantenerse como camarista. Y llegó un momento, hacia los 60 años, que ya no pudo encontrar más trabajo en la hotelería en el Caribe mexicano.

Quintana Roo es el peor estado para envejecer, con el 50 por ciento de los adultos mayores en pobreza. Es la única entidad del país que empeoró en la Evaluación de la Política de Desarrollo Social, según el Coneval. La pobreza en este grupo poblacional  creció 5 por ciento de 2016 a 2020, a diferencia de todos las demás, cuyos índices  disminuyeron . También es de las entidades con mayor envejecimiento de la población. Si en 1990 había casi 16 mil mayores, en 2020 se contaron 130 mil, de los que el 30 por ciento buscaba trabajo.

Luis Enrique Hernández, director municipal de Empleo y Capacitación, reconoce que es difícil colocar a los de la tercera edad. El funcionario informa que la Dirección que ocupa tiene convenios con más de 600 empresas que ofrecen trabajos en hoteles, restaurantes, tiendas de autoservicio, entre otros giros, pero que casi todas ponen como límite de edad los 50 años.“Eso es discriminatorio. Incluso, es algo que podría denunciarse”, dice Hernández.

En efecto, Conapred considera que esto representa un acto discriminatorio al condicionar o negar el derecho al trabajo por cuestiones de edad, algo prohibido por la Constitución y la Ley Federal del Trabajo.

Donde se aceptan mayores de 65, puntualiza el director municipal, es en empresas que ofrecen servicio de limpieza o seguridad privada. Ninguna de las cuales le interesa a Lucy.

“¿Sabe qué? ¿sabe qué? A pesar de mi edad, así como me ven, me gusta mucho hacer trenzas de gajos. Son unas trenzas que vas agarrando así de a poquito. De esas que hacen en la playa. A mí hija la peinaba así. Van saliendo los gajitos así. De hecho, veo en el celular videos de eso. Hay aquí por (Bodega) Aurrera un lugar donde enseñan. Pero no sé dónde lo trabajaría, pero me gusta, me gusta. O podría anunciar en mi casa ‘yo hago trenzas’ Y ganar mi dinerito”, dice Lucy.

Ganas hay, pero no existe en Cancún ningún instituto, dirección u organismo que capacite a adultos mayores, que busque su empleabilidad o que promueva y emprenda acciones para su recreación y su envejecimiento activo. 

De las pocas iniciativas del Ayuntamiento de Cancún son los sonideros nocturnos en su explanada para que los mayores bailen sones, salsa y cha cha chá. Pero no se cuenta con políticas públicas específicas. Se buscó a la Dirección de Desarrollo Social para hablar del tema, pero se negaron a dar entrevista. 

Lo que sí hay es un albergue temporal para el adulto mayor, informó Karla de la Torre, coordinadora de Atención a los Adultos Mayores del DIF Cancún, donde actualmente se encuentran cerca de 60 personas.

“La casa opera 24/7 . La casa cuenta con cuatro turnos. En todos los turnos se brinda servicios de atención médica, psicológica, se les da alimentos, se les da ropita, hay actividades recreativas. Son adultos mayores que viven en situación de calle, maltrato, abandono, violencia”, detalla De la Torre.

Hay beneficiarios que rescataron porque en su seno familiar los maltrataban física y psicológicamente; hay a quienes llevaron al hospital y ahí los abandonaron; hay quienes vinieron desde otros estados para buscar a sus familias de las que dejaron de tener noticias y como no las encontraron, deambularon por las calles de donde fueron rescatados, ejemplifica la funcionaria. 

El DIF los alberga y si en tres meses no encuentran una red de apoyo que se haga cargo de ellos, les trasladan al albergue de Chetumal, capital de Quintana Roo, administrado por el DIF estatal, a pasar el resto de sus días.

 

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