Lado B
La máquina fantasma de David Markson
Si pensamos en escritores de la generación de Phillip Roth, diríamos que David Markson es un autor poco conocido; gran amigo de Dylan Thomas y Jack Kerouac; obsesionado por la obra de Malcolm Lowry, de quien escribió una tesis sobre su libro Bajo el volcán.
Por José Luis Prado @pepepradog
08 de febrero, 2016
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José Luis Prado

@pepepradog

[dropcap]S[/dropcap]i pensamos en escritores de la generación de Phillip Roth, diríamos que David Markson es un autor poco conocido; gran amigo de Dylan Thomas y Jack Kerouac; obsesionado por la obra de Malcolm Lowry, de quien escribió una tesis sobre su libro Bajo el volcán.

Su texto La soledad del lector (La bestia equilátera, 2013) nos aproxima a una escritura no lineal, discontinua, a modo de collage, en palabras del propio Markson: Un assamblage. El narrador norteamericano me hace pensar en aquello que planteaba Macedonio Fernández: “Los lectores salteados son, lo mismo, lectores completos. Deben leer corrido si son cautos y desean continuarse como lectores salteados.” Y es que lo que vamos encontrando, conforme avanzamos las páginas, son una suerte de citas eruditas y el asomo de personajes, una trama que parece no existir, ya que David Markson trabaja con una estructura fragmentaria que se piensa el protagonista de esta historia:

Hemingway: Llamo sólo para decirle que me dieron esa cosa.
General Buck Lanham: ¿Esa cosa? ¿Qué cosa?
Hemingway: Esa cosa sueca, ¿vio?
Esa cosa sueca. El Premio Nobel al Culo de Caballo.

El libro es una suerte de conversación creada por la distancia que toma el narrador, la cual nos permite ver el movimiento del protagonista a la vez que vamos leyendo las notas que ha escrito a lo largo de su vida. La estructura es, de cierto modo, todo aquello que rodea el acto de leer, el modo en que se cruzan las ideas, las asociaciones que vamos creando mientras nos acercamos a un texto. Markson es un escritor claramente contemporáneo, al leerlo nos recuerda la acción de brincar por los links de internet.

Tenemos en este assamblage a una mujer que se mueve por unas lápidas, un lector y el protagonista. La historia narrada por vestigios que cruza la mirada de ambos, va contando la obsesión que tiene este último por la muerte de ciertos autores “Lorca fue asesinado por fascistas a comienzos de la Guerra Civil Española. Su cuerpo fue arrojado en una tumba sin nombre y nunca lo encontraron”. Conocemos por el protagonista las citas de algunos de sus libros, episodios que nos acercan al momento de la muerte de escritores, a sus tumbas; parece estar escrito desde una máquina fantasma.
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El libro es un diálogo que inevitablemente existe entre lector y protagonista. Sabemos que está enfermo de cáncer, que es un amante de los discos de vinilo y que trabaja con el recuerdo, el polvo de las citas que han marcado su vida, pero también tenemos muchas dudas sembradas, ¿Quién es él?, ¿quién la mujer que visita las lápidas?, ¿tiene hijos?

Por otro lado, si pensamos en el lector, entonces, la complicidad con la lectura que éste hace sería una regla que va unida al acto de leer. Pero ¿y si el libro no tiene un destino claro hacia donde llevarnos, salvo la existencia casi irrenunciable del camino de una lectura ajena? ¿Qué es la lectura en todo caso? ¿La lectura de la literatura? Al parecer, se trata de un juego infinito de espejos donde ambos se miran y la historia se multiplica por la cantidad de citas que lo habitan.

Hay que decir que el libro se lee de manera amena, es casi imposible detenerse, ya que cada una de las citas que va intercalando nos introduce al tiempo y espacio de este collage narrativo plagado de detalles y anécdotas literarias.

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Autor Lado B
José Luis Prado
José Luis Prado ha sido becario del Fondo estatal para la cultura y las artes de Puebla en las emisiones 2011 y 2013 en la disciplina de cuento; publica en revistas nacionales e internacionales. Actualmente imparte talleres de cuento en la Escuela de Escritura y en los talleres artísticos de la BUAP.
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