
La novela policial tiene, como los demás géneros llamados “menores”, los escollos de la literatura de entretenimiento: tramas predecibles, personajes que se limitan a seguir la trama y a cumplir las expectativas que han creado el cine y los bestsellers. Sin embargo, a través del tiempo ha tenido grandes autores e ilustres lectores. Juan Carlos Onetti, por ejemplo, devoraba novelas policiales, en particular de George Simenon. El uruguayo afirmaba que podía reconocer al célebre inspector Maigret si lo veía en la calle. Su influencia se puede advertir en obras como Tierra de nadie que, a pesar de no seguir con fidelidad las pautas del género, reproduce una atmósfera turbia que la vincula con lo policial o, aún más, con la novela negra. Lo mejor de los géneros, me parece, es cuando olvidan sus límites y construyen personajes y tramas que ameritan varias lecturas. Incluso, obras que podríamos calificar como tradicionales, como la saga de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, tienen momentos que trascienden la obviedad y el juego de acertijos. Recuerdo en particular El intérprete griego, cuento en el que unos delincuentes secuestran a un traductor para que los ayude a extorsionar a un comerciante griego, cautivo en una casa. La atmósfera que recrea el autor: una habitación en penumbra, los gestos nerviosos de un secuestrador, los detalles del diálogo entre la víctima, el intérprete y los delincuentes, forman parte de la mejor literatura.

Blanco nocturno, Ricardo Piglia, Anagrama, 1era edición 2010
Blanco nocturno, novela más reciente de Ricardo Piglia (Drogué, provincia de Buenos Aires, 1941), aborda también lo policial, sin embargo el centro de la historia —el crimen— es un blanco movible que se escabulle entre las páginas y que tiene innumerables interpretaciones. Por las referencias que tenía del argentino, además de la lectura de algunos artículos, ensayos y alguna novela, emprendí la lectura con la premisa de ir más allá de la trama desnuda, mirar por atrás de las letras buscando referencias que exigen un lector atento y paciente.
El leitmotiv de la historia es el asesinato de Tony Durán, forastero nacido en Puerto Rico, educado como norteamericano y que llega a un pueblo de la provincia de Buenos Aires. El motivo de su visita son las gemelas Belladona, Ada y Sofía, hijas de una familia adinerada. Esta decisión pronto le costará la vida. En el primer trecho de la novela advertimos un tono de crónica, una voz que recuerda —el narrador omnisciente— que conoce los detalles de la historia y que los refiere a cuentagotas. El asesinato de Tony Durán es escenificado como en todas las novelas policiales: un hecho sucedido en la penumbra, un punto de quiebre que detona distintas sospechas e involucra a varios personajes entre los cuales debe estar el culpable. Sin embargo, Piglia evade las líneas tradicionales. La regla indica una investigación que se aclara poco a poco, un avispado detective que disipa las sombras gracias a su intuición y a valorar pistas que, al inicio, ignoraron todos. En Blanco nocturno, al contrario, la pesquisa permanece en su condición de trazo borroso, los personajes se enredan en largas disquisiciones y no hay, en ningún momento, una explicación irrefutable. Al inicio los dedos apuntan a Yoshio, un japonés que acompaña a Durán y al que le atribuyen una conducta sospechosa el día del crimen. Sin embargo, el hilo de la madeja se sigue extendiendo hasta llegar a un jockey obsesionado por un caballo que compra la víctima y que desencadena el asesinato.
La primera parte de la novela, vista de una perspectiva general, cumple con los elementos del planteamiento y el desarrollo del género. Sin embargo, cuando todo apunta a una resolución fácil, Piglia añade más piezas al rompecabezas: una de ellas es Luca Belladona —hermano de las gemelas— que espera la fortuna de su padre para emprender un proyecto imposible; el policía Croce que termina con más dudas que respuestas y Emilio Renzi, periodista que investiga el caso para la prensa y que funciona como un detonante de los personajes involucrados en el crimen.
Un aspecto a tomar en cuenta es la diversidad de puntos de vista, a veces con información complementaria o contradictoria. Este elemento variable recuerda al Thomas Bernhard de La Calera o Corrección, con la diferencia de que la prosa de Piglia no comparte la búsqueda extrema del escritor austriaco; se mueve en términos ajustados, privilegiando la precisión del lenguaje antes que modelarlo en una forma nueva. También, más cercano en el espacio y en el tiempo, Blanco Nocturno comparte vínculos con Glosa de Juan José Saer, novela cuyo punto de partida es una caminata y una charla en la que se reconstruyen los incidentes de la fiesta de Washington Noriega, en la cual ninguno de los dos participó y, entonces, sólo les quedan las referencias, los dichos, las dudas. Al igual que Saer, Piglia parece decirnos que las certezas son escurridizas y que el lenguaje es la última resistencia, el último intento para acercarnos a la realidad.
Otro punto a destacar es la voz en tercera persona y un artificio singular: pies de página a veces breves, a veces extensos, en los que se profundiza algún detalle de la trama y se dan referencias históricas sobre Argentina en la década de los setenta. El artificio —borgeano por excelencia— adquiere no el poder sugerente del viejo maestro argentino, sino la prolijidad de los hechos que contrasta con una pesquisa que se retuerce y no se deja atrapar.
En el caso de Blanco nocturno no nos enfrentamos a una atmósfera opresiva, apenas algunos escenarios que podríamos ubicar como marginales. La trama no plantea un juego de rompecabezas al estilo Agatha Christie, en el que las claves laten semiocultas, como anzuelos y se revelan lentamente hasta llegar a la sorpresa final. Como dice con justicia la contraportada: “A partir del crimen, esta novela policiaca muta, crece, y se transforma en un relato que se abre y se anuda en arqueologías y dinastías familiares…”.
Si el cuento exige concisión, un montón de objetos interrelacionados, gravitando en torno a un centro, Piglia sabe que la novela es un universo donde las cosas buscan su espacio por sí mismas, como las ramas de un árbol en continua expansión. En el caso de Blanco nocturno el lector camina por un bosque de diálogos que se internan en la oscuridad, callejones que llevan a ningún lado, verdades a medias y caminos que se bifurcan.
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EL PEPO