Un universo propio. Vivir el cosmos más allá de la ciencia
El universo, lo que por su ordenada armoniosidad se ha venido a denominar cosmos (del griego kósmos, que significa orden), no nos es tan ajeno como pensamos
Por Lado B @ladobemx
24 de agosto, 2015
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Foto: Esteban G. R. Luna.

Esteban G. R. Luna | Frontera D

@fronterad

«Somos polvo de estrellas…”. Sería difícil encontrar otra frase, como esta de Carl Sagan, que definiese de manera tan poética una verdad cosmológica: la vida y, sobre todo, la muerte de una estrella están intrínsecamente ligadas a la naturaleza de cada uno de nosotros y del mundo que nos rodea.

Una estrella es, en esencia, una fábrica hirviente de átomos de los elementos químicos que conforman los alimentos que ingerimos, el aire que respiramos o el suelo que pisamos; en su interior se lleva a cabo un proceso constante y progresivo en el que los núcleos atómicos de unos elementos químicos se fusionan para crear otros distintos. En determinados momentos, el material combustible se agota y se interrumpe la fusión nuclear haciendo que la estrella colapse hacia su interior, que se calienta tanto (¡a millones de grados!) que empiezan a fusionarse los nuevos elementos. Del hidrógeno y el helio se pasa al carbono, y de este y el helio, al oxígeno, y así sucesivamente, formando elementos cada vez más pesados hasta que le llega el turno al hierro, que tiene la pega de que no se puede fusionar.

Por muy grande que sea, cuando una estrella genera, en su proceso interno de combustión y fusión nuclear, el elemento hierro, todo se habrá acabado para ella. Y de la manera más dramática. Para entonces, ya no habrá nada que pueda oponerse a la fuerza de la gravedad y se hundirá en sí misma, más y más, hasta que los átomos queden comprimidos entre sí. Cuando ya no pueden juntarse más y, como dice la canción de Psicotropia, caiga del reloj la última voluta de delicada sal titánica, el colapso termina: se produce una colosal explosión a la que llamamos supernova. En ese último suspiro, en las inimaginables condiciones de presión y temperatura previas a su desintegración, la supernova tiene tanta energía que es capaz de formar los pocos elementos que conocemos más pesados que el hierro, como el plomo o los metales preciosos

Y los reparte, generosa, disparando al espacio todos los ingredientes que la estrella había generado mientras estuvo viva.

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[quote_right]El universo, lo que por su ordenada armoniosidad se ha venido a denominar cosmos (del griego kósmos, que significa orden), no nos es tan ajeno como pensamos.[/quote_right]

El universo, lo que por su ordenada armoniosidad se ha venido a denominar cosmos (del griego kósmos, que significa orden), no nos es tan ajeno como pensamos.

Es cierto que cuando la humanidad se ha puesto a estudiar ese fenomenal infinito de materia y energía, de espacio y de tiempo, la astronomía o la cosmología apenas desvelan la existencia de formidables seres zodiacales devoradores de estrellas lejanas, de agujeros negros en las profundidades del espacio, de hechos que han ocurrido hace miles de millones de años y cuerpos celestes que se encuentran a una distancia inimaginable de nosotros. Cosas, ya lo decía George Lucas allá por los años 70, que ocurrieron hace mucho tiempo en una galaxia muy muy lejana.

Pero no es menos cierto que nosotros no vivimos separados del universo, sino en su interior; la Tierra sólo es una brillante bola de cristal más desde la que mirar al cielo entre las incontables que nos rodean. A la fuerza, razona el escritor y astrónomo alemánFlorian Freistetter, la astronomía tiene que influir en nuestra vida cotidiana, y su libroUn cometa en la coctelera, publicado hace poco en castellano, es una aplastante demostración de ese simple hecho: estamos atravesados por el cosmos de parte a parte. Que, por ejemplo, la noche suceda al día es algo tan corriente, tan ordinario si se quiere, que casi nunca nos paramos a pensar que eso ha sido un enigma que la humanidad no ha sabido explicar hasta hace relativamente poco tiempo; la Tierra no está quieta, sino que gira como una peonza, alrededor de su propio eje, desplazándose por el universo. Los ejemplos se suceden a lo largo de la obra del astrónomo: el funcionamiento de los satélites a los que se conecta el GPS de nuestro coche sirve para que entendamos que vivimos, la conozcamos o no, según la teoría de la relatividad de Einstein; el comportamiento de las abejas, que son capaces de ver la polarización de la luz, nos invita a descubrir el espectro electromagnético que emiten los cuerpos celestes, desde las ondas de radio, pasando por la luz visible del arcoíris, hasta los rayos gamma

La astronomía y la cosmología, como la religión, el arte o la filosofía, son muy buenas precisamente para ofrecernos un poco de sosiego espiritual, para brindarnos unos modelos que expliquen de alguna manera este sistema en el que estamos inmersos casi sin darnos cuenta. A los cosmólogos se les ocurre, por ejemplo, que para que las noches sucedan a los días ahora tuvieron que suceder muchas cosas antes. Dejemos a Freistetter que lo explique: tal vez una estrella pasase rozando o explotase en la proximidad de la gigantesca nube de gas y polvo que hoy constituye nuestro Sistema Solar y puede que la materia de aquella nube dejase de estar uniformemente repartida y en algunas regiones se acumulase más polvo y gas que en otras. Lo más probable es que esos cúmulos comenzasen a atraer los de las zonas circundantes y que esos conglomerados chocaran ferozmente entre sí para seguir creciendo y formar, algunos eones después, los planetas, que giraban con mayor rapidez alrededor de su eje cuanto más densos y compactos se volvían. Sin duda, es una trepidante historia que sirve perfectamente para explicar que la Tierra gira y que hoy nuestra sombra, compañera inseparable, sigue moviéndose y cambiando de tamaño a lo largo del día. Pero el ser humano lleva siglos imaginando historias trepidantes, más o menos creíbles, más o menos demostrables, para intentar explicar los acontecimientos que ocurren más allá del horizonte. Sólo más tarde algunas se verán encumbradas al trono de la verdad y otras sólo servirán para recordarnos lo equivocados que estábamos. Complejas cuestiones que obsesionaban a nuestros antepasados son hoy un lugar común.

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Foto: Esteban G. R. Luna.

Y si la historia sobre el día, la noche y sus sombras puede parecer interesante, qué decir de la que explica por qué hoy existen las estaciones, y en invierno podemos ir a la nieve y en verano a bañarnos en la playa: hace 4.500 millones de años, la Tierra, aún relativamente joven, chocó con otro planeta que era aproximadamente tan grande como Marte y que quedó totalmente destruido a causa del percance. (…) Los escombros resultantes salieron despedidos al espacio y acabaron formando un nuevo cuerpo celeste: la Luna. El escritor alemán aclara que, entre todas las hipótesis posibles sobre el origen de nuestro misterioso satélite, “únicamente la teoría de la colisión resulta más o menos plausible”. Pero al final, la Luna es la que mantiene estable la inclinación del eje de rotación terrestre respecto al Sol, así que si no se hubiera producido aquel acontecimiento, cualquiera que fuese, hoy en día no estaríamos hablando de que las estaciones se suceden con regularidad.

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Los científicos sienten especial predilección, sin embargo, por la historia del universo desde su nacimiento, hace unos cuantos miles de millones de años, con el Big Bang (o el Gran Estadillo). Al igual que los filósofos, los cosmólogos se afanan en responder a la pregunta: ¿de dónde venimos? Nosotros, ahora ya lo sabemos, venimos de las estrellas, pero ¿y ellas? “Se sigue sin saber qué sucedió exactamente en aquel momento inicial del Big Bang”, debe reconocer Freistetter, “aunque los científicos tienen algunas ideas bastante interesantes de cómo sería aquel primer instante en la vida de nuestro universo”. Han elaborado un par de hipótesis, otras historias trepidantes, de por qué se produjo y qué acaeció previamente, que son difícilmente demostrables y sólo comprensibles desde un plano matemático. “Hoy todavía sabemos demasiado poco para poder determinar si esas ideas son correctas o no”. Lo que sí que se sospecha con bastante certeza es lo que ocurrió poco después y cómo ha evolucionado desde entonces.

Para comenzar ese viaje habría que remontarse al primer cuarto del siglo XX, cuando el astrónomo estadounidense Edwin Hubble hizo un descubrimiento revolucionario. Observó que, contemplados a una escala muy grande, del orden de galaxias, todos los objetos en el universo tienden a separarse, y lo hacen con mayor rapidez cuanto más alejados están unos de otros. El universo, sugería Hubble, está en expansión y esa expansión es cada vez más rápida, si bien, en las distancias cortas, como dentro de nuestra galaxia, la fuerza de gravedad de los cuerpos celestes aún es suficientemente fuerte como para contrarrestarla y mantenerlos unidos. Esto, que chocó con la creencia generalizada en esa época de que el universo era estático (incluso Einstein lo creía), tiene unas implicaciones como mínimo fantásticas.

La primera es que, en el hipotético caso de que el ser humano sobreviva en la Tierra como especie el tiempo suficiente, y eso es mucho hipotetizar, cuenta el cosmólogo Lawrence M. Krauss en su fantástico libro Un universo de la nada, llegará el momento en el que la Vía Láctea y las galaxias de su entorno próximo se separarán del resto más deprisa que la velocidad de la luz. Esto supone que dejarán de ser visibles desde los telescopios terrestres; la luz que emitirán, ese amplio espectro electromagnético que comentaba Freistetter, no podrá contrarrestar la velocidad de expansión del espacio y nunca nos alcanzará. Esas galaxias desaparecerán de nuestro cielo nocturno y, en su lugar, desde la Tierra no se podrá ver nada más que negrura, vacío. Se me ocurre que entonces (en unos dos billones de años más o menos) sí que nos sentiremos solos en el universo, sumidos en una noche eterna, sin luces que nos iluminen. Lo curioso es que esta idea choca con la teoría de la relatividad de Einstein, que dice que nada puede viajar por el espacio más deprisa que la velocidad de la luz, nos recuerda Krauss, pero nos abre los ojos a otra posibilidad: “[la relatividad] no dice nada del propio espacio, que puede hacer lo que le venga en gana. Y cuando el espacio se expande, puede trasladar objetos que están en relativo reposo en el espacio donde se encuentran, alejándolos unos de otros a velocidades superlumínicas”. Lo que viene a decir Krauss es que el espacio literalmente crece de manera masiva entre los objetos celestes.

Viajando por el tiempo en sentido inverso, hacia el pasado, que el cosmos se expanda también significa que antes los objetos estaban todos más cerca unos de otros. Y cuanto más retrocedemos en el tiempo, la cercanía tenía que ser mucho mayor. En algún momento remoto del pasado, estimado hace unos 13.720 millones de años, todos los objetos celestes estaban concentrados en un punto. Por tanto, en vista de lo que se sabe hasta ahora, el universo ha de tener a la fuerza un origen y se expande aceleradamente desde entonces.

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Lado B
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