Por: Estefanía Espinosa Álvarez
Una noche, Isabel*, de veinte años, regresó a casa y encontró a su hermano esperándola en la sala.
“¿A dónde fuiste?”, le preguntó Ángel*, quien acababa de cumplir diecinueve. Isabel se sintió como una hija que llega de madrugada y a su hermano en el papel de padre estricto. Ella regresaba de su clase de defensa personal, a eso de las 8pm.
“Yo no entiendo por qué te metiste [a esa clase], si de seguro ni eres buena”, insistió. Isabel, acostumbrada a los comentarios de su hermano, no quiso darle más cuerda y contestó de manera cortante.
—Le dije que quién era él para decir si soy buena o no —cuenta Isabel con voz apresurada—. Además, ni que me fuera a meter a una competencia, yo lo estaba haciendo por gusto. Pero le valió y empezó a decir que esas son pendejadas y que no sabía por qué estaba ahí. Y para darle una respuesta rápida solo le dije que por si un día tenía que defenderme. Y ya, no le pensé mucho.
Ángel se rió. “No, pues, es que si te quieren violar, ¿tú qué vas a hacer, eh? Los hombres somos más fuertes. Yo ahora podría hacerte esto”, dijo acercándose a su hermana.
Mientras lo cuenta, Isabel juega con su cabello y habla tan rápido que las palabras se atropellan.
—Y se me empezó a acercar mucho, mientras yo le decía que estaba bien, pero bien pendejo. Creo que quería jalarme del brazo, y fue ahí cuando me empecé a espantar porque (…) luego yo ya no lo reconocía, y actualmente tampoco reconozco mucho a mi hermano.
—¿Tenías miedo de que ya le hubiera hecho algo a otra chica?
—No, tenía miedo de que yo fuera a ser la primera.
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El riesgo de la manósfera
Isabel no siempre le tuvo miedo a su hermano.
Cuando Ángel cursó la secundaria fue difícil que se integrara con sus compañeros. Sin embargo, hizo unos cuantos amigos e incluso tuvo su primera novia, lo que sorprendió gratamente a su mamá y a su hermana. Como en la mayoría de los noviazgos de secundaria, la relación terminó a los pocos meses, dejándolo devastado. Fue poco tiempo después de esa ruptura amorosa que Isabel comenzó a notar cambios en él.
—Al principio empezó a hacer cosas muy genéricas; se bañaba y ponía canciones de desamor a todo volumen, empezó a ir mucho al gym y decía que iba a entrar en su prime —es decir, que estaba por iniciar la mejor etapa de su vida—. Y en el momento yo pensé, okey, está curiosa la motivación, pero no lo veo como algo muy negativo, qué bien que esté yendo al gimnasio, qué bien que esté teniendo más actividades… No sé, eso me gustaba pensar.
Más tarde, Isabel notó que su hermano se desvelaba mucho viendo videos. Cuando le preguntó qué veía, Ángel respondió que a “un señor muy inteligente”, y comenzó a mandar esos videos a Isabel y a su madre.
—La verdad yo no lo topaba y sólo lo veía como el calvo que mi hermano se desvelaba viendo. Y pensaba “ah, sólo está viendo a un influencer, un Youtuber pequeño”. Yo qué sé. Ese que estaba viendo era el Temach, y lo supe porque en la prepa empecé a preguntarle a unas amigas si conocían a ese wey. Una de ellas de plano gritó: “no, no me digas que el pendejo de tu hermano está viendo a ese idiota”. Y yo: “¿qué tiene?”. “Pues es que este wey es bien machista, tiene la mentalidad así, trata a las mujeres horrible…”.
Los videos que veía Ángel forman parte de la manósfera o machósfera. De acuerdo con los investigadores Guillermo Ramírez Zavala y Martha Fabiola García Álvarez, en su estudio “Subjetividad incel y masculinidades radicalizadas: análisis socio-criminológico del caso CCH Sur 2025”, la manósfera puede ser definida como “[una] red transnacional de comunidades virtuales donde se reproducen discursos de victimización masculina, resentimiento sexual y odio hacia las mujeres”.
Luis Castillejo, mejor conocido como “el Temach”, es uno de los principales exponentes de esta comunidad en habla hispana. Comenzó a subir contenido a internet durante la pandemia de COVID-19 y adquirió fama en los años posteriores. Fue en esa época, entre 2020 y 2023, cuando Ángel estaba cursando la secundaria y empezó a consumir sus videos.
—Es que también yo siento —continúa Isabel— que influyó mucho la pandemia, porque nadie podía hacer nada, y todos nos la pasábamos en Instagram, YouTube, TikTok o lo que sea. No me puedo imaginar que esto salió nada más que por una decepción amorosa, por una novia de secundaria.
En un reportaje de la BBC, la periodista Jane Wakefield entrevistó a la hermana del Temach, Alex Castilleja, quien expresó algo similar a lo que sintió Isabel: en un punto ya no reconocía a su hermano. Y que el fin de su relación con una mujer fue una de las causas que lo llevaron a crear contenido en línea, para “ayudar” a los demás hombres.
Captura de pantalla del documental de la BBC, «La metamorfosis del mexicano Temach hasta convertirse en la mayor estrella de la machosfera en América Latina».
De aparente autoayuda a misoginia
—Si una persona, un hombre, vamos a decir un hombre joven —dice Fernando Acosta, psicoterapeuta y sexólogo, especialista en estudios de género y nuevas masculinidades— entra a internet y va identificando que sí, hay algunas problemáticas basadas en el género con las que quiere trabajar, puede ser muy confuso y muy mañoso el que encuentre un grupo o curso dirigido a hombres que tratan de trabajar su masculinidad. Pero en ese grupo se están repitiendo conceptos y valores como: “regresar a encontrar tu masculinidad de guerrero, regresar a posicionarte como un hombre de valor”.
Fernando Acosta es cofundador del Centro de Psicoterapia y Sexología basada en Estudios de Género y también colabora con el colectivo Dejar de Chingar, un grupo de hombres que se reúnen para discutir nuevas formas de la masculinidad. Al preguntarle acerca de la problemática de la manósfera y el incelismo respondió:
—Justamente ese es un eje que en la actualidad estamos trabajando tanto en Dejar de Chingar, como en la Asamblea de Hombres Disidentes frente a las Violencias Patriarcales. Tratamos de señalar y visibilizar el profundo daño que todos estos supuestos gurús de la manósfera pueden llegar a hacer en hombres jóvenes. Lo consideramos un problema social de mucha actualidad que se ha venido fraguando desde hace ya algunos años.
De acuerdo con Amnistía Internacional, el movimiento incel (o de celibato involuntario) es una comunidad en internet que combina frustración sexual, misoginia extrema y discursos de odio hacia las mujeres.
Fernando explica que las estrategias utilizadas por los gurús digitales pueden llevar tanto a los jóvenes como a sus familias a pensar que no están consumiendo contenido dañino.
La propia Isabel reconoce que, al principio, no le importaba mucho lo que Ángel compartía en sus redes sociales porque, aunque no sabía quién era “el Temach”, no le pareció malo que su hermano viera videos sobre lo que ella creía que era “cuidado personal”.
—Yo hasta ahí pensaba bueno, eso está muy bien —dice Isabel— porque sí es importante la autoestima, independientemente de si eres hombre o mujer… pero luego ya empezó a decir cosas como que una mujer de tal valor tiene que hacer esto y lo otro.
Al apelar a necesidades aparentemente inofensivas, los jóvenes corren el riesgo de estar expuestos a ideologías que, sin decirlo explícitamente, promueven ideas violentas y/o discriminatorias. Así, poco a poco, a cuentagotas, los textos de menos de 280 caracteres, los streams y los reels se filtran en la psique y las conversaciones de sus espectadores.
Jóvenes vulnerables
“Dejar de Chingar: Masculinidades en conflicto” es un grupo ubicado en Guadalajara, Jalisco, que se define a sí mismo como “un colectivo de hombres que reflexionamos y trabajamos en torno a la masculinidad y el machismo como problemas.”
En su dossier de presentación se explica el motivo de su nombre: “‘Dejar de chingar’ es lo que nos responden las compañeras feministas cuando preguntamos cómo las podemos ayudar los hombres. Nos toca dejar de chingar en todos los sentidos: dejar de molestar, acaparar, interrumpir, agredir, entrometernos, que son las violencias cotidianas y menos visibles, pero también nos toca dejar de violar, matar y un largo etcétera, que son las violencias más brutales sustentadas desde el machismo. Sabemos que este debe ser el piso mínimo, un punto de partida y no nuestro horizonte”.
El colectivo realiza diferentes actividades en torno a la masculinidad, tales como grupos de acompañamiento para hombres, divulgación de contenido en redes sociales, talleres y conversatorios, entre otras.
Gabo Molina Huerta, psicólogo, licenciado en Educación Sexual Integral y en Ciencias Sociales y Humanidades, es quien codirige el colectivo Dejar de Chingar, en el que ha participado desde hace diez años, y sobre las razones por las que la manósfera ha ganado tanta atención en los últimos años, refiere a la autora Melissa Fernández Chagoya, quien afirma que los hombres actuales aspiran a tener los privilegios que tuvieron sus padres y abuelos.
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—Yo agregaría —dice Gabo— que también saben que hay otros hombres que están en otras condiciones de interseccionalidad: hombres guapos, hombres ricos, hombres blancos… que tienen esos mismos privilegios todavía, ¿no? Pero que ahora se viven de manera distinta. No es que estos privilegios ya no existan, pero sí se están resquebrajando. Ya no tenemos el mismo ingreso económico. Nuestros abuelos, sin tener una licenciatura, podían comprarse una casa. Ahora eso es prácticamente imposible. Pero es muy difícil que la mayoría de las personas puedan acceder a comprar su propia casa. Además, ahora hay menor impunidad ante las violencias machistas, comparada con la de antes, y esto se debe a que ya hay más legislación al respecto, más leyes con respecto a la igualdad.
En la página de Instagram del colectivo Dejar de Chingar comparten videos e infografías respecto a la desmantelación de las masculinidades violentas, y debajo de sus publicaciones es común ver comentarios resentidos y violentos, que incitan al odio o que culpan a los grupos feministas o LGBT de “destruir la sociedad”.
—Por esta pérdida de privilegios —continúa Gabo— hay una resistencia violenta por parte de ciertos grupos de gente que siguen al Temach y a otros actores de la manósfera. Es un discurso tramposo porque se plantea que las mujeres tienen más privilegios, cuando lo que realmente pasa es que se busca la igualdad, y en esa igualdad los privilegios que gozaban los hombres ya no existen. Por eso se generó una respuesta tan violenta.
Sobre las particularidades de la manósfera en el contexto mexicano, Jorge Zetina, psicólogo y maestrante en Género, Conflicto y Violencia, responsable de prevención e implementador de proyectos en GENDES (Género y Desarrollo), una organización social formada en el 2008, coincide con los integrantes de Dejar de Chingar: las tácticas utilizadas por los influencers de la manósfera se aprovechan de los contextos vulnerables de los jóvenes.
—Algo que hemos notado en el contexto mexicano es que hay un elemento que juega mucho en relación a la situación de precariedad, ya sea socioeconómica o de oportunidades laborales. Esto juega muy a favor de estos personajes. Porque parte del discurso no tiene que ver solamente con que las mujeres te están quitando tu masculinidad, sino que el no ser “suficientemente hombre” también te está haciendo vivir en precariedad, te está haciendo vivir en pobreza. Te está haciendo débil.
Isabel confirma que una de las razones por las que su hermano se metió en grupos de la manósfera fue por esa promesa de dinero y lujo. Incluso cuenta que Ángel conoció a un hombre mayor en un grupo de fans del Temach, el cual le propuso asociarse para ganar dinero.
—Este señor, que además era como once años mayor que mi hermano, venía con coches bastante caros, sin placas y con el vidrio polarizado. Me empecé a sacar mucho de onda. Después, mi mamá y yo comenzamos a notar otras cositas de mi hermano: llegaba a la casa con consolas, relojes, billeteras, pero todo muy caro. Luego nos enteramos que este tipo y mi hermano estaban de prestamistas, y así ganaban dinero.
Poco tiempo después, el hermano de Isabel le entregó alrededor de 15 mil pesos a este hombre, con la promesa de que iban a invertirlo y generar ganancias juntos. Sin embargo, Ángel no volvió a oír de su supuesto amigo y tampoco recuperó su dinero. Este suceso hizo que se distanciara de los círculos masculinistas, pero el daño ya estaba hecho.
Captura de pantalla de la cuenta de IG, de Dejar de Chingar.
El entorno escolar
Los ambientes sociales más inmediatos, como el escolar, también influyen mucho en la conformación de este pensamiento; al respecto, Fernando Acosta expone las dificultades de conformar una masculinidad sana en ambientes donde los estereotipos de género son constantemente reforzados por figuras de autoridad.
—Hay compañeras que trabajan con docentes, con maestros de primaria y secundaria, que nos dicen: “es que hemos identificado a profesores, hombres, que promueven que vean a estos gurús de la manósfera”. Imagínate nada más, ¿no? Imagínate nada más, porque en su imaginario, en su profunda ignorancia, creen que está chido, y que es bueno lo que se está diciendo desde ahí. Entonces, imagínate la chambota que significa que los hombres podamos trabajar nuestra masculinidad, desde el reconocimiento de todas esas violencias, tanto las que vivimos como las que ejercemos, si hay algunos maestros por ahí donde todavía influyen estas ideas basadas en estereotipos, en el machismo…
La agenda política
Por otro lado, Acosta señala que el interés por “regresar a los valores tradicionales” está ligado a las agendas políticas globales.
—Hemos observado que en este momento, en este año, ha habido una profunda y más fuerte visibilización de cómo estos grupos masculinistas siguen una agenda vinculada a la ultraderecha. Y no sólo nacional: hablamos ya de una ultraderecha internacional, ligada a grupos muy, muy poderosos que conforman la ultraderecha tradicional. Además de dinero, le inyectan capital humano con estos personajes de las redes sociales. Sin mencionar, obviamente, que tienen un fin común: por un lado, el señalamiento en contra de los feminismos y de todos sus aportes, y por otro, las fuertes críticas en torno a la diversidad e incidencia sexual y de género. Ambas posturas se encuentran presentes en los grupos ultraconservadores, quienes también idealizan el concepto de la familia tradicional. Por el lado de la feminidad, está el movimiento de las tradwives.
El fenómeno de las tradwives, del inglés “esposas tradicionales”, alcanzó su popularidad más o menos en el mismo periodo que la manósfera. Al principio, comenzó con grupos de mujeres que hacían videos promoviendo la feminidad “tradicional”.
En la mayoría de los videos de estas influencers, se les ve cocinando grandes comidas para sus familias mientras cuidan a sus varios hijos y visten de manera modesta, algunas con estilo retro. Aunque este contenido es aparentemente dirigido a mujeres comunes, su mensaje está alineado al de grupos políticos de ultraderecha.
En Estados Unidos, el fallecido activista político Charlie Kirk promovió entre las mujeres la idea de cambiar el feminismo por la feminidad y renunciar a una carrera profesional para quedarse en casa y criar a sus hijos, a través de su organización conservadora, Turning Point USA.
En la actualidad, su esposa, Erika Kirk, ha continuado esa labor dándole voz a influencers tradwives como Savannah Stone, quien participó en la edición 2026 del Young Women’s Leadership Summit, una serie de conferencias organizadas por Turning Point USA. Entre las ideas principales de Stone, se encuentra la de eliminar el voto femenino y sustituirlo por un voto por hogar, el cual sería finalmente definido por el esposo o padre.
Grupos masculinistas vs. nuevas masculinidades
Para Fernando Acosta, es fundamental distinguir entre los grupos masculinistas (aquellos liderados por “gurús” de la manósfera), y los que ofrecen verdaderas alternativas para la búsqueda de nuevas masculinidades.
—Los estudios de las masculinidades surgen gracias a las reflexiones y la teorización de los feminismos y de la disidencia sexual, de los estudios queer, etcétera. Por supuesto que esto les da un profundo respaldo teórico y epistemológico que pretende ser de crítica social, que además busca visibilizar violencias estructurales muy arraigadas y muy naturalizadas en nuestra sociedad. A lo que aspiramos es a poder hablar de ello, a poder discutir esas estructuras que desde los sistemas tradicionales se tienen como inamovibles. Lo que sabemos y conocemos es que por supuesto que no; más bien, esos supuestos sirven como falacia para poder perpetuar y sostener el sistema.
Al hablar de los grupos masculinistas, Fernando manifiesta su preocupación, al punto de que ni siquiera quiere mencionar a uno de sus mayores exponentes, a quien se refiere como “ese personaje que empieza con T”.
—Le acaban de hacer un documental en la BBC. Y horrendo, pero muy bueno que se empiece a exponer de esta manera la brutalidad de esos grupos, ¿no? Y el peligro que significan ese tipo de narrativas sobre la masculinidad.
De acuerdo con el psicólogo, los círculos de la manósfera no proponen una revisión de la responsabilidad personal que tienen los hombres en torno a hacerse cargo de las violencias ejercidas. Esto permite a sus integrantes discutir situaciones asociadas al género sin identificar las razones socioculturales que los han llevado a actuar o pensar de cierta forma.
—Vamos a decirlo en palabras cortas: estos grupos generalmente tienden a apapacharse, a revisar sus problemáticas sin el ingrediente de “voy a identificar y nombrar las violencias que yo he ejercido, y me responsabilizaré sobre ellas”. No, no llegan a ese punto, no llegan a ese nivel. Más bien, llegan a justificar esas violencias y a culpar al feminismo y a las mujeres por la supuesta opresión que ahora los hombres están viviendo. Refuerzan los pactos patriarcales, los pactos de silencio entre hombres.
Ilustración de Poompat Watanasirikul, tomada de ONU Mujeres (https://www.unwomen.org/)
Relación con otros discursos de odio
Isabel recuerda un día en el que fue al parque con su hermano y su madre. Ella se sentó en una banca y Ángel dejó su cuerda de saltar a un lado.
—Estaba sentada y le pregunté a mi mamá si había un baño cerca, porque estaba menstruando y necesitaba cambiarme. Ángel debió oírme, porque me miró con asco y dijo: “No hagas eso cerca de mis cosas”. Y yo: “¿qué cosa?” Y él: “Eso que hacen las mujeres”. Se estaba refiriendo a mi menstruación. No me lo podía creer.
Los comentarios ofensivos de Ángel no se limitaron a su hermana. En la escuela comenzó a comportarse agresivamente hacia sus amigos, e incluso llegó a hacer comentarios homofóbicos en una charla escolar para prevenir la discriminación. En otra ocasión, dijo expresiones racistas en casa de sus abuelos.
Su familia comenzó a notar que había un cambio en su manera de pensar. Aunque al principio Isabel sentía que su hermano simplemente repetía lo que escuchaba en internet, ahora siente que se ha apropiado de esos pensamientos: ya no necesita que alguien más se los diga o que lo convenza.
—Puede ser muy confuso para un chico, porque cree que está trabajando alguna situación de su masculinidad, pero realmente está siendo jalado para alinearse con esas perpetuaciones de estereotipos. Y el machismo y la misoginia se desprenden de todas esas creencias—dijo Acosta cuando se le contó este caso.
Prevención e incidencia
De acuerdo con el sitio web de GENDES, su objetivo es “consolidar la igualdad sustantiva erradicando la violencia contra las mujeres y otras formas de discriminación, mediante la construcción de relaciones humanas empáticas, respetuosas e igualitarias, priorizando el trabajo con hombres”.
Se trata de un grupo interdisciplinario de profesionales que tiene la esperanza de algún día acabar con el machismo y la violencia de género; además de trabajar en prevención y atención, también hace investigación para sustentar con evidencia sus metodologías y proyectos.
Y precisamente sobre prevención, Jorge Zetina, psicólogo en GENDES, considera que si bien son adecuados una intervención temprana y un constante monitoreo de lo que consumen los niños y adolescentes, cree que se puede ir más allá para lograr un cambio: cuestionar cómo modificar estructuralmente nuestro entorno, y no solamente enfocarnos en las experiencias o creencias individuales. Para eso, hay que analizar las oportunidades que requieren los jóvenes para que estos discursos no les sean tan atractivos.
—Es algo que nosotros hemos reflexionado en el colectivo. A partir de estos casos, de analizarlos, concluimos que no es solamente algo que se atienda desde la pequeña edad para cambiar sus creencias de género, sino que es algo más estructural, ¿no? Es algo que tiene que ver con diferentes ejes de opresión. Por ejemplo: hay muchos hombres jóvenes que viven violencia por su color de piel, por su estatus económico, por su región de origen, por la situación del crimen organizado y demás. Pareciera que el discurso de la manósfera ofrece una salida a todos esos problemas —explica el especialista.
Para una política preventiva robusta, en su estudio, los investigadores Ramírez Zavala y García Álvarez consideran necesario:
- Consolidar la educación socioemocional.
- Diseñar e institucionalizar protocolos de señales de alerta, que no se limiten a reaccionar ante la agresión consumada.
- Establecer canales confidenciales y accesibles de ayuda y reporte para quienes detecten situaciones preocupantes.
- Capacitar al personal docente y directivo en identificación, contención inicial y derivación oportuna.
- Coordinar en circuitos formales a las escuelas, los servicios de salud mental, el trabajo social, las familias y, cuando corresponda, las autoridades de protección o justicia.
—La forma más efectiva de cuestionar esas creencias —refiere Zetina— tiene que ver con procesos colectivos de cuestionamiento. Es decir, convivir con otras personas. A veces hay un efecto muy positivo de hombres, sobre todo mayores, que esos chicos les hacen ver. El hecho de que un hombre de mayor edad o con más experiencia o algo les haga ver que ese mensaje es erróneo o nocivo o que les pueda hacer daño, eso tiende a dejar un efecto muy positivo para que dejen esos grupos, e incluso que tomen cierta visión crítica. Y es algo que intentamos promover también con otros hombres: que sean un ejemplo o un motivador para los jóvenes, mostrándoles que se pueden cuestionar estas ideas, que puedes no seguirlas y cuestionarlas. Resulta muy positivo.
—Por eso consideramos desde este movimiento —explica Fernando Acosta—, que el primer trabajo que debemos hacer los hombres es el personal, el del análisis de nuestras propias vidas y de nuestra propia conformación de la masculinidad. Muy importante primero hacerlo nosotros para después poder acompañar a otros.
Y concluye:
—Es necesario que los hombres e identidades masculinas puedan reconocer las diversas formas de practicar la masculinidad. Históricamente ha hecho más daño a los hombres creer que existe un único modelo: aquel hombre hegemónico, fuerte hasta la extenuación, incapaz de nombrar sus necesidades afectivas y emocionales. Mientras nos apeguemos a principios arraigados en los derechos humanos, o valores que se fundamentan desde los análisis de los estudios de género, podemos ejercer y manifestar vivencias de masculinidad muy amplias y muy diversas.
* Los nombres de las personas se mantienen en anonimato por seguridad y a petición de la fuente
** La imagen de portada es ilustrativa y se realizó con IA generativa (Gemini)