Una Tijuana, muchas Tijuanas
Ciudad de paso construida a la vera de una línea que pasó de imaginaria a muro donde “los sueños terminan”
Por Ernesto Aroche Aguilar @earoche
29 de noviembre, 2013
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Tijuana, dicen sus propios habitantes “no alcanzó a ser un pueblo, y esta muy cerca de los gringos y muy lejos de las costumbres”. Tijuana es una ciudad que “ha sufrido del desorden de las personalidades múltiples durante mucho tiempo”. Ciudad-cantina. Ciudad de paso construida a la vera de una línea que pasó de imaginaria a muro donde “los sueños terminan”. Tijuana y las muchas Tijuanas.

Ernesto Aroche Aguilar

@earoche

Llegué a esta ciudad buscando un fantasma, pero dos días metido en un hotel y dos noches en un tour de cantinas que no se mueve más allá de la avenida Revolución y La Sexta y calles aledañas –incluido el callejón Coahuila–, son apenas nada para tratar de mirar y encontrar a esa “Tijuana para principiantes” que Rafa Saavedra describió a principios de los 90s.

“Tijuana no es Tijuana”, dice Fiamma Montezemolo en un ensayo publicado en 2005, “Si todas las verdades son ‘fictions’, o sea construcciones parciales (Clifford, 1987; Geertz, 1973), Tijuana me enseña que de verdades relativas ella tiene miles y, según la circunstancia, esconde una o evidencia la otra… o dos… posiblemente en contradicción…”.

Y ahí está, afuera, en ese baño inagotable de luz neón que adereza la fiesta que vive la ciudad de lunes a lunes.

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Foto @earoche

–La ciudad respira –me dice un reportero que pasó de trabajar en una de las esquinas más vigorosas de Latinoamérica, a escribir para portales digitales ubicados en la ciudad de México— la ola de violencia que se vivió hace unos años se acabó cuando agarraron al «Teo».

Pero aún cuando Teodoro García Simentel ya no está en las calles, y la historia de Santiago Meza López –“el pozolero”, el hombre que disolvió más de 300 cuerpos en sosa cáustica–, es otra de las tantas leyendas negras que arrastra la ciudad consigo, lo mejor es no decir los nombres demasiado en alto, no vaya a ser la de malas.

Hace unos meses me decía Rafa Saavedra en una entrevista que el arte en Tijuana habían dejado ya el asunto migrante como motor creativo, pero la ciudad sigue siendo un epicentro de aspirantes a ciudadanos transfronterizos, entre los que llegan de paso para brincar la línea –y no siempre lo consiguen—, los estadunidenses que cruzan cada fin de semana en pos de la fiesta y de los burros cebrados, o el taxista aquel que hace 20 años dejó su ciudad natal y ahora administra un par de vehículos más y tiene una papelería como negocio familiar, pero no deja de asumirse como sinaloense.

O aquellos que ahora hacen su hogar en los linderos de eso que, pomposamente, llaman río y no es más que un hilo de agua que arrastra descargas residuales. Migrantes que todavía le rezan a Juan Soldado pero hace rato que dejaron el sueño de brincar y tras la depresión del rebote ahora piden un peso, dos, a los despistados que cruzan el puente que une la plaza de artesanías que está a un costado de la terminal de autobuses con la calle artículo 123, donde empieza el downtown.

Foto: @earoche

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La Tijuana del icónico Centro Cultural Tijuana, ubicado en la Zona Río, es también la del mega market drugstore, plazas completas dedicadas a la venta de drogas legales, visitada y revisitada por yonkies post The Walking Dead. Vicodin sin receta, barbitúricos como dulces en Halloween.

O la de los estudiantes del Colegio de la Frontera que levantan encuestas en tabletas digitales en el aeropuerto de la ciudad, apenas pones un pie en tierra.

La Tijuana de las colonias de arquitectura imitación a casas de barrios californianos, casas grandes, patios grandes, que aunque aspiran a parecer del primer mundo, ese que está unos metros de distancia, no pueden negar que están edificados en tierras mexicanas.

La ciudad «Caliente» y su plaza Pueblo Amigo, pura escenografía para turistas trasnochados que aún persiguen la Tijuana de principios de siglo pasado.

El callejón Coahuila es el epicentro de la prostitución legal o no, forzada o no. Ciertos de mujeres con vestidos y ropa que se unta a sus cuerpos regalan risas forzadas y ensayan miradas que simulan, con muy poca fortuna, coquetería, mientras que en lugares establecidos otro ejército de ellas camina entre mesas y pasarelas y exhibe al aire sus zonas erógenas y pide un dólar por tocar los encantos que los cirujanos plásticos, en el mejor de los casos, levantan, insuflan y adornan a golpe de silicón.

Y mientras en la Avenida Revolución la noche no acaba sin antes pasar a tirar un trago en el Dandy del Sur, la cantina que nació en 1957 y lo mismo cobija artistas locales que visitantes trasnochados o parroquianos de toda la vida; o una bailada cruzando la calle, en el salón La Estrella, uno de los centros que abonado al revival del downtown tijuanense, o en Las Pulgas, donde la botella de Don Perignon se consigue a 3 mil pesos y la botella de Buchanans en 800.

Foto: @earoche

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La avenida Revolución, esa amalgama de Tijuanas, la de los hispters y su callejón de tiendas de ropa serigrafiada con diseños que juegan a ser la identidad la ciudad, la de las chicas aspirantes a pinups y nostálgicas de los 50 que se reúnen en frente al Caesar Hotel donde –dice nuestro colega-guía— nació la ensalada Caesar, la de los fotógrafos callejeros que por un dólar te sacan una foto a un lado del burro cebrado. La Tijuana del Jai-Alai y la de los monolitos de fibra de vidrio que reproducen esculturas precolombianas. Dos días es poco, nada en realidad, para acercarse a esa Tijuana esquiva que es una y muchas a la vez. Esa Tijuana que recupera su noche y su movida cultural luego de que la violencia la silenció por un rato. Lado B. Periodismo 3.0

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Ernesto Aroche Aguilar