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Hay que explorar con los niños lo que es morir
Los datos confirman el crecimiento de suicidios de niñas, niños y adolescentes en México: tres cada día en el último año. Especialistas exploran qué pasa cuando un niño dice ‘no quiero vivir’ y ofrecen opciones para detectar intenciones de suicidio
Por Pie de Página @
26 de octubre, 2021
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Daniela Rea

La Encuesta Nacional de Salud (ENSANUT), en su edición continua por COVID-19, reveló que durante 2020 1,150 infantes o adolescentes en México cometieron suicidio. Tres niñes y adolescentes cada día, un 12 por ciento más que el año 2019.

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“¿Por qué un niño querría morir?”, se pregunta Áurea Xaydé Esquivel Flores, en el artículo “No fue un accidente”, publicado en la Revista de la Universidad. “La respuesta es complicada, por un lado, porque todo depende de la noción que el sujeto tenga de la muerte, la cual tiende a modificarse con la edad, de manera que no todo niño que se mata es suicida, pues no todos lo hacen deliberadamente y con la conciencia de terminar con sus vidas de manera definitiva”.

En cambio, cuando la claridad de acabar con la vida de manera definitiva está presente, continúa Áurea Esquivel, las principales razones son de tipo social (familias fragmentadas, violentas, abuso sexual, hostigamiento, la pérdida de un familiar)  y, en menor medida, de tipo clínico (esquizofrenia, bipolaridad, desórdenes de personalidad). Los niños lo intentan más, las niñas tienen más éxito. “La respuesta es brutalmente sencilla, por otro lado, porque el mundo ofrece muchos motivos muy reales para sentir que la vida es demasiado terrible como para soportarla”.

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La estrategia de contención de la pandemia implicó el cierre de los espacios de convivencia para niñes y adolescentes, escuelas, parques, bibliotecas, plazas públicas, lo cual mermó la interacción con sus iguales, el compartir sus conocimientos y aprender de sus compañeres, y la posibilidad de aprender a resolver conflictos.

El impacto emocional del encierro y del aislamiento se alcanza a advertir en el incremento del suicidio infantil y adolescente.

El terapeuta Juan Antonio Ortega, especialista en las prácticas narrativas, plantea que desde esa disciplina el suicidio debe dejar de mirarse “sólo desde un enfoque individual, que es la narrativa dominante, donde se mira desde los trastornos emocionales: ansiedad o depresión. El problema de una persona se coloca muchas veces en lo psicológico o fisiológico: muchas veces se explica que una mala o baja regulación en serotonina o dopamina, la depresión puede llegar al suicidio; o la depresión o ansiedad que no pueden manejar, pero siempre se individualiza: el niño, niña, adolescente que no está sabiendo responder a la vida”.

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“Es importante que nos cuestionemos que no es una cuestión individual, el suicidio es reflejo de inequidades estructurales y factores que hay que visibilizar: hay factores sociales, políticos, económicos que están presentes. Estamos en un sistema económico desigual que deja pocas opciones a niñas, niños y adolescentes y aunque hay discursos, sobre los derechos de ellos, ellas, no se habita en políticas públicas”, dice Juan Antonio Ortega.

“El adultocentrismo es un sistema hegemónico donde hay una relación asimétrica entre los adultos que ostentamos el poder y los modelos de referencia, donde sólo nuestra voz es legitimada y entonces desde el adultocentrismo excluimos, legitimamos, deslegitimamos la mirada de niñes y adolescentes”.

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Entre esos factores socioeconómicos que menciona Juan Antonio está el aislamiento y fragmentación de la vida comunitaria, por ejemplo.

“Habría que hablar de diferentes condiciones sociales para las infancias, de sistemas económicos, todos estamos trabajando y sólo volvemos a dormir, las ciudades dormitorio ya no están sólo en las periferias, y los niños están solos, desatendidos”.

 

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*Foto de portada: Héctor García | Vanguardia

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