Lado B
Cómo la desaparición de Nadia transformó a Vicky Rosales en buscadora 
Tras la desaparición de su hija en 2017, la burbuja en la que vivía le reveló una realidad aterradora a la que tuvo que enfrentarse; hoy desde la Red en Búsqueda de Personas Desaparecidas, usa su experiencia para acompañar y guiar a otras familias que, como ella, buscan a un familiar, esperando un milagro
Por Lado B @ladobemx
29 de agosto, 2026
Comparte

María Moreno * 

Viernes 27 de octubre de 2017. Nadia y su madre, Victoria Rosales, caminan juntas hacia la parada de camiones, la rutina diaria para que la joven llegue al bachillerato. Son las 6:55 de la mañana cuando Nadia sube a una combi de la Ruta 5, la cual debía dejarla a solo unos pasos de su escuela. Fue la última vez que su familia la vio. 

María del Carmen Victoria Rosales Camacho o, como la conocen muchas familias buscadoras, Vicky Rosales, se quedó en la acera, viendo cómo se alejaba la combi, sin imaginar lo que iba a suceder. 

Para Vicky, Nadia Guadalupe es un milagro. Después de que ella y su esposo, Javier Morales, lo intentaran varias veces y de que las pérdidas los hicieran desistir, la vida decidió darles de nuevo la oportunidad de ser padres. Aún recuerda su embarazo de riesgo, la batalla que libró con su hija antes de nacer y que habría forjado el carácter inquebrantable de Nadia o Lupita, como le llamaba ella de cariño.

Lupita nació cerca de las fiestas navideñas, un 18 de diciembre de 1999. Su cumpleaños marcaba el inicio de una alegría que antecedía a la Navidad. Desde el primer día de diciembre la casa comenzaba a cobrar vida con las luces del árbol. Para Vicky, su hija era quien traía la música y no permitía que nadie se sentara a la mesa si faltaba uno solo de los integrantes de la familia.

Sin embargo, tras la desaparición de Lupita, aquel viernes 27 de octubre de 2017, el calendario se volvió un enemigo. Vicky se encontró de pronto ante un silencio que no sabía cómo nombrar. Al principio el dolor fue un encierro: apenas podía salir de la habitación de su hija, pasaba los días allí, intentando retener cada aroma y guardando cada recuerdo para que el olvido no ganara terreno.

“Había días en los que solo se encerraba, nadie podía sacarla de ahí. Gritaba, lloraba, rogaba por el regreso de nuestra hija, era muy difícil ver a mi esposa encerrada en el cuarto”, recuerda su esposo Javier con tristeza.

“Me amargué al inicio, a pesar de que mi nieta esperaba una Navidad divertida, creo que la obligamos a crecer muy rápido”, reconoce Vicky. Sandra es la hija mayor de Vicky, y ella le dio a su primer nieta, ambas también forman parte esencial del núcleo familiar. Pero cuando faltó Nadia, sus bromas y su música por todas las habitaciones, un silencio inundó la casa.

Foto: María Moreno

La burbuja 

Antes de que se detuviera el tiempo aquel octubre, la vida de Vicky Rosales transcurría entre el bullicio de los tianguis de Puebla, donde vendía “chacharitas” para completar el sustento de su hogar. Entre juguetes, ropa y el constante regateo de los clientes, Vicky se ganaba la vida. Además, junto a su esposo administraban un pequeño negocio de renta de mesas y sillas. Su mundo era el comercio, las fiestas familiares y la planeación del hogar; un entorno donde la desconfianza no tenía cabida.

“Vivía en una burbuja, yo pensé que nada pasaba. Nunca había escuchado que alguien se había perdido”, dice al recordar esos años en los que se sentía completa.

En su hogar, la confianza era una práctica diaria, si sus hijas querían salir de fiesta o verse con sus novios, Vicky lo sabía siempre. No había necesidad de mentiras ni de escaparse por la ventana, porque ella misma se encargaba de llevarlas y traerlas, convencida de que el diálogo era la mejor protección.

“Creí que mi colonia era bien tranquila, pero cuando Lupita desapareció, ya empezaba a escuchar que se habían robado a una jovencita de dos calles más abajo, o justo dos semanas después se había perdido otra”.

También te recomendamos: “¿Cuántos más de nosotros tendremos que morir para que el Estado actúe?”: RSF y medios

La ausencia de Lupita reventó la burbuja y se dio cuenta de que no era una situación aislada, sino una marea de desapariciones que la obligó a dejar su puesto en el tianguis y aprender a caminar por los pasillos de la Fiscalía General del Estado (FGE). No había leyes, ni protocolos de búsqueda, ni expedientes en su vocabulario, pero el vacío la empujó a descifrar un sistema que nunca imaginó conocer.

Para su hija Sandra fue un doble desafío: mientras procesaba la ausencia de su hermana, se vio obligada a convertirse en el refugio y apoyo incondicional para una madre que se desmoronaba. Aprendió a ser la fortaleza de sus padres mientras protegía la infancia de su propia hija, quien crecía viendo cómo la búsqueda se convertía en el nuevo eje de sus vidas.

Hoy Vicky confiesa algo que le aprieta el pecho: se enfocó tanto en encontrar a Lupita que, sin quererlo, el mundo a su alrededor comenzó a desaparecer. “Descuidé a mi hija y a mi nieta, las búsquedas son muy cansadas”, admite con la honestidad de quien ha vivido en carne viva la desesperación.

Nadia Guadalupe 2

Foto: Archivo Lado B

La traición

Mientras Vicky recorría calles y oficinas, el miedo se instaló en las paredes de su casa. Sandra vivió los primeros años en una penumbra autoimpuesta; mantenía la casa a oscuras, ocultándose tras las cortinas para que nadie notara su presencia, aterrada con la idea de que los mismos que se llevaron a su hermana volvieran por ella o que alguien más le pudiera hacer daño a ella y a su hija.

“Entiendo a mi mamá, yo extraño a mi hermanita, pero sé que el amor de mis padres no se compara con el mío”.

Sin embargo, en ese abismo de ausencia, apareció una red de contención inesperada que fue fundamental. Vicky recuerda con profunda gratitud el apoyo incondicional de la familia de su esposo Javier. Fueron ellos quienes se convirtieron en el pilar de Sandra, asegurándose de que la joven madre y su pequeña no estuvieran solas.

“Mi familia me dio la espalda, la única que me echo la mano fue mi hermana”, reconoce Vicky con desilusión; es una herida que aún no cierra.

La traición fue profunda, mientras ella buscaba a Nadia, sus propios parientes levantaron un muro imaginario de silencio. ¿La razón? La crueldad dentro del horror, uno de los principales sospechosos de la desaparición de Nadia Guadalupe fue un familiar directo.

Además de indiferencia, su familia permitió la complicidad, eligió el pacto de silencio sobre la vida de una joven de 17 años que hoy, a sus 26, sigue siendo esperada en una casa que ha decidido, finalmente, volver a encender la luz.

Tal vez te interese: SE BUSCA: Puebla capital, la ciudad donde niños y niñas desaparecen

La voz que la burocracia no pudo callar

Hoy, a sus 52 años y aún sin rastro de su hija menor, Victoria es pieza fundamental de su propio colectivo “Red en Búsqueda de Personas Desaparecidas”, desde donde ayuda a desmenuzar carpetas de investigación y acompaña a quienes recién comienzan este tortuoso camino.

El aprendizaje forzoso de nueve años, su experiencia en realizar trámites y gestiones ante la Fiscalía y su labor en la Comisión de Búsqueda de Personas del Estado de Puebla (CBPEP) le han dado una autoridad que sólo se obtiene con la experiencia diaria.

Vicky no teme confrontar a la burocracia: “Yo no soy licenciada, pero sé defender a mis familias. Si me grita, pues yo le grito”, sentencia con la seguridad de quien ya no permite que la indiferencia gane la batalla. “Antes por miedo o ignorancia, no sé qué nombre ponerle, me quedaba callada y hoy ya puedo decir que no”.

Hoy es una mujer capaz de enfrentar a cualquier institución, pero ya no sólo busca a su “guerrera de diciembre”, hoy busca a todas las personas desaparecidas, y es el escudo y la voz de quienes el sistema insiste en olvidar. Vicky ha transformado su tragedia en una vocación: dedica sus días a guiar a quienes recién empiezan este camino de incertidumbre, una ayuda urgente en un país donde la cifra de personas desaparecidas es una herida que se abre diariamente, y que suman más de 135 mil.

Colectivo Red en Búsqueda de Personas Desaparecidas en Puebla. Foto: Raquel Maroño

La esperanza 

Tras la desaparición de Lupita, Vicky decidió que la esperanza debía tener una forma visible. Cada uno de los tatuajes que hoy marcan su cuerpo tiene un solo origen y nombre: Nadia Guadalupe. En un acto de amor, fue su esposo Javier quien grabó su piel. En la parte superior de su brazo izquierdo, un corazón encierra la frase “Te busca mi corazón”; en el interior del mismo, el nombre de Nadia permanece imborrable.

Cada marca es una etapa de su duelo y su transformación. Uno de los tatuajes más representativos es el de Harley Quinn, el personaje favorito de Lupita, una conexión directa con los gustos y la alegría de su hija. En su omóplato, Vicky lleva tatuada un ave fénix, el símbolo de su propio resurgir: la prueba de que, tras años de encierro y oscuridad en los que no lograba superar la ausencia, pudo levantarse para guiar a otras personas.

Hoy esa misma mujer que regateaba en el tianguis se ha vuelto un referente para otras familias buscadoras en Puebla, y hace tiempo decidió que la luz volviera a su casa. Junto a Javier, quien llama con orgullo a su hija “guerrera”, un título que hoy define la identidad de Lupita, ha transformado su hogar.

Con la ayuda de artistas locales emergentes, pintaron un mural en la pared de su casa: el rostro de Nadia Guadalupe posa junto a sus perritas, una señal clara y colorida en su colonia. Dentro, Vicky ha vuelto a poner cortinas claritas y cada diciembre enciende el árbol esperando el regreso de su milagro.

* Estudiante de la Licenciatura en Comunicación de la Ibero Puebla 

Foto de portada tomada de FB

Comparte
Autor Lado B
Lado B
Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx