Matrimonio igualitario: una mínima compensación del estado
Ya lo hemos dicho un millón de veces: los derechos no se ganan, ni se piden, se ejercen y tendrían que ser garantizados porque sí, porque nuestra existencia y nuestro amor y nuestros deseos para formar familia son válidos
Por Ámbar Barrera @astrobruja_
08 de noviembre, 2020
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Hace 11 años abandoné un grupo de activismo en pro de los derechos sexuales y la diversidad sexual. Fue después de que aprobaron la llamada Ley Bailleres, que en ese entonces le puso un candado al tema de la interrupción legal del embarazo (ILE).

Estábamos en el lobby del Congreso del estado, nos rodeaba gente «provida» y granaderos. Ese día la lucha fue por el aborto, por el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, y la perdimos, pero como decía Agnes Torres (que también estuvo ahí ese día): nuestra lucha era todos los días. Para mí, particularmente, se trataba de la lucha como parte del colectivo LGBTTTI.

Ese terrible día de 2009 terminé decepcionada profundamente. Le pregunté a uno de los activistas con más carrera: «¿Alguna vez se ganan las batallas? ¿No te sientes frustrado?». Y él me dijo, a grandes rasgos, algo que no esperaba escuchar: «Hemos perdido muchas veces. La mayoría de las veces. Y cada vez me siento muy frustrado. A lo largo de diez años en esto, el avance ha sido muy poco y muy lento, pero esos pequeños triunfos valen la pena», pero yo era joven… y claudiqué. 

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El golpe fue muy duro. Era naive y estaba llena de ilusiones que se me rompieron ese día.

Llegar a Erósfera (ese lugar donde convivían varias Asociaciones Civiles como Vida Plena, o personas que después formarían el Odesyr, entre otras y otros activistas) fue un parteaguas en mi vida. Yo sólo era una pueblerina que en 2005 vio un video musical de dos rusas que se besaban y supo que no era la única en el mundo que se sentía así, que era así.

Llegué a Erósfera porque nunca había ido a una marcha y no sólo quería asistir, quería formar parte de la organización. Después, quise ser parte de la lucha.

Soy bisexual, pero me vestí con la bandera arcoíris por mucho tiempo, por una —según yo y mis reflexiones de entonces— postura política.

En Erósfera conocí el feminismo, lo queer… tuve la dicha de convivir y platicar con la maravillosa Agnes Torres.

Desde que llegué a Erósfera e incluso después de salir de ahí con el corazón roto, emprendí pequeñas batallas y viví cosas que antes no había vivido: me gritaron en la calle por andar con el arcoiris en la ropa; me susurraron «qué lástima que seas lesbiana»; tuve que salir corriendo después de mentarle la madre a un hombre que dijo: «asquerosas lesbianas», por ir de la mano con mi pareja.

Luché y me visibilicé en la universidad aunque me llamaran promiscua, aunque un profesor me pidiera verme besando a otra chica.

Y escribí sobre eso en blogs, en redes… lo hablé y lo hablé. Lo defendí aunque mi mamá se puso triste al principio, aunque de pronto mi familia me dejó sola en eso.

Mi corazón se rompió ese día en el Congreso, y sí, odié a los políticos, a los conservadores, a la policía. Y me sentí profundamente triste y derrotada. Ese día.

Pero no se deja de vivir. Y si existes, también resistes.

Ya lo hemos dicho un millón de veces: los derechos no se ganan, ni se piden, se ejercen y tendrían que ser garantizados porque sí, porque nuestra existencia y nuestro amor y nuestros deseos para formar familia son válidos.

Lo que pasó este martes 3 de noviembre sanó parcialmente esa herida de hace 11 años, con todo y que fue en fast track (en fin, la hipocresía). Y lo que celebro, ya con la madurez que me ha conferido el tiempo y el existir-resistir, no es haber «ganado» sino haber sido al fin mínimamente compensada.

Así se salda una cuenta pendiente, pero quedan muchas, como el derecho a decidir, o como el derecho a la identidad sexual, que Agnes, quien también estuvo ese día hace 11 años, ya no podrá celebrar, porque la asesinaron precisamente por ser diferente.

Su caso aún sin justicia, jamás encontrará reparo. El Estado nos debe mucho. Y esto siempre será el mínimo, porque ya perdimos a muchas y muchos en el camino.

 

*Foto de portada: Leo Herrera

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Ámbar Barrera
Periodista, comunicóloga, fotógrafa, feminista y amante del arte.