Lado B
Enrique Cordero Díaz, un mecanismo activo, un parteaguas, fuerza motriz, un hombre
Por Juan Daniel Flores @
29 de junio, 2021
Comparte

Puebla en los 70s era una ciudad inaccesible para personas con discapacidad. Usaba muletas y zapatos ortopédicos. Los méndigos camiones de ese entonces tenían escalones enormes que me llegaban casi hasta el pecho. ¿Te imaginas que era eso para un chamaquito con muletas que tenía que subir con sus propias fuerzas? Solo tenía nueve años y me trasladaba de la Colonia Humboldt a la 7 Sur y 5 Poniente, a la Primaria Pablo Armenta. En ese entonces era lejos, muy lejos, pero eso no era todo, también tenía que soportar el desprecio de la gente hacia una persona en mi condición. Tenía solo de dos pensamientos: decir no puedo, no lo voy a hacer, no me puedo mover, o ver como chingaos le hacía para salir adelante.

Whats.png

De regreso no me venía en camión. Caminaba desde allá, mi hermana iba por mí. Bajábamos hasta Analco, de ahí agarrábamos por el Alto y subíamos a la Humboldt, así nos ahorrábamos lo del taxi. Mis padres me pagaban esa escuela particular porque había muchas personas como yo con discapacidad, ya que ninguna primaria oficial me aceptaba. Perdón, pero ¡qué huevos de un director de negarle a un niño el derecho a estudiar! No sabes si ese niño puede llegar a tener  la capacidad de crear una vacuna o ser un presidente honesto, no sabes. ¿Por qué negarle la educación? La Luis Cabrera, La Motolinía, escuelas oficiales cercanas a mi casa, no tenían lugar para mí. Así era la sociedad de esos años 70s.   

Ya en la secundaria había otro criterio, fue un proceso muy especial. La secu la estudié en la Secundaria Oficial Federal 1 Presidente Cárdenas. Ahí no me lo impidieron. Me atrevo a decir que soy un claro ejemplo de enfrentar la adversidad y superarla. Imagínate: en primer lugar, el primer grado estaba en el tercer piso, era el último piso del edificio. No había rampas, solo escaleras. Para acabarla de amolar el taller que me gustaba, estaba en el otro edificio de enfrente, del otro lado del patio, también en el tercer piso.  

Yo venía de una primaria donde me sentía como rey con otros que estaban en mi misma condición. Allá podía correr con mis muletas, podía jugar, pero llegar a una escuela de nivel secundaria donde todos están súper bien, fue todo un reto. Sin embargo, fui superando diferentes obstáculos con algo clave: el verbo. La facilidad de palabra me permitía, desde entonces, tener siempre un cargo en la mesa directiva de alumnos. Siempre estaba buscando una válvula de escape. Pensaba: “Tengo que rehabilitarme, ¡a la chingada! Yo tengo que tener una vida normal. Tengo que tener mi vida en plenitud”. Por ejemplo, había una chica del “J” que me encantaba, pero por una cosa o por otra no pudimos establecer contacto. Como que a los dos nos daba pena hablarnos.

Algo que si me dolió en esa etapa escolar fue que la directora Amanda me mandó al taller de dibujo técnico industrial, de alguna manera me lo impuso. Solamente porque ese taller estaba en la planta baja del edificio. Yo le dije que odiaba ese taller, incluso le dije que me mandara a algo de mujer, bordado y tejido u otro, menos el de dibujo, pero ahí me metió. Me falto decirle: “a usted le vale queso, ese es mi problema. Si yo tengo que subir al primero, segundo, tercero, cuarto o quinto piso, ese es mi problema. Es mi decisión. No es la decisión de nadie más”, pero nunca se lo dije.  Aquí lo importante es que yo no me sentía discapacitado, ni físicamente, ni psicológicamente, ni adversariamente. 

De hecho cuando llamaron a los representantes de cada grupo a una junta para nombrar la mesa directiva de la secundaria, yo pensé: “chingue a su madre, voy a hablar un chingo para que esta reunión dure un chingo y no entre al taller de dibujo”. Así que apenas comenzó a hablar la maestra que llevaba la reunión, yo comencé a interrumpirla hablando de todos los problemas que veía en la secundaria. Desde los temas del porqué determinados compañeros eran muy violentos, pasando por el tema de que había unos hoyitos para ver al baño de las mujeres, hasta otras situaciones. Así me comí como media hora hablando. Jamás pasó por mi mente ser presidente general de la mesa de alumnos sino el comerme el tiempo para no entrar al taller que me fastidiaba.  

Finalmente logré mi objetivo: me nombraron presidente de la mesa directiva de alumnos. Todos los compañeros levantaron la mano. Fue algo muy hermoso. La reunión comenzaba a las 4, teníamos una hora para la reunión y sin embargo la lleve con todo mi verbo hasta las 7 de la noche, jajaja. No solo me volé las horas de taller sino que me dieron un cargo directivo entre del alumnado, jajaja.

En ese momento de la historia de mi vida sentí que me entraba una energía especial. Sentí de alguna manera a qué vine al mundo. Debía matar al nerd, al hombre acomplejado que era y en ese cargo descubrir que yo podía arreglar todos los problemas. 

Me reunía con mi mesa de representantes, hacíamos colectas y planeábamos el Día de la madre, el Día del maestro, entre otros, ponía a chambear a mi gente y eso me permitió mucha seguridad en mí mismo, las chicas me hablaban, me llamaban a la casa, la oratoria que alguna vez curse y aprendí fue una parte muy importante a partir de ese momento de mi vida. Sentía que todo el mundo me veía. De hecho gane un concurso de oratoria con ayuda de la maestra Pasita, bueno, así le decían. Las niñas se acercaban a platicar, me llevaban una torta, me convidaban de su refresco. Eran aquellos años del ‘81, ‘82, ‘83. 

El último año del taller de dibujo, el maestro Coaxiloa me dijo: “¿porque yo no tuve el gusto de conocer al extraordinario y popular alumno del que todos hablan en la federal? Sé que estás aprobado en todo, pero conmigo estarías reprobado. Ya te puse 8 porque no te quiero afectar”. Siempre recuerdo esas palabras del maestro de dibujo técnico industrial. Caso curioso, la primera empresa donde trabajé, fue gracias al dibujo técnico.

Esos años me sirvieron para mirarme poco a poco como un actor de cambio en mi entorno social escolar. Así me sentí con todas las experiencias de la secundaria. Me veía como un mecanismo activo de la mejoría de la escuela, de la ciudad y de la conciencia social de las personas con discapacidad. 

También puedes leer: Discriminación política a personas con discapacidad: una constante en AL

Más adelante, ya terminada la secundaria, participé en un concurso de oratoria del Injuve. Formé parte de las dinámicas políticas que organizaba la entonces diputada Silvia Helena del Valle. Estuve participando en el Ateneo de la Juventud en Puebla. Llegó un tiempo en que era representante de cinco organizaciones civiles.

Me pagaban por ir a concursar a otros estados y se me fue pegando esa energía que veía en los que se dedicaban a la política. El país en esos años era gobernado por el PRI. Pienso que se crearon instituciones y hubo determinado crecimiento en los años en que gobernó ese partido. Desgraciadamente el mal de la corrupción fue creciendo. 

Lo más irónico es que siempre que tenía oportunidad de exponer mi pensamiento u opinión política en foros que organizaba ese mismo partido, lo criticaba fuertemente y hablaba de todos sus errores. Luego hasta me decían “oye cómo pateas tu cuna”, y les contestaba “pues porque quiero que mejore”. De hecho siempre vote por partidos de izquierda de ese entonces: PDM, PPS,  FCRN y PRD entre otros. Aunque siempre estuve en las filas del PRI. Iba a reuniones de las que organizaba el PRI en esos años. Pude haberme lanzado a una diputación, pero no me jalaban por rebelde, yo quería cambiar las cosas desde adentro del mismo partido. No quería ser un lame botas y les señalaba los errores. Por ejemplo, en el caso del presidente López Obrador no todo es buena voluntad también hace falta capacidad.

Enrique Cordero Díaz, un mecanismo activo, un parteaguas, fuerza motriz, un hombre

Foto: Juan Daniel Flores

El bachillerato lo estudié en el Tecnológico de Puebla (ITP), no tuve tanto problema para transportarme. Cerca de la casa pasaba el camión Xonaca-Fábricas. Aparte ya estaba más alto y más fuerte. Los que entraban al Tecnológico eran los promedios más altos de Puebla. 

Sin embargo, la primera vez que intenté entrar no pasé el examen de admisión. Esto fue porque mucho de mi promedio, con el que venía de la secundaria, era más bien por ser presidente de la mesa directiva de alumnos y no porque fuera tan excelente alumno. Como no pasé el examen de admisión, aunque mi promedio decía lo contrario, me puse a estudiar de a deveras. Me encerré a leer seriamente  todos los libros de matemáticas, física, ciencias e historia. Ahí fue donde me di cuenta que me encantaba la historia y la política. De hecho, tanta fue mi fascinación con los temas que iba leyendo, que estuve a nada de mandar a la goma el examen del Tec. y meterme a Ciencias Políticas. De hecho, si volviera a nacer, estudiaría Ciencias Políticas. 

Presenté por segunda vez el examen de ingreso al Tecnológico y lo logré. En la gran mayoría de las materias tuve calificaciones destacadas y estuve becado,  alcance a la generación que entró antes que yo, salimos prácticamente juntos. 

No había internet y tenía que investigar y leer todos los libros de química, de física y de matemáticas. 

Pero también me di cuenta de que el Tecnológico tenía el objetivo de formarnos casi como autómatas, que pensáramos de forma mecánica. Así que decidí, junto con otros compañeros, formar nuestra propia planilla para competir por la representación de los estudiantes. Todos los que formábamos esa plantilla éramos parte de los mejores promedios.

Dentro de esa planilla, yo era el encargado de acción política. Todo lo que aprendí en el PRI ahí lo puse en práctica. Siempre entraba al quite de los madrazos políticos, sea porque no se aclaraba algún presupuesto de la dirección a los alumnos, porque los maestros no nos daban lo que necesitábamos u otros asuntos. Tuvimos alguna mala experiencia por tratar de fortalecer esta representación de alumnos. 

La peor fue cuando, en el contexto de las elecciones para nombrar la mesa representativa de estudiantes del Tecnológico, yo estaba haciendo guardia con otros compañeros. En una de esas, avancé hacia las ventanas, me recargué sobre la mesa, porque ya estaba cansado, y en ese momento dispararon un arma de fuego hacia donde estábamos nosotros. 

Habrá que decir que la otra planilla que competía era apoyada por la dirección.  Al director le decíamos el “camarón” o “el queso de puerco”, no recuerdo bien. Tuvimos varias represiones porque nosotros propugnábamos por el activismo social y la formación humanista dentro de la misma educación tecnológica. A raíz de ese activismo estudiantil, creo que logramos que el gobierno volteara a mejorar el presupuesto y apoyar a los alumnos. No sé si logramos que se volviera más humanista, pero sí creo que el gobierno apoyó posteriormente con más matricula.

Pienso que fuimos un parteaguas.  En un instituto donde estaban las carreras de mecánica, electrónica y automotriz, fue un gran logro que se abrieran más espacios para estudiantes mujeres, ya que eran contadas las que había en “la Isla de los hombres solos”, como le decíamos, y eran de contabilidad. Yo era de electrónica. A la fecha es una escuela de primer nivel. 

Años después me ofrecieron trabajar en la Volkswagen, pero lo malo era que tenía que dejar el Tecnológico y me negué. 

Felizmente en esos años entré a trabajar a DIFADI (Chispas) con mucho éxito, como técnico de reparación de máquinas altamente capacitado. Ya tenía sueldo de Ingeniero. Trabajaba y estudiaba. Empiezo a pagarme cursos de verano, a prepararme más. Una de las satisfacciones es poder invitar a mis compañeros a comer con mis primeros sueldos, ya que estaban todo el día en el Tec. porque a veces las materias estaban espaciadas. 

Enrique Cordero Díaz, un mecanismo activo, un parteaguas, fuerza motriz, un hombre

Foto: Juan Daniel Flores

La empresa me pagaba buenos hoteles en diferentes partes del país. En esos años viví los mejores momentos económicos de mi vida. Empecé a gastar en los lugares más caros que me encontraba, aprovechando que la empresa me facilitaba esa clase de vida. Incluso invité a mi mamá y a mi hermana en uno de esos viajes de trabajo. DIFADI lo pagaba todo. El dinero te genera un tipo de conducta diferente. El dinero me hizo olvidar la cuestión política. 

Posteriormente, dejo las muletas por ahí de 1999, abro mi propio taller de sillas de ruedas, hacía máquinas de videojuegos y vendía sillas de ruedas y fundo mi propia asociación de discapacidad adaptada. Soy  presidente del Club Linces y también formo parte de la Federación de Silla de Ruedas en el Comité de Honor y Justicia y soy integrante de la Asociación de Danza Deportiva, donde también fui presidente. En este contexto de sucesos, mi padre fallece y se genera mi propia pensión como discapacitado. Ingresé al nuevo siglo siendo una persona con solvencia económica gracias al trabajo. Iba y venía a la Ciudad de México. Tuve apoyos de gasolineras y de hoteles.

Para el año 2001 aproximadamente, me nombran presidente de la Asociación Poblana del Deporte en Silla de Ruedas, derrocando a una persona que tenía en el puesto poco más de 25 años. La cual poco tiempo después fallece.

Desde mi posición como presidente de dicha asociación, me tocó hablar con Mario Marín y con Melquiades Morales. Ellos estaban al tanto de mis actividades en la asociación y de lo que se trabajaba en el taller para personas en silla de ruedas. 

Tiempo después, yo continuaba con las inquietudes políticas, así que participé en Alternativa Social Demócrata como candidato. En esos tiempos las televisoras locales, entre ellos Juan Carlos Valerio, daban cobertura a mi campaña, pero no pude ganar debido a situaciones adversas de índole personal que se dieron justo en esos tiempos.

Todo ese andamiaje político en el que me vi ya no está. Es algo de lo que me arrepiento mucho. Pude haber hecho una carrera política ya que tenía las habilidades discursivas y de gestión política para desarrollarme en esos escenarios. En parte fue que sentí que no debía arriesgar ya que tenía todo en la asociación y no quise arriesgarme en la política. Para mí la política es un sueño que no debe acabar.

Poco después me da una enfermedad. Adelgazo mucho, me dan fiebres terribles. Todos esos momentos los borro de mi mente. No quiero siquiera recordar las fechas. Por ejemplo, no recuerdo la fecha en que murió mi padre. Todo eso lo bloqueo. En ese tiempo es cuando me dicen en el Seguro que me van a dar un pase para cancerología para que me apliquen las quimios. Me puse muy flaco, con tos, tenía problemas para comer. Fue entonces que conocí a un médico naturista que increíblemente me cura.

Todos me decían que era un brujo, pero yo no hice caso. Mientras él me curara yo no sabía más. Según lo que él me dijo, todos los años que trabajé en las máquinas de videojuegos se me trasmitió cierta radiación, además del hecho de no poder pararme y descargar como los demás, esa energía se quedó en mi cuerpo, en mis huesos y en mi sangre y eso me perjudico.

Él era un médico heredero de los pueblos antiguos, de los sabios toltecas. Él, para el momento que lo conocí, tenía el yuti del sacerdote, del rey y del sabio. Es un yuti que va de generación en generación. Cuando yo empiezo a oír del gran valor de su herencia de la cultura mexicana me vuelvo su alumno. Él recoge los yutis de María Sabina, del Rey y él se los da a su hijo. Comienzo a seguirlo a todas partes de la República a donde va. En esos años él me encarga hacer una piedra radio magnética. Esta piedra te protege de las radiaciones nuevas. 

Cuando lo conocí, él tenía como 80 años, yo como 34. En siete u ocho meses de tratamientos con él yo recuperé mi salud. 

Esta nueva vida que el maestro me enseñó es vida y paz. Finalmente creo que si las cosas que antes vivía, pueden regresar a mí, sin presión, sin angustiarme, las viviré. Yo sigo esperando. De hecho, su hijo que sigue teniendo los yutis,  me sigue acompañando, seguimos en el conocimiento y es una parte importante en mi vida. Quizá te parezca raro, pero yo sigo teniendo contacto con su padre, el que me curó, por medio de los sueños.

Yo creo que todo lo que he hecho, lo que hice, los liderazgos, los cargos políticos que buscaba, el andar en México, todo, ahora lo veo, en realidad eran una reacción al miedo, respuesta al miedo a la represión. Por ejemplo el sobrenombre que alguna vez me pusieron por andar en muletas, el “Amuleto”, jamás permito que alguien me ponga un apodo sin que yo le ponga tres apodos culeros. No me vuelve nadie a hacer menos. 

El espíritu es una fuerza motriz que te empuja, el poder de Dios, hoy puedo decir que me adoro. Hoy amo a este hombre que soy.

 

*Foto de portada: Juan Daniel Flores

Comparte
Autor Lado B
Juan Daniel Flores
Egresado de la BUAP-ITESM, estudiante de sociología, produzco las cápsulas radiofónicas "Espiral Urbana" para Radio BUAP, colaboro con LADO B con entrevistas socioculturales "¿De que lado masca la Iguana?", colaboro con la columna de opinión "Espiral Urbana" para Los Periodistas y soy creador de "Criticas Vitales" Cine, Literacidad y Sociología para espacios culturales y escolares.
Suscripcion