Ernesto Aroche Aguilar
Hasta antes de 2018, y tras procesos traumáticos de fraudes y abandonos por parte de partidos aliados en los años precedentes, Andrés Manuel López Obrador, motor y caudillo del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), marcó distancia: mejor solos que mal acompañados.
En los primeros años de Morena como partido político, la única alianza posible fue “con el pueblo”, pero la posibilidad real de un triunfo de la izquierda partidista lo cambió todo.
Al abrir la puerta no sólo aceptaron ir acompañados por partidos políticos de afinidad ideológica como el Partido del Trabajo (PT), también incluyeron a partidos del otro lado del espectro como el Partido Encuentro Social (PES) de conformación evangélica conservadora.
Y ya no hubo marcha atrás, pues ese aire de triunfo y cambio de régimen atrajo una lluvia de políticos “chapulines” que habían militado incluso en partidos a los que Morena responsabilizaba, un día sí y otro también, de la situación social, política y hasta de seguridad del país como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN).
En una amplia entrevista con este portal, Carlos Figueroa Ibarra, ex integrante del Comité Ejecutivo Nacional de Morena entre 2017 y 2020 y doctor en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México, reflexiona sobre la política de alianzas en el partido y el costo político de las mismas, en un contexto en donde el origen de Morena parece desdibujarse.
La conversación se realizó una tarde lluviosa de agosto del año pasado como parte de una amplia investigación sobre las relaciones políticas de ciertos grupos dentro de Morena que aún está lejos de ver la luz, pero recuperamos algunos fragmentos de la misma pues ofrece asideros de cara a un proceso electoral en ciernes, en donde las caras más visibles de la contienda interna en Puebla parecen ya muy lejanas al espíritu inicial del partido: una boxeadora sin trabajo territorial y un empresario textilero, más cercano al PAN que al partido en el que hoy dice militar, que de reparto equitativo de la riqueza sabe muy poco.
Un partido sin élites
Entre los fundadores de Morena constituimos un partido que aspiraba a un objetivo que, visto en retrospectiva, era verdaderamente ambicioso: romper con la “ley de hierro” de Robert Michels, politólogo alemán muy citado por Gramsci. Él planteó en su ley que en los partidos, de manera inevitable, se van formando cúpulas de poder, para decirlo en otros términos una nomenclatura, que se reproducen a sí mismas como élites partidarias.
Para evitar ese destino, recuerda Figueroa Ibarra, se buscó promover “la rotación constante de las dirigencias”.
Por eso, en un principio se habían establecido tres principios elementales: la no reelección de dirigentes; la separación estricta entre partido y Estado (estaba prohibido que un dirigente fuera simultáneamente funcionario público); la tómbola, un principio acertado que daba a un militante de base, sin dinero ni estructuras, la posibilidad de acceder a cargos de dirección o candidaturas.
Con el tiempo, como sabemos, estas reglas se fueron dejando de lado y el partido mutó. A medida que nos acercamos a 2018 empezábamos a ver la posibilidad del triunfo como algo factible, transitable y viable. Ahí Andrés Manuel modificó su visión sobre las alianzas y también fue variando toda esta dinámica interna de un partido de nuevo tipo que buscaba abatir esas oligarquías.
La política partidaria, definida por López Obrador, hasta ese momento era que las únicas alianzas posibles eran con el pueblo, cuenta el académico, por la ruptura previa que Andrés Manuel había tenido con los partidos que acompañaron su candidatura en 2012: el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el PT y Movimiento Ciudadano.
La ruptura ocurrió tras el fraude de 2012 y se profundizó cuando la dirigencia del PRD, gente de ‘los Chuchos’ principalmente, pero también gente como Manuel Camacho Solís y otras personas, le propusieron adherirse al Pacto por México. Andrés Manuel rechazó categóricamente la propuesta: “De ninguna manera yo voy a aceptar el pacto por México.
Hay que recordar que Morena recibió el registro como partido político hasta 2014, cuando el INE validó el cumplimiento de los requisitos, pero el movimiento en torno a López Obrador venía desde años antes.
En esos años había una posición de lejanía con el resto de los partidos. De ahí viene, yo creo, todo el proceso de decir ‘nuestra alianza es con el pueblo, con todos los sectores sociales’. Sin embargo, me acuerdo que conforme nos íbamos acercando al 2018, teniendo muy presente como trauma colectivo el fraude del 2006, la preocupación central de la dirigencia y de las bases era cómo evitar que se repitiera el fraude, pues un nuevo fraude habría provocado una desmoralización total en el partido y en las masas de personas que tenían una expectativa en el triunfo de Andrés Manuel.
Yo recuerdo haber vivido el 2006 y el 2012 como reliquias verdaderamente traumáticas y de una enorme ira y una enorme frustración.
En el 2006 se tuvo que hacer el plantón para derivar toda esa furia popular en algo que no fuera la lucha armada. Porque ahí había condiciones para que empezara a resurgir la guerrilla. Andrés Manuel tuvo la sagacidad de darle un cauce político a esa indignación. En todo caso, lo que te quiero decir es que el fantasma de los fraudes pesaba.
Entonces vino el viraje
Para contener la posibilidad de un nuevo intento del sistema político por mantenerse, era necesario sumar todos los votos posibles para el 2018, recuerda el académico, y para ello necesitaban a sus antiguos aliados.
Me acuerdo que en el Congreso extraordinario del 2017, al que asistí, el punto central fue la alianza con el PT. Y la repulsa que generó entre la mayor parte de los delegados del congreso ese planteamiento. Había rechiflas y todo eso, la base que estaba representada ahí no quería al PT.
Andrés Manuel vio que el ambiente en el congreso estaba muy caldeado y volvió a hacer uso de la palabra. Y en ese estilo que tenía Andrés Manuel de no decir las cosas directamente sino dejarle la responsabilidad a la gente dice: “Bueno, yo no voy a imponer nada. Este es un planteamiento que se está haciendo y se ve como una necesidad. Si ustedes quieren, lo votan y si no, no lo votan”.
Yo, que en ese momento estaba en primera fila, pensé: “Bueno, aquí Andrés Manuel se está jugando el liderazgo”. Que el Congreso vote en contra de él sería una cosa verdaderamente insólita, porque pondría en duda un liderazgo carismático de primer orden y la autoridad moral que tenía. Y yo, por supuesto, voté por la alianza.
Después me di cuenta que había votado correctamente, porque fui cada vez más consciente, y eso me lo hizo ver Yeidckol Polevnsky, que era necesario establecer alianzas con partidos para poder establecer una mayoría legislativa que le diera gobernabilidad al eventual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Se abre una rendija y tumban la puerta de Morena
Al abrir la puerta a alianzas con otros partidos, recuerda Figueoa Ibarra, para evitar fraudes, sumar votos y conseguir la legitimidad democrática que permitiría comenzar con la transformación del país Morena comenzó a aceptar en sus filas a toda clase de personajes que pudiera ofrecerle una ganancia electoral.
Yo creo que en esa lógica de darle gobernabilidad también empezó a plantear la idea de abrir la alianza con dirigentes u hombres notables procedentes del PRI y del PAN, pero una cosa era plantearse la alianza con el PT, y actualmente con los oportunistas del Verde, que ya sabemos que ellos se alían siempre con el partido del gobierno. Y otra cosa era empezar a hacer alianzas con “notables”. Con gente del PRI y del PAN, pero sobre todo del PRI. Que no eran cualquier cosa.
Que las bases votantes de otros partidos se sumaran a Morena era algo positivo para consolidar una mayoría contundente y poder hacer frente al fraude, pero otra cosa era que personajes que hasta hacía tres o cuatro minutos antes eran acérrimos enemigos de Andrés Manuel y de nosotros, y de pronto parecía que les había caído el veinte, o que habían sido iluminados por el dedo de Dios para apoyar a la 4T. Sabíamos exactamente que esa no era la motivación. De hecho es gente, hasta la fecha yo lo sostengo, que no comparte el proyecto político, es gente que no cree en nada de eso.
Simplemente se metió porque vio que había que transitar hacia el caballo ganador. Y bueno, nosotros nos tuvimos que tragar ese sapo.
El asunto del PT a mí no me no me causó mayor problema, finalmente era un partido de izquierda, con cosas muy debatibles, pero hasta la fecha yo creo que el PT ha mantenido una postura, sobre todo yo te diría que el PT es el partido que tiene la más consistente línea internacional de la izquierda.
Sin embargo, pocos meses después se tomó la decisión de aliarse con el Partido Encuentro Social (PES), una agrupación de corte evangélico. Y no cualquiera evangélico, son evangélicos del fundamentalismo pentecostal. Eso generó un mayor encabronamiento porque además ni siquiera se decidió en un congreso. No se sometió a debate, probablemente para evitar el rechazo que habría provocado, especialmente entre las secretarías de diversidad sexual.
La alianza con el PT se logró sólo por la autoridad moral de Andrés Manuel que dijo: “esto es lo que estamos proponiendo, esto es lo que se necesita, pero ustedes decidan.» No se puso a argumentar porque no era su estilo, pero con solo eso que dijo Andrés Manuel, hubieras visto, cambió totalmente el ánimo. Creo que sólo un tercio votó en contra. Y eso con un partido de izquierda. Imagínate lo que hubiera generado en un congreso plantearse la alianza con el PES.
A finales de 2017, en un evento en el hotel Hilton de la Ciudad de México donde se presentó al gabinete, coincidí con Elena Poniatowska, Jesusa Rodríguez, Bertha “la Chaneca” Maldonado. Las vi muy encabronadas. Yo lo escuché porque estaba cerca. Jesusa, con ese temperamento que tiene le dijo: «Oye, Andrés Manuel, ¿cómo es posible lo del PES?”. Andrés Manuel le dijo: «No te preocupes”. “¿Cómo chingados quieres que no me preocupe?”, le contestó.Y claro, pues Jesusa es de la diversidad sexual. Estaba también encabronado Temístocles Villanueva.
Lo del PES fue una decisión que tomó Berta Luján, que en ese momento era la presidenta del Consejo Nacional. No fue sometida a un escrutinio dentro de las bases, pero formaba parte de la lógica de contar con todos los diputados que podrían ayudar a conformar una mayoría.
Votos, votos, votos
El ingreso en 2018 de militantes de otros partidos como Ignacio Mier, Alejandro Armenta que venían del PRI o del perredista Luis Miguel Barbosa, que llegaron desde el 2017, fueron los casos más visibles en Puebla del brinco político a Morena, pero no fueron los únicos.
Saúl Huerta, dirigente político de la zona de San Francisco Totimehuacán, quien terminó encarcelado, acusado de agresión sexual a un adolescente, fue otro de los que aprovecharon la apertura del partido a personajes con capital político propio.
La idea –cuenta Figueroa Ibarra– era llevar candidatos que sumaran su propia votación al impulso general de Andrés Manuel.
Te voy a decir, yo estuve estableciendo ese tipo de alianzas con Saúl Huerta. A ver, te lo digo francamente, el autor de la candidatura de Saúl Huerta soy yo. Saúl tenía un trabajo sustentado en clientelismo, o en lo que tú quieras, pero toda la zona que va de San Francisco Totimehuacán hacia la Laguna de Valsequillo la tenía controlada, de hecho creo que fue el candidato a diputado ganador que más votos sacó (2018).
En realidad fue el tercero con mayor votación de acuerdo con los datos del PREP federal, por encima de él se ubicaron Nay Salvatori y Alejandro Barroso Chávez, los tres impulsados por la alianza Morena-PT-PES.
De lo que se trataba –continúa el académico– era de tener candidatos que no solamente se montaran en el tsunami de Andrés Manuel, sino que también sumaran. Hubo mucha gente que se montó en el tsunami. Claudia Rivera, por ejemplo, ganó la presidencia municipal porque se montó en el tsunami. Y te voy a decir que Claudia Rivera para nosotros representaba lo auténtico de Morena. La diferencia entre Saúl, que venía del PRI, y Claudia es que Saúl traía una estructura cabrona y tenía dinero. Después resultó Saúl Huerta en lo que resultó.
Sobre Barbosa, personaje político que formaba parte del grupo de los Chuchos en el PRD y había renegado años antes contra López Obrador, recuerda que hubo oposición interna en Morena Puebla.
Cuando llegó a Morena y quería ser el candidato en el Consejo Estatal. Nosotros lanzamos como candidato a Abelardo Cuéllar, un abogado laboralista, gente del lado de los trabajadores. Eso era lo que nosotros pensamos que debería ser el candidato. Y no un hombre como Luis Miguel que venía de los chuchos, que venía de una serie de traiciones, que se había hecho dentro del mismo PRD. O sea, que traía un historial muy negativo.
Pero al final fue Barbosa quien ganó las encuestas, recuerda.
Ahí es donde te digo que tengo sentimientos mixtos en relación a todo esto. Por una parte, Barbosa iba a ser nuestro abanderado y era un tipo que no considerábamos gente de Morena. Pero a los dos o tres meses de estar metidos ya en la dinámica electoral, que ese año nos enfrentamos contra la maquinaria estatal y contra Rafael Moreno Valle… Moreno Valle era un tipo, digamos, perverso. Era un tipo muy parecido en ese sentido a Armenta, impulsivo, atrabiliario, pero era muy inteligente y muy hábil. Ahí cuando vi contra quién nos estamos enfrentando, contra Eukid Castañón, que por cierto ahora Eukid aparece en Morena. En la 4T, imagínate, el operador más perverso de un hombre perverso ahora resulta que está metido en Morena y forma parte de los factores de Morena. Yo no sé si está inscrito en Morena, pero en todo caso está en toda la grilla de la 4T. Bueno, a los dos o tres meses me di cuenta que para un cabrón, un cabrón y medio. Y Barbosa era el cabrón y medio.
Yo creo que este contexto del 2018, donde teníamos que ganar para poder evitar el fraude se fue acentuando. Toda esa política de Andrés Manuel de «no vamos a hacer alianzas más que con el pueblo» transitó a una frase que hizo suya pero que era de Heberto Castillo: «no te pregunto de dónde vienes, te pregunto hacia dónde vas.» Puro pragmatismo.
Es decir, «no me importa si has sido un cabrón, un hijo de la chingada del pasado, me pregunto si ahorita vas a caminar con nosotros hacia dónde nosotros vamos.» Eso se fue acentuando, y lo que empezó como una necesidad se volvió virtud en el partido.
Antonio Gramsci advertía que en todo proceso de transformación coexisten lo viejo y lo nuevo: el proceso es progresivo cuando lo nuevo termina por absorber a lo viejo; si ocurre lo contrario, se cae en el transformismo o gatopardismo, donde todo cambia para seguir igual.
Morena nació como un espacio plural y sin una ideología dogmática unificada, articulado por un proyecto político alternativo y por principios éticos como la austeridad republicana. El reto actual del partido radica en evitar que la cultura política del viejo partido de Estado termine por imponerse sobre los objetivos de transformación que le dieron origen.
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