Para la maestra Neri Edith Narváez González, subdirectora de la Escuela Secundaria General No. 13 «Justo Sierra Méndez» en el ejido La Unión, Torreón, Coahuila, asesinada el 1 de octubre dentro de su escuela
Afuera están matando personas
como nosotros, María
tienen este mismo corazón
que se hincha con la lluvia
llevan nuestros ojos negros heredados del barro
y también comen pan en la mañana
A diez cuadras una mujer
ha dejado de respirar …
…Lo que dijiste alguna vez parece cierto:
este país está condenado a la violencia
No sabe uno qué hacer cuando se levanta
dónde alojar la piel
bajo qué árbol sentarse a cantar
en qué horario hacer silencio y pedir perdón
No sabe uno limpiarse las manos
alistar la muda, salir a trabajar
quedarse callado, escribir un poema…
…Dicen algunas personas
que ya no tenemos miedo
pero yo sí tengo miedo, María
de que un día no vuelvas…
…Amarnos, María, tal vez amarnos,
para poder caminar juntos a un día
donde la tierra deje de ser ese abismo sin luz
al que van a parar todos nuestros amigos antes de tiempo.
Nicolás Peña Posada. Afuera están matando personas.
En este país hace mucho tiempo que afuera están matando personas. Personas como nosotros que tienen un mismo corazón y comen pan en la mañana. Personas como nosotros, que tienen sueños, dolores, alegrías, un mundo de seres queridos y querientes, algunas posibilidades de ser felices a pesar de los obstáculos y las barreras de estos tiempos de crisis global.
Hace mucho tiempo que parece que este país esta condenado a la violencia, irremediablemente atado al yugo de un destino fatal en que las únicas opciones parecen ser la plata o el plomo, aceptar y transigir a los dictados de la delincuencia organizada que tiene el poder a lo largo y ancho del territorio nacional o asumir las consecuencias de un sistema que regenera continuamente la violencia, el horror, la muerte, la injusticia, la exclusión y la muerte injusta, absurda y adelantada.
Hace tiempo que en este país no sabe uno qué hacer: dónde alojar la piel o en qué horario hacer silencio y pedir perdón, bajo qué árbol cobijarnos, si limpiarnos las manos que de alguna manera están salpicadas de sangre de inocentes por nuestra indolencia y nuestra complicidad pasiva, si salir a trabajar, quedarnos callados o escribir un poema que no sirve para nada.
La violencia y la muerte han instalado sus reales en nuestros territorios y en nuestras consciencias a tal grado que pareciera que ya no tenemos miedo y sin embargo, seguimos teniendo miedo de que un día nuestros seres quedidos no vuelvan, de que si salimos a trabajar por la mañana nos sea negado el derecho a regresar a casa con vida.
Hace tiempo que esta locura ya no sucede solamente afuera, que se mata también gente dentro de nuestras fronteras seguras, en el espacio antes sagrado de la escuela y la universidad, en esos recintos que por naturaleza están dedicados a la vida y ahora están salpicados cada vez más del espanto de la muerte.
En esta educación personalizante he escrito desde hace varios años acerca de hechos de violencia en espacios escolares. Sucesos terribles en los que alguna estudiante mató con una piedra a una compañera, en la que algunos alumnos llegaron con armas y las usaron contra sus compañeros o incluso contra sus profesores y directivos. Se trata de un fenómeno en el que la violencia social permea los espacios educativos como en aquella serie extraordinaria Adolescencia, en la que un estudiante de secundaria del Reino Unido asesina a una compañera, debido a múltiples factores entre los que destaca la enorme presión cultural de las redes sociales sobre la vida de los educandos en edades especialmente vulnerables.
La llegada de la violencia social a la escuela dio como resultado hace ya algunas décadas la creación de términos como violencia escolar, bullying, acoso, abuso escolar, ciberacoso y otros, que han sido teorizados e investigados en nuestro país por muchos académicos y académicas. Existe en el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE) el área temática de Convivencia y violencia en la escuela, que agrupa los trabajos sobre estas temáticas y desde hace mucho tiempo se ha trabajado el tema de Convivencia escolar, generándose redes de investigadores y literatura muy pertinente al respecto.
Sin embargo, los hechos que ocurrieron en la escuela secundaria general no. 13 en el ejido La Unión en Torreón, Coahuila, rebasa el ámbito de la violencia escolar. Resulta necesario hacer esta distinción porque tiene implicaciones muy graves. Se trata de un hecho de violencia criminal dentro de un recinto escolar, que es totalmente diferente a un acto de violencia escolar.
La violencia escolar tiene que ver con episodios en los que los sujetos que conviven cotidianamente en la escuela viven conflictos que se resuelven por una de las partes o por ambas, de forma violenta o bien, de situaciones en las que un estudiante o grupo de estudiantes violentan, usando su poder físico, psicológico o mediático a algunas compañeras o compañeros que se encuentran en situación de vulnerabilidad, causándoles daños físicos, psicológicos, emocionales o sociales.
En el caso de lo ocurrido en Torreón, aunque los dos hermanos gemelos que atacaron la escuela, matando a la subdirectora e hiriendo de gravedad a varios miembros más de la comunidad escolar, eran exalumnos de esa institución, ya no pertenecían a la comunidad escolar y ejecutaron una agresión armada perfectamente planificada, usando armas blancas y bombas molotov previamente preparadas bajo un plan coordinado, ingresando a las instalaciones escolares sin tener derecho de acceso. Se trata claramente de un acto criminal, de un delito de violencia que excede la ya de por sí complicada realidad de la violencia escolar y desnuda la enorme vulnerabilidad y el gran riesgo en el que se ejerce hoy la actividad docente.
Por ello, considero que la respuesta a lo ocurrido no puede restringirse al ámbito escolar y las acciones de atención al fenómeno no deberían quedar, como suele ocurrir, en el ámbito de la responsabilidad de los y las educadoras. Se trata de un problema estructural, sistémico y cultural: de la maquinaria de la delincuencia organizada que ha ido construyendo una normalización y hasta romantización de la violencia en las mentes de los niños, adolescentes y jóvenes del país. Por ello, las acciones de solución deben ir mucho más allá del ámbito escolar y no dejar a las víctimas -en este caso los docentes- la carga de la prevención.
Mientras tanto, habrá que amarnos, para resistir este abismo sin luz que es nuestra tierra. Amarnos para poder caminar juntos un día.
Foto de portada: Redes sociales
EL PEPO