La paciencia de las plantas (o cómo apreciar la naturaleza en tiempos de cuarentena)

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Julio Sandoval

@jota_sand

El tiempo se ha alargado. El sol solo nos cae sobre la piel unos pocos momentos al día. Nuestro ecosistema es distinto, muchos permanecemos estáticos. Creo, al despertar, que esta vez sí podré salir a caminar. Pero no, «Quédate en casa», dice el subsecretario de salud, López Gatell.

Por mi ventana se asoma una hoja de helecho. Me acerco y veo un paisaje diferente, uno pequeño, uno que no se extiende por todo el cielo de la ciudad y que pocas veces es considerado como tal, pero que cautiva de la misma forma: el jardín de mi casa. Noto la ausencia de un delgado pino que vivía ahí y que hace un tiempo retiraron por ser muy largo. A pesar de esto, sus fuertes raíces aferradas a la tierra no permitieron que lo retiraran por completo, aún se puede observar una parte de su pequeño tronco.  

Quizá pasaron semanas para que volviera a observar más de cinco minutos el jardín.

Foto: Olga Valeria Hernández

A María, una estudiante de Antropología de 29 años, le pasaba lo mismo que a mí y a muchas personas: la falta de tiempo por el trabajo, las clases o alguna otra ocupación en el exterior la mantenía distanciada de sus plantas. Algunas estaban descuidadas, y su huerto –en el que sembraba vegetales– estaba lleno de ramas y hierbas silvestres.

Aún con tiempo disponible, un gran porcentaje de la población tiene una percepción limitada sobre las plantas, les son prácticamente invisible. La doctora en botánica Elisabeth Schussler y el biólogo y químico James H. Wandersee denominaron a este efecto plant blindness (ceguera vegetal).

En su estudio Prevenir la ceguera vegetal (Preventing Plant Blindness en su título original en inglés), publicado en 1998, señalan que algunas características de las plantas, como su inamovilidad o la discreción de los frutos de algunas especies, e inclusive el poco conocimiento sobre el mundo vegetal que se enseña en las aulas, ha generado que las personas prefieran fijar su atención en los animales o en otros objetos, provocando un mínimo interés por conocer la importancia de las plantas en la vida terrestre y por contemplar sus características estéticas, como su color o textura.

«Somos capaces de no prestar la más mínima atención a la botánica que nos rodea de manera incesante, incluso estando en la mitad de un bosque. Esa ceguera es también trasladable al mundo del arte», menciona el jardinero e investigador botánico Eduardo Barba, en una entrevista realizada por El País.

Barba ha pasado años observando las pinturas del Museo Nacional del Prado en España en las que aparecen plantas. Parte de este trabajo, en el que ha identificado casi 600 especies en mil 100 pinturas, está documentado en su libro El jardín del Prado. El autor señala que con su obra busca enfrentar la ceguera vegetal al exponer, a través de las pinturas, que la naturaleza, a pesar de que no la miremos, siempre ha estado presente, además de defender “la importancia de desarrollar una mirada atenta hacia el mundo que nos rodea”.

La contemplación del arte y de la naturaleza, despreocupada del tiempo y el espacio, asegura el investigador, se ha ido perdiendo a través del tiempo, y esto ha opacado los estímulos visuales y los beneficios físicos y emocionales que ofrecen.

Un ecosistema distinto

Varios estamos reunidos, integrados al lugar que solemos llamar ecosistema: nuestra casa. Pero algo nos hace sentir como extraños. Hoy la sensación de reclusión se esparce entre todos los seres vivos que habitamos este espacio: familiares, mascotas, plantas. ¿Alguna vez pasamos tanto tiempo juntos? La dinámica de convivencia es diferente; inédita, quizá.

Trabajamos, vemos una película, platicamos…  Hay quienes están acostumbrados a no salir, pero incluso ellos reconocen que el ambiente es distinto. Intentamos distraernos con un libro, con las palabras a través de una pantalla, y aún así nos desesperamos por momentos.

El jardín se ve más vacío que la última vez; algunas plantas ya no están. Pienso en la falta de agua, de luz, de sombra o de atención que las llevó a no sobrevivir; pienso en cómo, estoicamente, esperaban un poco de lluvia o de luz, o incluso una alteración en su ciclo natural que las hiciera resistir. 

Muchas siguen ahí, erguidas, verdes, dispuestas a continuar sus procesos; quizá en estos momentos sería conveniente preguntarles sobre su paciencia.

Foto: Marlene Martínez

La velocidad de las plantas

Para muchas especies la paciencia es una capacidad fundamental en su vida. La velocidad en el crecimiento de las plantas, dice Carlos Vázquez Yanes en su libro ¿Cómo viven las plantas?, depende del ambiente en el que se desarrollan y de las características de cada especie.

Algunos tipo de plantas, como los girasoles, pueden crecer rápido, pero tienen una vida breve, de apenas unos meses, ya que no tienen la capacidad para sobrevivir a las condiciones complicadas —como el frío o la escasez de agua—. Otras, como los árboles o los cactus, enfrentan la adversidad estacional entrando a la “dormancia”, un periodo de letargo en el que detienen su crecimiento y adaptan sus organismos para aprovechar los recursos existentes y resistir la época.

Algunos árboles permiten que sus hojas se sequen para disminuir su consumo de agua.  Y los cactus utilizan el agua almacenada en sus tejidos para sobrevivir las épocas secas. Cuando el ambiente vuelve a ser favorable, estas plantas pueden continuar con su crecimiento o simplemente reverdecer. Estas especies suelen crecer lento, pero su vida se puede alargar por años; en el caso de los árboles por cientos, incluso miles.

María tiene varios cactus entre las cerca de 50 plantas que tiene en su casa. En ellos encuentra el ejemplo perfecto para ilustrar la nostalgia que siente cuando los ve crecer o cuando no lo hace, pues también florecen por periodos cortísimos:

“Al ritmo que crecen tú también estás cambiando, son como un espejo de lo que está ocurriendo todo el tiempo. Muy pocas veces notamos cómo cambiamos, pero con las plantas es maravilloso, porque de repente un día un cactus está normal, verde, erguido, y al día siguiente tiene una flor gigante que le cubre la mitad. Entonces es un ciclo inmediato; de repente, no avisan que están floreando y es en el transcurso de horas en el que una flor vive y después se cierra para morir”.

La fugacidad de estos momentos nos exige una mayor contemplación hacia nuestro entorno. Puede que por la ceguera vegetal de la que somos cómplices ni siquiera nos enteremos de estos procesos. 

Foto: Marlene Martínez

En nuestra infancia era más sencillo notar y fascinarse por los cambios de una planta. En algún grado de educación básica es común que nos enseñen sobre el proceso en el que una semilla se convierte en una planta: la germinación. Nos pedían que pusiéramos un frijol cubierto por un algodón húmedo dentro de un frasco. 

Según recuerdo, cuando yo lo experimenté, durante los días siguientes no dejaba de ver el frasco, y cuando por fín el frijol se abría para dar paso a la raíz, la emoción era inmensa. En la escuela solíamos comparar el verdor o el tamaño de nuestras plantas. 

Incluso pensé en sugerir a mis padres dejar de comprar frijoles y cultivarlos por mi cuenta, pero como ya se mencionó, la educación referente al mundo vegetal es poca, y mis deseos emprendedores se perdieron entre clases de geografía y matemáticas. 

El momento de volver a la naturaleza

El jardín de mi casa es pequeño, de apenas unos metros cuadrados. Salí a mirarlo de cerca hace unos minutos. Hay varias macetas vacías que no recordaba; una de piedra con forma de elefante y otra más de cerámica con forma de rana. A su alrededor hay cochinillas, algunos caracoles, ramas, piedras. Observo el árbol de la abundancia, el alcatraz, la menta; siento la textura de la sábila y del durazno.

Al tocar el durazno recuerdo que en las noches, la luz de la luna se refleja en algunas de sus hojas y las hace parecer como unas cuchillas. Observo las diferentes formas de las piedras. Pienso en cómo llenar las macetas. Me siento en calma.

El neurólogo y escritor Oliver Sacks menciona en una de sus columnas que a veces los jardines y la naturaleza son más poderosos que los medicamentos. Señala los casos de algunos de sus amigos o pacientes que tenían padecimientos como el síndrome de Tourette o Parkinson, quienes al observar o estar cerca de un jardín se mostraban más tranquilos y motivados.

“Los efectos de las cualidades de la naturaleza en la salud no son espirituales y emocionales solamente, sino también físicos y neurológicos”, explica Sacks.

Múltiples estudios comprueban la idea del neurólogo, pues aseguran que pasar un determinado tiempo interactuando con la naturaleza reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes, y ayuda en el control del estrés y de la presión sanguínea.

Durante esta contingencia, muchas personas han cambiado la actitud que tenían respecto a la naturaleza. Dentro de sus actividades han incluido el riego o el cuidado de las plantas, o se han interesado por poner un huerto casero. Esto quizá responde a la añoranza por la naturaleza.

Foto: Marlene Martínez

Puedes leer: Huertos en casa: una opción para seguir en contacto con la naturaleza en esta cuarentena

“Quizás el fenómeno más importante es que nuestra manera de ver a la naturaleza está cambiando: las personas confinadas se están dando cuenta de cuánto extrañan la naturaleza”, señala el director de investigación del Museo Nacional de Historia Natural de París, Romain Julliard, en una entrevista para la Agence France-Presse (AFP).

Para María, el confinamiento representó la oportunidad de recuperar la cercanía que tenía con sus plantas. Desde el primer día les puso más atención y se dedicó de lleno a su huerto: lo limpió y aró; preparó la tierra con composta.

“De repente, durante el día me asomo a ver cómo va el huerto, aunque en realidad no haya sembrado todavía nada, pero es como querer ver qué es lo que está pasando. Me siento muy emocionada”.

En estos días, María ha vuelto a experimentar la creatividad que le surge cuando crea una sombra, con algún objeto de su casa o de su huerto, para una planta que la necesita; la imaginación que le produce observar las formas y figuras de su suculenta; la sensación de autosuficiencia cuando piensa en que puede cultivar parte de sus alimentos; y la tranquilidad y alegría que le genera ver a las abejas rodeando su lavanda.

***

Hace unas semanas compré una planta. Pensé en que podría ser un buen símbolo para tiempo que pasaremos en casa. Las plantas y los árboles presentes en nuestros hogares pueden ser una extensión de la paciencia que necesitamos en estos momentos.

El confinamiento nos exige y nos exigirá replantearnos como personas y como sociedad. Estaremos en dormancia por un tiempo, racionaremos nuestros recursos materiales y emocionales. 

Cuando tengamos un respiro de todo esto, independientemente de si lo hacemos rápida o lentamente, podremos decir que seguiremos creciendo a la velocidad de las plantas. 

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Ver comentarios (1)

  • ¡Hola Julio! Hace unos días leía el artículo publicado en El País que habla de nuestra ceguera vegetal y luego investigando más sobre el tema he encontrado tu artículo. Creo que especialmente ahora, con lo que nos está tocando vivir, es un buen momento para volver a fijarnos en las plantas. Todavía nos queda mucho que aprender de las plantas y sobre las plantas. ¡Muchas gracias por compartir tus reflexiones!