Mtra. Leticia López Posada
[dropcap]F[/dropcap]recuentemente leemos o escuchamos acerca de la alarmante epidemia de obesidad y diabetes en niños y adultos que hay en nuestro país; el gobierno y los especialistas en el área diseñamos e implementamos acciones para combatirla a nivel global y también desde las escuelas, los centros de salud y las familias. Sin embargo, las estrategias de mercadotecnia de los monopolios de productos de la industria de alimentos avanzan a pasos agigantados y van ganando la batalla.
Hace apenas unos 200 años el azúcar refinado no se incluía en la dieta del ser humano, pero el avance tecnológico y la revolución industrial de los alimentos la puso sobre la mesa de las familias y llegó para quedarse. Su consumo y el placer por ingerir alimentos dulces ha ido en aumento de tal forma que en la actualidad una gran proporción de la dieta, en especial la de los niños, se compone de azúcar, que además de darnos muchas calorías y otorgar un buen sabor a los alimentos, no proporciona ningún elemento de valor para nuestro organismo (a esto se le conoce como calorías vacías). Al contrario, su consumo excesivo, aunado a factores como la falta de actividad física, la ausencia de un descanso reparador, la falta de estructura en la ingestión de alimentos y el estrés, producen acumulación de grasa principalmente en el abdomen y aumento de los niveles de glucosa en la sangre.
Si echamos un vistazo a una lonchera escolar común podemos encontrar un gran número de alimentos y bebidas ricos en azúcares: jugo, leche saborizada, galletas, yogurt bebible, cereales, golosinas, frituras, jarabes, jaleas, cremas untables, etc. El simple consumo de uno de éstos puede llegar a exceder las recomendaciones de la OMS al respecto de este producto para personas sanas, que no debe ser más del 10% del total de kilocalorías que debemos consumir en el día a día.
La mayoría de los alimentos industrializados contienen azúcar en exceso, especialmente las bebidas, y aunque se ha ido avanzando con respecto al uso de otros edulcorantes que no nos otorgan calorías, se sigue promoviendo la preferencia por productos cada vez más dulces, disminuyendo el consumo del líquido vital y perpetuando hábitos de vida que son poco saludables.
Es muy frecuente que al preguntar a las personas si consumen o no azúcar la respuesta sea “no”; y no es porque no lo hagan; simple y sencillamente que en nuestra mente solo registramos las cucharadas de azúcar que agregamos a nuestro café, té, leche o agua; pero la mayor parte de gente ignora que en muchos productos de consumo diario el azúcar es parte importante de los ingredientes ocultos, por lo que no tenemos ni siquiera idea de cuánto ingerimos diariamente a través de alimentos sólidos y líquidos.
Cuando el consumo de este ingrediente ha excedido de manera crónica la cantidad que puede ser procesada y utilizada por nuestro cuerpo no hay vuelta atrás, la primera y más clara indicación médica es dejar el azúcar y evitarla a toda costa. Si mantuviéramos su consumo e hiciéramos caso omiso a la orden, estaríamos atentando contra nuestra propia vida, llevando a nuestro cuerpo a un estado de enfermedad en el que predominarían la obesidad mórbida, las enfermedades cardiovasculares, el Síndrome Metabólico, la ateroesclerosis, diversos tipos de cáncer (incluido el de mama) y la Diabetes Mellitus 2 junto con todas sus complicaciones.
En la actualidad existe una tendencia creciente por regresar a la alimentación básica y a lo más natural, y aunque la industria alimentaria estará alerta y jugará su propio juego, en los hogares debemos promover el consumo de alimentos frescos, poco o nada procesados y de origen local para disminuir el mercado de los procesados, globalizados y muy azucarados. Estas estrategias impactarán positivamente en nuestra salud a largo plazo y ayudarán a restaurar conductas y hábitos alimentarios más saludables a nivel poblacional.
[quote_box_right]La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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Queda mucho por hacer al respecto, pero cada trabajador de la salud, cada profesor y cada padre de familia debe poner atención en los alimentos y bebidas que hay en la escuela y que llevan a la mesa de sus hogares, y debe tratar de ahuyentar a toda costa a este enemigo que pone en riesgo crónica y silenciosamente nuestra propia vida.