¿El cine mexicano es malito?
Por Eric David Montero @
02 de julio, 2020
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Decir que el cine mexicano es mediocre, malito y falto de creatividad se ha vuelto un cliché que a lo largo de los años ha perseguido a la industria del séptimo arte en nuestro país, y tanto puede que tenga razón como no, pues a veces son los directores quienes han dejado mucho qué desear a la audiencia mexicana y en otras, la misma sociedad es quien repite el mismo enunciado  sin tener siquiera un acercamiento a las producciones cinematográficas más recientes.

Ya desde la Época de Oro había quien aseguraba que el cine mexicano estaba atrasado y falto de creatividad, por el simple hecho de producir películas de ambiente campirano. Este tema es tratado en un making off de Los 3 huastecos (1948), una cinta protagonizada por Pedro Infante bajo la dirección de Ismael Rodríguez, en la cual se aprovecharon los recursos que brindaba la tecnología de aquellos tiempos para que el actor interpretara tres papeles diferentes en una misma cinta y que los tres interactuaran.

 

Durante la época dorada, el tema de charros, chinas poblanas e historias provincianas gozó de gran popularidad entre la gente, así como sus actores. Sin embargo, ese cine también era denostado por las clases aristócratas del país, con todo y su música. Al grado de mencionar que la música ranchera y sus exponentes solo eran para las clases populares, las trabajadoras domésticas (mal llamadas “chachas”), y gente de poca educación. Por ejemplo: la llegada del Mariachi Vargas de Tecalitlán -agrupación de cabecera de cientos de películas-, al teatro Cabañas en la Guadalajara de los años 30, cosa impensable, ya que solo las orquestas filarmónicas y músicos de conservatorio tenían derecho a dar presentaciones en tan gran recinto. Un mariachi en ese escenario era faltar a la intelectualidad de la época. 

No obstante, las producciones del género ranchero y campirano dieron bastante identidad al cine nacional y al país mismo: Pueblerina (1949), Dos tipos de Cuidado (1952), Los 3 García (1947), Me he de comer esa tuna (1945), por nombrar algunos ejemplos, incluso hubo producciones que ganaron notoriedad en varios países. Desgraciadamente, este fue un recurso que agotaron hasta el cansancio, pues parecía que México solo estaba dotado de charros, mariachis y chinas poblanas, cosa que alejó al público de las salas, principalmente al joven. 

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Afortunadamente, hubo directores que poco a poco rompieron ese estigma. Y porque los tiempos ya lo requerían así, y el tema de la tan idealizada mexicanidad ya no funcionaba, llegó el cine de luchadores. Llegaron las historias urbanas y por supuesto las comedias que querían y necesitaban también de una propia identidad, más sincera y menos dramática. Sin embargo, no se ganaron  del todo al público, pues el cine mexicano seguía siendo cuestionado.  

Hace poco, Noticieros Televisa retransmitió una entrevista realizada en 1983 al actor y comediante Héctor Suárez, en ella habla precisamente del cine mexicano y menciona algo muy lógico: “el cine malo existe no solo en México, sino en todos los países”, e incluso recalca la necesidad de que el cine de ficheras tan duramente criticado, no sea borrado de la historia por ser un sinónimo de corrupción en el séptimo arte y la cultura durante la administración del ex presidente José López Portillo. Un periodo donde hubo estrellas que no eran actores, pero tenían ciertas relaciones políticas que aprovechaban para mantener su fama, y había una cantidad de nepotismo en la producción que derivaron en un cine de muy baja calidad. 

Cada época tiene sus historias que bien supieron explotar distintos directores, innovando cada uno en su tiempo la forma de contar historias en la pantalla aún en los géneros más explotados: Miguel Zacarías, Fernando de Fuentes, Humberto Gómez Landero, juan Bustillo Oro, Carlos Enrique Taboada, Felipe Cazals,  Vicente Leñero, Jorge Fons, Arturo Ripstein, Guillermo del Toro, Guillermo Arriaga, Alejandro González Iñárritu, por nombrar solo algunos. Aunque muchos no han llegado a ser nominados a un Oscar, han logrado la aceptación del público, tanto local como en el extranjero.

Entonces, ¿hay buen cine en México? Sí. ¿Cómo descubrirlo? Afortunadamente esa es una de las bondades que da el internet, donde gran número de cintas mexicanas ya están en línea, muchas en YouTube. Por nombrar algunos tenemos: El compadre Mendoza (1934), El lugar sin límites (1977), Canoa (1976), El esqueleto de la señora Morales (1960), etcétera, que bien supieron romper con los paradigmas de otras épocas. 

¿Hay mal cine mexicano? Sí, y lo descubriremos también dándonos un clavado; viendo una y otra, comparando contextos y visiones de cada uno de los directores.

Actualmente, el estigma del mal cine en el país parece estar más impregnado que nunca. Nacen nuevas comedias, con historias fáciles para el espectador: son aspiracionales, clasistas,  fascistas y con guiones horrendos. En ellas se puede ver que un profesor amenaza con una metralleta de gotcha a sus alumnos (No manches, Frida, 2016) o el alma de Pedro Infante regresa al mundo para redimirse por su pasado (Caído del cielo, 2019). Se manejan diálogos pobres, caras bonitas, y se observan historias de cuentos de hadas, aún más fantasiosas y más machistas que las del cine de oro, en donde uno de los comunes denominadores era que las hijas de los hacendados se enamoraban de los peones o visceversa. 

Empero, pese a las malas historias con marketing a todo lo que da y colocación en gran número de salas, siempre habrá cintas que salven al cine mexicano y lo pongan en alto, muy en alto. Porque retrata las distintas realidades del mexicano de manera honesta, cruda, y no presenta historias de una élite que vive dentro de una burbuja en donde ni los pobres, ni los morenos tiene cabida.

Foto de portada: Still de Canoa (1976) | Foto: criterioncollection | YouTube

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Eric David Montero