Alejandro BadilloQuizá ningún otro autor japonés haya tenido la difusión de Haruki Murakami. Sus novelas y libros de cuentos se reeditan una y otra vez, se traducen a innumerables idiomas, la avalancha de elogios inunda las revistas y varios sitios en la red. En terrenos ajenos a las letras se sabe que Murakami, a pesar de su fama, al estilo Salinger, casi no concede entrevistas ni se deja tomar fotografías. En su juventud regenteó un club de jazz y ahora se dedica a correr maratones y a dar conferencias en prestigiosas universidades de todo el mundo.

Tusquets editores, 1era edición, 2008.
Volviendo a la literatura, a la par de la fama de Murakami, también es conocida la reticencia de algunos críticos japoneses a rendirse a su obra. Para ellos Murakami no es “suficientemente japonés” y no le perdonan que abandone la tradición de geishas y pagodas, herencia de los viejos maestros japoneses como Kawabata, Tanizaki y Akutawaga, para reemplazarla con referencias occidentales como canciones de The Beatles y series de televisión norteamericanas
Con estas referencias enfrenté las más de mil páginas (en la edición barata, claro está) de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. La premisa del libro es aparentemente sencilla: un treintañero perdedor, Toru Okada, exayudante de un bufete de abogados, felizmente desempleado, está casado con Kumiko, una diseñadora gráfica que trabaja para una revista. Kumiko además pertenece a una familia adinerada y no tiene mayor empacho en mantener a su marido mientras éste encuentra una actividad que lo satisfaga. La existencia de la pareja transcurre sin sobresaltos en la tranquila sociedad japonesa hasta que Toru Okada recibe —mientras cocina un spaghetti— la llamada telefónica de una mujer que le hace proposiciones sexuales.
Este evento, descrito en la primera página de la novela, echa a andar, como una ficha de dominó que empuja a otras en una larga fila, una serie de eventos extraños como la desaparición de su gato, Noboru Wataya, la historia del teniente Mamiya, un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial que estuvo a punto de morir en un pozo y el encuentro con las hermanas Malta y Creta Kanoo, una especie de pitonisas posmodernas. A la desaparición del gato se suma la de Kumiko que, al parecer, lo abandona por otro hombre. A partir de este punto Toru Okada emprenderá la búsqueda de su esposa y, mientras tanto, se enfrentará a acertijos dispuestos por los personajes que conoce en su camino: un rito de iniciación para encontrar la felicidad y la mujer amada.
Murakami escribe Crónica del pájaro que da cuerda al mundo con una prosa sencilla y una técnica parecida al jazz, pasa de un tema a otro, olvida personajes para retomarlos muchas páginas después, intercala minihistorias en el hilo principal del relato. Murakami deja ir la pluma que se enreda en historias y más historias mientras la división entre el sueño y la realidad se difumina cada vez más. El problema de la novela es que los personajes siempre gravitan en un estado de ensoñación y Murakami ofrece pocos elementos para darles más consistencia. La respuesta del personaje principal ante las desapariciones, extrañas confesiones, violaciones mentales, hasta una mancha facial que le aparece en el rostro, es pasiva: Toru Okada casi no hace preguntas ante el mundo de ensoñación que parece ahogarlo, o si las hace son sólo un acto reflejo, un elemento más de un complejo ritual de iniciación que ni él ni nosotros entendemos.
Esta continua indefensión del protagonista deja al lector con un palmo de narices y, a partir de la segunda mitad de la novela, tiene dos opciones: abandonar la lectura o creer ciegamente en el relato de Murakami y, más peligroso aún, conceder que Crónica del pájaro que da cuerda al mundo es un conjunto de sesudas sentencias sobre la vida disfrazadas de situaciones absurdas, personajes extraños, diálogos inmersos en un simbolismo cuya clave radica en lo que el lector quiere creer. Imagino la novela de Murakami como el famoso test de Rorschach, el escritor dispone con ingenio algunas manchas y el lector se fabrica una novela a su gusto donde, en el mejor de los casos, ve reflejados sus miedos, insatisfacciones, dudas, aspiraciones. Murakami rehuye cualquier justificación. Entonces la apuesta del libro, ante un mundo totalmente desbocado en fenómenos oníricos y diálogos enigmáticos, es la duda existencial, la obcecación del personaje en encontrar un sentido a la vida (artificio, me parece, un poco gastado, pero que a Murakami le ha redituado con creces entre lectores jóvenes).
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, es una novela ambiciosa en la técnica, que busca romper con la añeja tradición literaria de Japón, pero que no alcanza a sostenerse en su largo trayecto. Los personajes parecen marionetas manejadas por la mano fatal del destino y la historia se va deshilachando conforme pasan las páginas hasta que el lector se hunde en un mar de interpretaciones o permanece indiferente ante una colección de historias perdidas entre el sueño y la vigilia; historias escenificadas por un montón de personajes cuya extrañeza parece gratuita.
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EL PEPO