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A Treinta Días del Poder de Henry Ashby Turner
Pocas coyunturas históricas han sido más estudiadas que la Segunda Guerra Mundial. Hay cientos de películas, libros y filmes que retratan el ascenso de los nazis y las batallas que se desarrollaron en gran parte de Europa y, cuando entraron los japoneses a la guerra, en Asia. Henry Ashby Turner fue profesor de historia en la Universidad de Yale y autor de obras como Nazism and the Third Reich, Germany from Partition to Reunification enfocadas en el estudio del nacionalsocialismo y sus raíces históricas e ideológicas.
Por Lado B @ladobemx
01 de junio, 2012
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Alejandro Badillo

Pocas coyunturas históricas han sido más estudiadas que la Segunda Guerra Mundial. Hay cientos de películas, libros y filmes que retratan el ascenso de los nazis y las batallas que se desarrollaron en gran parte de Europa y, cuando entraron los japoneses a la guerra, en Asia. Henry Ashby Turner fue profesor de historia en la Universidad de Yale y autor de obras como Nazism and the Third Reich, Germany from Partition to Reunification enfocadas en el estudio del nacionalsocialismo y sus raíces históricas e ideológicas. En A treinta días del poder se enfoca en los días decisivos antes de que Adolf Hitler fuera designado canciller de Alemania el 30 de enero de 1933.

Prólogo de Antonio Muñoz Molina, Traducción de David León Gómez, Edhasa, 1era edición 2002

En el imaginario popular hay una visión simplista de la trayectoria de los nacionalsocialistas en Alemania: después de la Primera Guerra Mundial hubo una crisis política y económica que llevó a fundar una inestable República de Weimar que trató de establecer acuerdos entre los partidos y grupos de poder en el país. El desarme pactado por las potencias vencedoras dejó a Alemania con pocos efectivos militares y, al resto, los dejó al amparo de una insuficiente ayuda social. El desempleo, la Gran Depresión de 1929 y la falta de una dirección clara para el país, provocaron una gran inconformidad en la población que empezó a apoyar políticos cada vez más radicales, entre ellos, Hitler. Visto de esta forma el ascenso del dictador es parte de un proceso lógico y, podría decirse, casi inevitable. Sin embargo, el estudio minucioso de Ashby Turner que sigue paso a paso las acciones, entrevistas, diarios y rumores de esos días, desmiente este escenario predecible. Al contrario, los múltiples errores, ingenuidades y desconfianza de los actores políticos construyeron poco a poco el camino del partido nazi que estaba perdiendo fuerza entre los electores y, aún más, financiamiento para llevar a cabo sus actividades. Sólo el azar, las decisiones de último momento y algunos eventos decisivos encumbraron a los nazis.

Un elemento muy importante que resalta Ashby Turner es la absoluta incapacidad de negociar de Hitler. Influido por sus delirios mesiánicos, de una fe indemostrable en su victoria, jugaba a todo o nada. Esta característica no pasó desapercibida a los políticos que, inercialmente, lo llevaron al poder absoluto: Franz von Papen, canciller de Alemania entre junio y diciembre de 1932, que conjuró en el tramo final a favor de Hitler; Kurt von Schleicher, también canciller en un periodo anterior, y cuyo desprestigio amenazaba la estabilidad del Reichstag y, sobre todo, el mariscal de campo Paul von Hindenburg, que, como presidente de la República, tenía serias reservas sobre el futuro dictador, pero que lo terminó llevando al poder en base a acuerdos de último minuto, engañado por sus consejeros de que el mal no era tan mayor debido a que Hitler –un fanático sin escrúpulos– sería un gobernante restringido por los intereses de los otros partidos políticos.

Este conjunto de factores rescató un movimiento reaccionario que iba en picada. La obsesión de Hitler de que tarde o temprano le sería otorgado el poder, que sólo habría que esperar, hizo que muchos nacionalsocialistas se desesperaran ante una recompensa que nunca llegaba. Incluso muchos proponían un golpe de Estado. Ante la pérdida de credibilidad, era muy factible que la figura de Hitler se hubiera tambaleado. Además, Von Schleicher había aprobado un paquete de recursos financieros que estabilizarían la precaria situación alemana y que apaciguarían a las masas proclives a los discursos incendiarios. Sin embargo ese paquete llegó muy tarde y todo el crédito fue para los nazis. Esta serie de circunstancias azarosas, ocurridas treinta días antes del ascenso de Hitler a la cancillería alemana, lo reafirmaron psicológicamente en que era un predestinado y que lo único que tenía que hacer era lo que había hecho toda su vida: una voluntad férrea a pesar de que el escenario fuera totalmente adverso; la firme creencia de que triunfaría sin importar cómo. Esto se evidenció plenamente cuando, doce años después, oculto en su búnker con sus últimos generales, desplazaba en el mapa divisiones de artillería imaginarias. Para entonces Berlín estaba sembrado de cadáveres y los sobrevivientes caminaban sin rumbo por las calles sin saber que la posguerra sería aún peor.

A treinta días del poder nos enseña que los mecanismos de la historia no son un asunto científico, que siempre hay elementos inesperados que cambian el curso de los hechos. También es una alerta sobre la indiferencia, la falta de interés de la gente sobre los asuntos de su país y, en el caso del nazismo, la aprobación silenciosa de los alemanes ante los terribles eventos que vinieron después como el holocausto y la purga de enemigos políticos. Para muestra basta este ejemplo: “En un noticiario cinematográfico que gozó de gran difusión en los teatros de todo el país, el nombramiento del nuevo gabinete fue el último de los seis sucesos que se presentaban al público, y aparecía después de reportajes sobre saltos de esquí, una carrera de caballos y una exhibición hípica, entre otros”.

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