Dice la esperanza: Un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
Solo la amargura es ella.
Late, corazón… No todo
se lo ha tragado la tierra
Antonio Machado. Dice la esperanza.
Termina otro ciclo escolar y con él, el desgastante y difícil proceso que implica lidiar todos los días, hora tras hora con uno o varios grupos de niños o adolescentes con su caudal inagotable de energía que se entrelaza también con su desinterés por la escuela, ese espacio familiar y socialmente impuesto que sin embargo resulta necesario, humana y socialmente nutritivo, divertido por momentos y aburrido también por sus rutinas.
Un año más de planeaciones, juntas, documentos burocráticos que entregar, consejos técnicos escolares, clases, tareas, calificaciones, documentos burocráticos que entregar, ilusiones de ver crecer a los estudiantes, frustraciones ante sus resistencias y sus bloqueos, documentos burocráticos por entregar, timbres de entrada y salida cada hora, cada bloque, cada jornada, más documentos burocráticos por entregar, cansancio del que vale la pena y nos deja satisfechos y agotamiento también del otro, del que nace del esfuerzo invertido que no tuvo efectos formativos o que no percibimos que los tuviera.
Concluye el ciclo escolar como cada año, con esas semanas de simulación en las que los estudiantes ya saben que se han enviado oficialmente sus calificaciones a la secretaría y los profesores ya no saben qué hacer para entretenerlos porque el aumento de días al calendario escolar tiene décadas y aún no se ajustan los tiempos administrativos a los escolares, con la consecuente obligación de un cumplimiento -cumplo y miento- sin sentido en términos de lo que los estudiantes pueden aprovechar para su desarrollo.
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Se cierra una etapa y se acompaña como siempre de rituales en los que si se vive con suficiente pasión la docencia, se mira cómo se van para siempre esos niños y niñas, adolescentes, jóvenes con los que uno convivió y a quienes aprendió a conocer, a empatizar, a querer, sabiendo que sólo están de paso y, si se sufre con resignación la chamba no elegida pero que es el medio posible de subsistencia, se ven desfilar alumnos sin rostro ni historia, una camada más en la línea de producción.
El final se extiende más allá de la terminación de las clases, porque en esta sociedad que ha perdido el reconocimiento a los educadores y educadoras no se ve bien que tengan vacaciones -ni que trabajaran tanto, ni que su labor implicara mucho esfuerzo- y entonces salen de las mangas del sistema talleres de actualización en los que no se actualiza nada más que la repetición de lo que se ha escuchado siempre en estos espacios y que rara vez aporta cosas nuevas para pensar y vivir el aula en lo cotidiano.
Vendrán después unos cuantos días de “receso” entre ciclos escolares, pues es pecado llamarles vacaciones: ni que se las merecieran quienes viven y se desviven por cuidar, atender, cultivar, promover, potenciar, desarrollar, formar, dar ejemplo, abrir horizontes nuevos, acompañar en la construcción del drama de la existencia de cada uno de ls futuros ciudadanos de este país.
Lo normal es que sean tiempos de cansancio, de manifestaciones diversas del desgaste físico, mental y emocional que implica jugársela todos los días con seriedad, con consciencia de la enorme responsabilidad que implica tener en custodia personas irrepetibles, invaluables, imposibles de meter en un mismo cajón o etiquetar de manera simplificadora, seres humanos que son en sí mismos un misterio abierto a nuevas preguntas, sujetos de sueños y deseos de ser y llegar a ser, de vivir y poder convivir de una forma que valga la pena, que vaya más allá de la mera supervivencia o del desempeño de un rol en el mercado laboral, de una clasificación en la escala social, de un número en las estadísticas.
Para algunos este cansancio y este desgaste se sienten bien porque nacen desde lo profundo de la esperanza -que como he dicho muchas veces, es mucho más que el superficial optimismo-, porque como dice el poema de Machado, nos hacen exclamar desde esa esperanza: “un día la verás, si bien esperas”, un día la comunidad, el país, el mundo cosechará lo que hemos contribuido a sembrar y se podrán ver los frutos sabrosos -que darán sabor a la vida desde la sabiduría- de todo el trabajo que invertimos confiando, apostando y aplicando estrategias creativas y responsables en los espacios escolares. Porque educar implica creer para ver, si realmente somos educadores, es decir, profesionales de la esperanza.
Para otros y otras, será más bien agotamiento y frustración, porque nacerán de la desesperanza -para la que hay en estos tiempos mucho espacio por múltiples razones- y de la sensación de que lo que se ha cerrado es simplemente un proceso burocrático, una costumbre social, una etapa laboral más. Por eso dirá la desesperanza que “solo la amargura es ella” y que nada de lo hecho ha valido la pena, porque la educación como vida misma sigue, como dice Sabina, igual que siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Como la existencia y la vida social no son en blanco y negro, como la construcción del bien humano es una historia en la que no hay bien o mal absoluto, lo más probable es que entre nosotros los educadores y educadoras haya sentimientos encontrados en los que se entrecrucen la esperanza y la desesperanza, la sensación del deber cumplido y del querer realizado con los estados de desánimo, desmoralización, frustración o impotencia al constatar lo pequeño que es el granito de arena que aportamos en la inmensidad del océano de incertidumbre y deshumanización que parecen inundarlo todo en nuestro entorno cercano y lejano, en el país y el planeta en riesgo.
Como se dice normalmente, todo fin de ciclo, todo cambio de etapa o período son momentos propicios para hacer balances, para sopesar lo positivo y lo negativo que ha ocurrido y que hemos hecho que ocurra, para valorar, sacar conclusiones y tomar decisiones que nos sirvan para mirar hacia el futuro con una nueva mirada que propicie cambios, innovaciones, transformaciones en nuestras concepciones de lo que somos y hacemos y en nuestras formas de enfrentar los retos, los compromisos, nuestras propias tareas.
Ojalá todos los educadores y educadoras que estamos ahora terminando un ciclo escolar, viendo partir a nuestros estudiantes hacia nuevas etapas de su formación y de su vida y esperando que lleguen nuevos rostros, nuevas vidas, nuevas historias en la persona de una siguiente generación que implicará una nueva oportunidad de dejar nuestra huella en el transcurrir de la humanidad, tomemos un tiempo para hacer nuestro propio balance personal y tomar las decisiones necesarias para seguir mejorando lo que somos y hacemos. Ojalá que lo hagamos desde una mirada realista que invite a nuestro corazón a seguir latiendo desde la convicción -aún sin evidencia palpable- de que “no todo se lo ha tragado la tierra”.