Lado B
No hay, hasta el momento, suplementos alimenticios que ayuden contra el COVID
Una investigación ha encontrado que ciertos suplementos como la vitamina D podrían disminuir el riesgo de contagiarse de COVID-19. Sin embargo, es un trabajo del que no se pueden extraer conclusiones: ningún complemento aislado ha demostrado mejorar la inmunidad
Por Agencia SINC @
04 de mayo, 2021
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Jesús Méndez

Las ventas de suplementos alimenticios, que ya eran altas, se dispararon con la pandemia. En el Reino Unido, el mercado de las multivitaminas creció casi un 100 % en marzo del año pasado. En Estados Unidos, la demanda de suplementos de zinc fue un 400 % mayor la primera semana de aquel mes. Todo ello sin que ningún complemento aislado haya demostrado mejorar la inmunidad, salvo en casos de déficit particular.

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Ahora, un nuevo estudio con más de 300.000 voluntarios muestra que tomar multivitaminas, probióticos, pastillas de omega3 o suplementos de vitamina D se asocia con una reducción en aproximadamente el 10 % de infectarse con el nuevo coronavirus.

¿Hay motivos para deshacernos del escepticismo, para lanzarnos a las calles y suplementarnos? Por muchas razones, no. Como dicen los propios autores del trabajo: “El diseño de nuestro estudio no permite inferir causalidad”, se necesitan otro tipo de ensayos “antes de poder hacer cualquier tipo de recomendación”.

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Su trabajo, sin embargo, sí es una buena oportunidad para analizar qué tipo de estudios permiten sacar según qué conclusiones. Y para recordar lo que sí sabemos que puede mejorar la inmunidad.

El estudio

Investigadores del King´s College de Londres colaboraron para lanzar una app y estudiar los síntomas del COVID al comienzo de la pandemia. Entre los muchos datos recogidos de los voluntarios estaba si en algún momento daban positivo en un test de COVID, pero también si tomaban algún tipo de suplemento alimenticio (casi la mitad de ellos lo hacían).

Con esa información vieron que había una reducción del riesgo de ser positivo entre un 9 y un 14 % si se tomaban complementos como probióticos, ácidos omega 3, multivitaminas o vitamina D. Por el contrario, no vieron que el riesgo fuera menor con la vitamina C, el zinc o suplementos con extracto de ajo.

“Este tipo de estudios permiten formular hipótesis, pero no establecer conclusiones”, asegura Moisés Labrador, especialista en inmunología y alergología en el Hospital Vall d´Hebron de Barcelona. Se llaman estudios observacionales y, como apunta José Antonio Riancho, catedrático de medicina y jefe de sección de Medicina Interna en el Hospital de Valdecilla de Santander, en general “no permiten establecer que hay una relación causal: las personas que toman suplementos podrían no ser iguales ni comparables a aquellas que no las toman”.

En la jerga, esto se conoce como factores de confusión. Por ejemplo, las personas que consumen suplementos podrían estar más preocupadas por su salud, por lo que toman más precauciones para evitar infectarse e incluso, muy posiblemente, tienen hábitos más saludables. Además, podría haber un factor socioeconómico: quienes compran suplementos seguramente pertenezcan a una clase social más alta en general y, por diferentes razones, los contagios son más frecuentes entre las clases desfavorecidas. En palabras del estadístico Kevin McConway, “las diferencias en el riesgo de contagio podrían deberse, al menos en parte, a los suplementos. Pero también es posible que se deban completamente a otras cosas”.

“Cuando explico esto a mis estudiantes suelo poner un ejemplo tonto, pero creo que es útil”, apunta Riancho. “La mayor parte de los toreros son personas morenas. ¿Significa esto que el pelo moreno influye en ser torero? Evidentemente no. Lo que sucede es que el toreo es algo más típico de países latinos, donde hay menos personas rubias”.

Aunque la estadística puede usarse para corregir parte de estas variaciones, “el ajuste del estudio es muy parcial”, apunta Labrador, “y hay muchas más variables que no se pueden tener en cuenta”.

Hay más limitaciones en el trabajo, como el hecho de los datos sean a través de encuestas, que no se tengan en cuenta las dosis de los suplementos ni, en muchos casos, su composición. O que la asociación tenga lugar solo en mujeres, y no en hombres. “Los autores intentan formular hipótesis para explicarlo, pero no hay una base biológica clara, la verdad”, explica Riancho.

¿Cómo debería comprobarse, entonces? Idealmente, a través de un ensayo clínico lo suficientemente potente y bien diseñado —en realidad, a través de varios— que confirmara lo observado. En ese tipo de estudio se establecerían a priori y al azar dos grupos de voluntarios, lo que los haría más homogéneos. Su clase social, sus preocupaciones y hábitos se repartirían aleatoriamente. Entonces, a un grupo se le daría una dosis conocida de un suplemento y al otro un placebo. Nadie sabría lo que estaría tomando (tampoco quien les dé las pastillas), por lo que no alterarían sus comportamientos en base a ello. Al cabo de un tiempo, se analizarían los resultados.

Esto es lo que se ha hecho en muchas otras ocasiones, aunque no haya dado apenas tiempo con el COVID. Y, en general, ha llevado a decepciones. Un ejemplo de libro ha sido, precisamente, el de la vitamina D.

El boom de la vitamina D y un baño de realidad

La vitamina D tenía una fascinante y casi insuperable narrativa de presentación. Apenas se obtiene de la dieta, sino que se produce en la piel al contacto con el sol. Al alejarnos de la vida al aire libre y pasar más tiempo encerrados en interiores, era lógico pensar que sus niveles se iban a resentir.

Además, no se trata de una vitamina como tal, sino de una hormona con múltiples funciones más allá de su conocido papel sobre el calcio y la salud de los huesos, incluida una relación con la inmunidad. Los estudios de observación encontraron que valores más bajos de vitamina D se asociaban con todo tipo de males: desde el cáncer a la diabetes, pasando por la depresión, el riesgo de infecciones o incluso el de alzheimer. ¿Sería tan sencillo mejorar la salud global usando un simple suplemento?

No lo era. Las decenas y decenas de ensayos clínicos que se han realizado han fracasado en general. “Hay distintas hipótesis que podrían explicarlo”, comenta Riancho. Una de las que mejor encajaría y que cada vez está más extendida es que los valores bajos de vitamina D no actuarían como un factor causal claro, sino que se trataría de “un marcador de mala salud, un marcador de fragilidad”. De hecho, sus niveles disminuyen cuando tienen lugar enfermedades con una inflamación importante, pero no es la disminución la que provoca la enfermedad.

 

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*Foto de portada: stevepb | Pixabay 

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