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Matrimonio igualitario en Tlaxcala: ahora nuestros cuerpos son legales
Y este martes 8 de diciembre me pregunto si ahora es legal mi cuerpo. ¿Ya es legal el cuerpo de Roberto? ¿Nuestros cuerpos, el de ella y el mío, son legales (¡por fin!) en Tlaxcala?
Por Lado B @ladobemx
09 de diciembre, 2020
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Karen Villeda* | Cosecha roja

“Mataron a Roberto por gay”, dijo mi madre. Me tuve que tragar las lágrimas. Era 1998. Yo tenía trece años cuando asesinaron al modisto de la abuelita y mamá. Él vivía cerca del Puente Rojo, a unas calles del centro de Tlaxcala. Tiraron su cuerpo en el río Zahuapan. Roberto era de los pocos ejemplos de cuerpo lábil que había en mi terruño: tenía una melena como la de Amanda Miguel. Y su pose. Yo, en cambio, llevaba el corte de pelo de Alejandro Camacho en Muchachitas y, estereotipadamente, solían confundirse conmigo: pensaban que era un niñito. A los trece años también me enamoré perdidamente de ella. Y ella se enamoró de mí y de mis cortos rizos. Es sólo que, en Tlaxcala, las niñas no se enamoran de otras niñas.

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Mi estado natal se encuentra a casi dos horas de la ciudad de México. La casa materna está ubicada, según Google Maps, a una hora con cuarenta y tres minutos de la Alcaldía de Iztapalapa donde, en 2006, se firmó la primera sociedad de convivencia entre dos hombres. Hoy, catorce años después, se cambió el Código Civil de Tlaxcala que estipulaba que el matrimonio solamente podía ser contraído por hombre y mujer. Se reformaron los artículos 39, 42 y 46 de ese cuerpo legal.

Y este martes 8 de diciembre me pregunto si ahora es legal mi cuerpo. ¿Ya es legal el cuerpo de Roberto? ¿Nuestros cuerpos, el de ella y el mío, son legales (¡por fin!) en Tlaxcala? En esta ciudad, la de México, tampoco era legal mi cuerpo hasta hace poco.

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El deseo se materializó en 1992 gracias a María Mercedes. Imitando los roles heteronormados de Thalia y Arturo Peniche interpretados en horario estelar, ella y yo nos besamos por primera vez. Recreamos el capítulo de la noche anterior y yo me convertí en un galán protagonista de telenovela. La madre de ella entró intempestivamente a la habitación y nos interrumpió. Casi lloré pero esa mirada odiante fue un impedimento. Así fue definida la dinámica de nuestra relación: lo reprimido, el impedimento, el freno, lo tachoneado en iniciativas de ley al otro lado del mundo pues, en Francia, se peleaban por introducir una ley de parejas del mismo sexo a inicios de los noventa.

En ese 2006 la madre de ella descubrió nuestra relación gracias a una carta. Me echaron la culpa a mí mientras que a ella la enviaron a Estados Unidos. Y, en 2006, Tlaxcala no participó en el Informe especial de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos sobre violaciones a los derechos humanos y delitos cometidos por homofobia. Ese mismo año, México obtuvo el segundo lugar de América Latina en crímenes homofóbicos.

Ella y yo seguimos estando juntas a partir de la distancia. En esa distancia yo era la loca. La enferma. La predadora. La que, ante los ojos clasemedieros de Tlaxcala, había desviado el camino a una “niña bien” y la que había huido a la ciudad de México para evitar el escarnio público. Estaba viviendo en un libro pulp de ficción lésbica como personaje secundario. Pinche pueblo. Porque ella se fue del pueblo pero el pueblo no se fue de ella. Me terminó con un escueto correo electrónico “porque habían visto nuestras conversaciones y, entonces, ciertas personas se habían enterado”. Poco después insistió en regresar… Con la condición de la secrecía. Yo acepté. “Nos vieron besándonos”, me dijo ella en unas vacaciones y puso palabras en mi boca sobre lo que no éramos. Y así me convertí en la actriz de relleno de una serie con una aparición esporádica y acomodaticia cuyo destino era borrado (o lo que se conoce en la crítica cultural como el “dead lesbian syndrome”). Yo fui la encarnación del silencio y, de nueva cuenta, me aguanté las ganas de llorar.

Hace poco más de una década, a finales de 2009 lo borrado ya era esa relación y las palabras “un hombre” y “una mujer” de un artículo del código civil de la capital. Más que borrado fue una enmienda. Pero no hubo enmienda alguna para ella y yo. El adiós nunca es una reforma.

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*Foto de portada: Karen de la Torre

 

*Karen Villeda nació en Tlaxcala pero vive en la Ciudad de México. Es escritora y editora titular de Este País (https://estepais.com). Su libro más reciente es Agua de Lourdes (Turner, 2019).

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