Lado B
Neoanglicismos y niponas pop
Mucho antes de que se popularizara el neoanglicismo yo le decía simplemente autofoto. Lo hacía, además, con cámaras análogas: sí, las que utilizan rollo de película y no ofrecen visualización previa. Si lograbas enfocar y encuadrar apropiadamente, ¡muy bien!, y si no, habías desperdiciado una –o más- de las 24 o 36 posibilidades que te ofrece el rollo. Otra diferencia: mis selfies a la mexicana y del siglo XX eran practicadas durante viajes y fiestas, nunca en museos o galerías ni mientras me enchinaba las pestañas antes de ir a la escuela.
Por Alonso Pérez Fragua @fraguando
03 de febrero, 2015
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Alonso Pérez Fragua

@fraguando

#LaEternaIncomprendida #YayoiKusama #ArteContemporáneo

[dropcap]M[/dropcap]ucho antes de que se popularizara el neoanglicismo yo le decía simplemente autofoto. Lo hacía, además, con cámaras análogas: sí, las que utilizan rollo de película y no ofrecen visualización previa. Si lograbas enfocar y encuadrar apropiadamente, ¡muy bien!, y si no, habías desperdiciado una –o más- de las 24 o 36 posibilidades que te ofrece el rollo. Otra diferencia: mis selfies a la mexicana y del siglo XX eran practicadas durante viajes y fiestas, nunca en museos o galerías ni mientras me enchinaba las pestañas antes de ir a la escuela.

Yayoi y Miriam

En 2013 llegó a la galería de Capilla del Arte, el espacio cultural del que me encargo, la exposición Cuerpo Ausencia: hilvanando identidades de Miriam Medrez. Radicada en Monterrey desde hace años, la artista plástica presentaba con esta muestra sus últimas tres series dedicadas a la escultura textil.

La primera era Zurciendo, conjunto de sus primeros acercamientos a la tela como material para obra plástica. A partir de varias esculturas con forma humana que representaban a amigas, familiares y conocidas suyas –como sus maestras de tejido- y un corazón gigante también hecho de manta e hilo, Medrez se atrevía a dejar atrás los materiales acostumbrados del escultor, logrando al mismo tiempo, como algú[email protected] [email protected] han hecho también, colocar aquella tradición de la aguja e hilo en la categoría de “arte”.

Luego vino Lo que los ojos no alcanzan a ver. Esta vez con manta y tela negra y frases bordadas que su trabajo había inspirado en algunas poetas amigas suyas. Miriam alcanzaba la siguiente etapa de su travesía textil, con un discurso más elaborado, menos figurativo que en Zurciendo. Cuerpos mejor definidos, sin rostro, asexuados: en posición de meditación, levitando con una larga tela negra que los conectaba con el piso o en posición fetal, cosidos a una colcha de siluetas femeninas libres y desnudas o encerrados en capullos negros o partidos a la mitad. O de rodilla, con bultos fálicos naciendo de sus espaldas, con la mirada sobre sus sombras de letras: …por un momento pensé que era solo una mujer arrodillada frente al río. Inmóvil, miraba su sombra proyectada debajo del agua. Le costaba respirar…

ojosnoven1

…más tarde me enteré que en ese mismo paraje habían encontrado a una mujer acuchillada por su suerte. Foto tomada del sitio oficial de la artista miriammedrez.com

La tercera se llamaba Vestidos invertidos. Más conceptual, más sofisticada. Más colores, más texturas, más capullos, más falos colgantes, más radiografías de huesos perforados por tornillos, más sarcófagos de metal, más espejos, más figuras, más cuerpos y poemas bordados por doquier, más vísceras partidas, más uretras, más delicadas vulvas rosadas con patas de araña; más seres atrapados/más seres liberados.

Obras_MiriamMedrez

Además de cautivar la vista y la imaginación, las piezas de Miriam servían para inspirar a cualquier miembro del público, sin importar su profesión, a crear su propia obra artística, académica, de diseño o de cualquier campo que deseara, a través de una convocatoria precisa que ya antes habíamos puesto en marcha con el nombre de AD/OPTA & ADAPTA. Uno de los trabajos participantes fue el de Daniel Jiménez García, compositor que proponía un performance titulado Ni-Juu-Sei. Obra multidisciplinaria en dos actos.

Música, video, danza y diseño textil que Daniel justificaba de la siguiente forma:

Ni-Juu-Sei, que en japonés quieres decir dualidad”, es una pieza formada en dos actos. El primero habla del miedo y del ser; de un ser andrógino que busca su despertar. En el segundo acto el despertar del ser, quien volviéndose loco y envolviéndose en un mundo superfluo e incomprensible, abandonado y deprimido por su realidad, decide suicidarse.

La razón para reinterpretar la obra escultórica de Miriam Medrez tiene su origen en la identificación que siento con ella, en especial por la  influencia que en ambos existe de la artista plástica y escritora Yayoi Kusama. Esta artista japonesa nos une de una manera diferente, para Medrez en una perspectiva visual y para mí a través de una adaptación sonora sobre la temporalidad y la forma de manejar la densidad sonora.

Yayoi y Rufino

Lo confieso: luego de escuchar por primera vez de Yayoi Kusama a partir de la exposición de Miriam Medrez no volví a interesarme en ella. Me enteré de Obsesión infinita, su primera retrospectiva en América Latina, quizá un par de semanas después de su inauguración, el 26 de septiembre de 2014, en el museo Tamayo del DF. Ahí quedó el asunto.

Luego vino una serie artículos en Facebook sobre las selfies y cómo aquellos que las hacían desconocían por completo la obra de la japonesa y asistían a la exposición en el Tamayo, precisamente, solo para fotografiarse en ella y presumirlo luego en redes sociales. Vi el video de los curadores platicando sobre su trabajo en la página del museo y ahí quedó el asunto.

La tercera vez que Yayoi se atravesó en mi camino fue a través de una nota de El Universal titulada “El museo Tamayo batalla con el éxito de Kusama”. Era el 17 de diciembre y planeaba mis vacaciones. Vayamos al DF a ahogarnos en lunares de colores, pensé, por qué no. Y así lo hicimos.

Kusama y la contracultura hippie. Filme experimental Kusama’s Self-Obliteration, dirigido por Jud Yalkut, (1967)

Nos hospedamos en un hotel de la colonia a Roma, a diez minutos en bicicleta de la zona de museos del Bosque de Chapultepec. A las 7 con 11 minutos de la mañana de un frío viernes 2 de enero, a dos semanas de concluir la recién adquirida obsesión infinitade cientos de miles de mexicanos, me trepé en una eco-bici y pedalee hasta Reforma con una pieza de pan como único combustible. Al llegar, 50 personas me antecedían en la fila y ningún tamalero en el horizonte.

Fernando, quien venía de Iztacalco, llegó cinco minutos antes que yo. Era su segundo intento. El anterior había sido una semana antes, con hora de arribo a las 10 de la mañana. Cómodamente arropadas en sus respectivas camas, la novia de Fernando y mi esposa esperaban nuestras llamadas una vez conseguidos los boletos. A diferencia de mi compañero de fila y su pareja, esta sería nuestra primera visita al Tamayo.

Un poco más adelante, la esposa y concuño de Manolo regresaban de comprar café en el Starbucks más cercano. Asiduos de museos y pequeños coleccionistas de arte –en especial de artistas jóvenes del bazar de San Ángel-, el boca a boca y las constantes menciones en radio y televisión de Kusama fueron los responsables de hacerlos madrugar ese día.

A las 9:27 de la mañana, ya con boletos en mano me despedí de mis compañeros de espera y grabé con mi tableta la víbora humana que serpenteaba por entre los árboles hasta la banqueta de Reforma y de regreso a la arbolada que rodea al Museo Tamayo Arte Contemporáneo que, hasta el 18 de enero siguiente, recibiría a 335 mil visitantes.

Yayoi y yo

Los periódicos y el museo no lo reportaron pero las preguntas se me juntan cada vez que el tema aparece: ¿cuántos de esos 300 mil y pico de asistentes conocían a Yayoi antes de recorrer más de 60 años de creación obsesivamente genial y perturbadoramente sexual?, ¿cuántos nos tomamos una selfie en alguna o todas las instalaciones donde Kusama nos llenó de color, lunares de polka y reflejos de nuestras propias obsesiones del siglo XXI?, ¿cuántos, al regresar a nuestras casas u oficinas, colocamos calcomanías circulares multicolores sobre muebles, electrodomésticos u objetos personales diversos?, ¿cuántos despertaron sudando durante las noches posteriores, perturbados por esos ojos ominipresentes y esos rostros que emergían por docenas de los mares de sangre y de bilis y de excrecencias diversas que cubrían los lienzos?,  ¿cuántos navegamos la red, antes o después o después o antes, en busca de artículos, fotos y videos de esta japonesa hoy postrada en una silla de ruedas y con una mano invisible que jala la parte izquierda de su mejilla frente a las cámaras?, ¿cuántos buscamos rápidamente en el catálogo de la exposición –que por su precio solo h/ojeamos en la tienda- alguna referencia concreta a su vida sexual para explicarnos su obra y encontramos, en las primeras páginas, una cita en la que confesaba que otros artistas ocultan sus obsesiones mientras ella exorciza las suyas creando artísticos falos pues en realidad no soporta la idea de tener dentro aquellos objetos extraños llamados penes y, sin embargo, descubrir que esa declaración apenas alcanza para descifrar los motivos detrás de tan perturbadoras imágenes?

Mucho antes de que se popularizara el neoanglicismo yo les decía simplemente autofotos. Hoy también les digo selfies y, como muchos a nuestro alrededor, mi esposa y yo nos tomamos varias en los cuartos infinitos, convirtiéndonos de simples observadores en partícipes de esta exuberante y alucinante experiencia estética. Además de caer en las garras de la obsesión narcisista que caracteriza al siglo XXI y a la obra de la propia Yayoi, caminamos por las diferentes salas atentos a las distintas disciplinas que la artista ha utilizado a lo largo de tantas décadas para expresar su patología: dibujo, pintura, escultura, happening, performance,instalación. Vimos, debajo de las capas de color de todas estas expresiones, una obra compleja que, sin dejar de ser atractiva y “pop”, habla de forma contundente del entorno de todos nosotros; que nos hace preguntarnos si no sería más sabio internarnos voluntariamente en un psiquiátrico como ella hizo desde 1975.

Video-selfie de Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life (2011).

Han pasado varias semanas desde que experimenté Obsesión infinita y sigo escuchando y leyendo críticas a los “hipster” –parece que todos los otros son/somos hipsters- que visitaron la exposición, críticas que declaran la imposibilidad de que toda la gente haya  entendido la obra y que su entusiasmo fue solo una pose o que Yayoi es y siempre ha sido sobrevalorada y una farsa o que si hubieran prohibido las selfies las colas hubieras sido infinitamente más pequeñas. Quizá algunas de estas cosas sean ciertas. No lo sé. Creo, eso sí, que las fotos y los colores y la estética pop fueron un poderoso gancho para muchos y qué bien: nos quejamos de que los museos y galerías no tienen público y, cuando lo consiguen, las quejas continúan. Nunca estamos conformes.

Dos genios: colaboración de Kusama con Peter Gabriel – Lovetown (1992).

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Autor Lado B
Alonso Pérez Fragua
Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando.
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