“Sólo quiero que mis hijos tengan un futuro y disfruten una vida digna”, comenta Aissatou, la única mujer de todos los campamentos del monte Gurugú, quien lleva ya cuatro meses a la espera de encontrar alguna forma de atravesar la valla de Melilla.
Huérfana, viuda y madre de cuatro pequeños, Aissatou, liberiana de 30 años, sobrevive -sin papeles, sin dinero y sin miedo- en este monte en el que muchos inmigrantes subsaharianos –se estima que más de 200 hombres- esperan su oportunidad para saltar la valla de Melilla.
Ella es consciente de que no podrá superar esa barrera con sus cuatro hijos, pero no pierde la esperanza de dar a sus retoños una vida mejor que la que ella ha llevado.
Nada más llegar nos saluda con especial cariño, nos acondiciona un lugar para sentarnos y nos invita a que nos quedemos a cenar un poco de revuelto de legumbres que andan cociéndose en la cazuela.
Todo está meticulosamente ordenado y distribuido de la forma más eficiente. Junto a la entrada de la casa está el asiento principal, ocupado por ella, y un Corán que dice leer con frecuencia.
Mohamed, de poco más de dos años, en los brazos de su madre
El pequeño Mohamed, de poco más de dos años, no deja de corretear a nuestro alrededor, mientras se van agolpando jóvenes en las inmediaciones de la finca. Unos pocos se acercan al calor del fuego, otros esperan que termine de hacerse la cena, y alguno simplemente escucha, está pendiente de lo que ocurre o juega y se divierte con el niño y sus cacharros.
Tras horas de caminata por las laderas más escarpadas de los bosques marroquíes que bordean Melilla, en medio de lo más sombrío, abrupto y yermo de las lomas, por un momento tienes la sensación de estar en un hogar, de sentirte como si departieras en casa de un familiar. Alrededor, más de doscientas historias cargadas a la par de miseria y esperanza; más de doscientas vidas que esperan su momento para jugársela a cara o cruz cruzando una injusta valla.
La artífice de este milagro es Aissatou, la única mujer de todos los campamentos del monte Gurugú, que con su fuerza y religiosidad se ha convertido en una matriarca, ya no sólo para sus cuatro retoños que la acompañan, sino para todos aquellos que allí residen y que han dejado atrás a novias, mujeres, madres y hermanas.
La vida de Aissatou es una verdadera historia de superación; un tener que reinventarse a cada contratiempo que la subsistencia le ha ido poniendo en lo largo de su arduo caminar. Según nos cuenta, es liberiana de nacimiento, huye a Costa de Marfil con tan sólo siete años después de que el 20 de junio de 1990 sus padres fueran degollados en su presencia durante la Primera Guerra Civil de Liberia (1989-1996).
Continúe leyendo el reportaje del periodista Jesús Blasco de Avellaneda, publicado en Periodismo Humano, en el siguiente link.
EL PEPO