Desde hace dos años, Édgar Martín Regalado recorre en su bicicleta al menos 26 kilómetros de los más de 400 que conforman la “Línea K” del Tren Interoceánico, en el Istmo de Tehuantepec, México. Esta es una de las tres líneas del proyecto impulsado por el gobierno mexicano que pretende conectar los océanos Pacífico y Atlántico en la parte más angosta del país, y que busca el desarrollo de puertos y parques industriales para facilitar el comercio global.
Édgar Martín tiene 53 años y pertenece al pueblo indígena zapoteca. Su labor se concentra en una parte del trayecto que comunica la ciudad de Ixtepec, en el estado de Oaxaca, con Ciudad Hidalgo, en Chiapas, al sur del país. En sus recorridos vigila que esta vía férrea no impacte aún más las tierras comunales de su pueblo, Unión Hidalgo.
Para él, pedalear bajo el sol ardiente y en temperaturas que oscilan entre los 16 y 35 grados no ha sido un obstáculo. Su compromiso con la biodiversidad es férreo. “Me uní a la defensa de los bienes naturales de mi pueblo como se engarza un eslabón de una cadena de vida con otro”, afirma, convencido de que su labor es legítima y necesaria.
En su camino como defensor, un acontecimiento fue llevándolo a otro: comenzó siguiendo los consejos de su abuelo. Luego, en 1995, participó en un proyecto ecológico en Ciudad de México y, más adelante, apoyó una etnografía sobre Unión Hidalgo. Así fue cultivando su interés por la defensa de los bienes comunales ante el avance de megaproyectos en la región. Su activismo también buscó retribuir los árboles que había convertido en libros durante algunos años que trabajó en una editorial, dice, y poner los derechos humanos en el centro de los temas ambientales.
Como asegura su hermana Flora, la parte medular de su historia comenzó cuando vivió en un lugar llamado Acción Popular Politécnica, en la Ciudad de México, adonde emigró a los 14 años para estudiar el bachillerato. “Era como un internado. Ahí fue educado por el padre jesuita Guzmán Rangel y se convirtió en un ser más autónomo y analítico. Hizo labor social, luego se graduó como ingeniero industrial y tuvo buenos empleos. Vivió entre San Francisco, California (Estados Unidos) y México, pero un día decidió regresar a su territorio. Ya venía razonando algunas cosas”, detalla Flora.
Ahora este líder indígena es el encargado de la gestión del territorio comunal de Unión Hidalgo. Por eso, desde que se anunció la rehabilitación de ese segmento de la vía férrea, en diciembre de 2023, comenzó a vigilar los impactos ambientales que podría tener el proyecto del Tren Interoceánico en los ecosistemas de sus tierras.
Recorridos de monitoreo
Impulsado por los pedales, Edgar Martín ha recorrido más de 55 veces el tramo de rieles que atraviesa su territorio. Así logró identificar el momento en que la primera cuadrilla de la Secretaría de Marina (Semar) —encargada de liderar la rehabilitación de la vía— comenzó a talar árboles en las franjas de terreno destinadas por el Estado para el proyecto. También fue testigo del desmonte de áreas aledañas, como el bosque El Palmar, una zona de 829 hectáreas rica en vegetación y considerada un pulmón para la región.
Después observó que la empresa Grupo Ferrocarrilero del Sureste (GFS) —encargada de las obras de modernización de la Línea K— extraía material pétreo (rocas naturales usadas en construcción) del cerro Loma Lope sin autorización ambiental. Esa zona fue identificada por los mismos ingenieros del proyecto como la de más alta calidad de materiales en la microregión, pero también es un núcleo importante de biodiversidad. Por esos motivos, los trabajos de extracción de material fueron cancelados.
Un año y cuatro meses después de iniciada la modernización de la línea ferroviaria, Mongabay Latam pudo corroborar que en la zona se observa deforestación, decenas de arroyos y cuerpos de agua desviados o rellenos de piedras, aves migratorias sin la posibilidad de pescar para alimentarse, extinción de manglares y la reserva comunal El Palmar visiblemente afectada.
El defensor ambiental de Unión Hidalgo, que en el pasado también se ha enfrentado a la imposición de proyectos eólicos y ha protegido otras reservas comunitarias, como La Llovizna, advierte que las afectaciones actuales son el resultado de décadas de un enfoque que busca beneficiar al ser humano y que ha llevado a la explotación excesiva de bienes naturales. Además, señala, con la llegada del Tren Interoceánico y de los seis polos de desarrollo (como el Gobierno ha llamado a los parques industriales asociados al tren que estarán operando en la región), “se puede desencadenar más violencia, migración y cambios culturales”.
Además se instalarán industrias maquiladoras, farmacéuticas, eólicas, entre otras, que podrían tener impactos en la biodiversidad. El mismo organismo público encargado del proyecto, denominado Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT), identificó los potenciales efectos en la calidad del aire, el suelo y el agua de las obras. Incluso reconoció que “los impactos podrían ser ineludibles e irreversibles, ya que de la modificación del suelo depende, en gran medida, la instalación de las nuevas industrias”.
A Édgar Martín, sin embargo, lo que más le preocupa “es la activación de una concesión minera en las tierras comunales de Unión Hidalgo”. Sus reparos son motivados, pues solo en el Istmo hay otras 13 concesiones vigentes y todas se encuentran cerca de las líneas férreas. Seis están en inmediaciones de la Línea K y ocho cerca de la Línea L.
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Rieles que transforman el paisaje y el territorio
A casi 400 metros de la comunidad de Édgar Martín está la terminal de la Línea K del Tren Interoceánico. Antes era conocida como “La Estación” del Ferrocarril Panamericano en Unión Hidalgo o Guidxi Gubiña, como le llaman los habitantes en lengua diidxazá o zapoteco. Era un inmueble construido en 1904 con valor cultural, catalogado así por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Aunque sufrió daños por el terremoto de 2017 que devastó la región, logró permanecer en pie, pero fue derribado en 2020 con el argumento de que representaba riesgos para la población. Ese mismo año se hizo público el plan del Corredor Interoceánico.
El día de abril en el que Mongabay Latam acompañó al defensor indígena en sus labores, todo parecía moverse rápidamente. Los trabajadores apresuraban el paso para ultimar detalles en lo que ahora será la nueva terminal: movían cosas, conectaban cables y hacían soldaduras para terminar el primer tramo de la obra que será inaugurada en julio de 2025 por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo.
A un costado se encontraba Édgar Martín, sujetando su bicicleta para dar inicio al recorrido. Mientras observaba la transformación del lugar dijo: “Iniciamos un juicio legal porque queremos que restituyan lo que han derribado las autoridades y que se vuelva a hacer para fines comunitarios”. En abril de este año, un juez reconoció el valor histórico y cultural del inmueble y ordenó a las autoridades su reconstrucción.
A lo largo del trayecto el paisaje es árido, amplio y silencioso. Los rieles atraviesan puentes y esteros, donde se mezcla el agua dulce de arroyos y ríos con el agua salada de la Laguna Superior. Son zonas de gran biodiversidad. Al fondo se ven las cordilleras, una de ellas con un tono rojizo. El defensor cuenta que el color se debe a la presencia de minerales como la hematita y, posiblemente, oro.
Édgar Martín avanza rápido. Sus 59 kilos sobre la bicicleta son una ventaja, especialmente en terrenos agrestes y bajo el sofocante calor del Istmo. No deja cabo suelto y va identificando los daños: troncos de árboles tirados, puentes que impiden el flujo de agua y el paso de fauna silvestre, ampliación de las vías, cauces desviados, sequía extrema y extinción de manglares.
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