Kennia Velázquez | CONNECTAS
“Se dispara la violencia en Guanajuato”, dicen los titulares de las noticias acompañados de imágenes de automóviles y tiendas incendiadas en trece ciudades del estado como respuesta a un operativo de las autoridades en contra del Cártel de Santa Rosa de Lima el sábado 20 de junio.
Pero la violencia ya estaba incontenible en el estado. Apenas dos días antes del operativo para detener al líder del grupo criminal José Antonio Yépez, El Marro, en Celaya el horror cotidiano tomó una nueva dimensión: un comando ingresó a una casa a asesinar a sus habitantes: un par de mujeres que murieron abrazadas en el baño, una de ellas con siete meses de embarazo; un niño de dos años fallecido por el impacto de una bala en su pecho tirado sobre unas cobijas desperdigadas en el piso; la abuela agonizó en los brazos de un paramédico; a un lado estaban los cadáveres de dos hombres. Horas antes, en otra agresión, un niño de 7 años fue herido y murió camino al hospital. Doce días antes, creíamos que no podía haber algo que nos indignara más que la ejecución de un estudiante universitario en el taller mecánico que montó para pagar sus estudios, con él estaban sus dos hermanos y un aprendiz de 16 años. Todos fallecieron.
Cada día se leen historias así en los medios locales, unas más dolorosas que otras, los 1.903 asesinatos que ocurrieron de enero a mayo han mermado nuestra capacidad de asombro. Incluso son muchas más que las 666 que hubo en todo Guatemala entre enero y abril. O que Honduras, que en el mismo periodo que Guanajuato ha tenido 1.182 muertes violentas. De ese tamaño es la violencia en este estado con 5.8 millones de habitantes, al que no le sirve el orgullo de ser una potencia exportadora cuando tres de sus ciudades más importantes se encuentran en el ranking de las 50 más peligrosas del mundo.
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¿Cómo se convirtió Guanajuato en el epicentro de la violencia de México? Es la pregunta habitual sobre la entidad antes famosa por atraer grandes armadoras y ser uno de los destinos turísticos más visitados y ahora conocida por las ejecuciones, levantones, narco bloqueos, robo de combustible o como decimos acá, huachicol… Pero el crimen organizado no tomó control del territorio de la noche a la mañana, su crecimiento se dio de a poco, ganando adeptos, creando una base social en territorios que pese a su bonanza industrial no logró zanjar las profundas desigualdades económicas, todo a los ojos de autoridades cómplices u omisas.
En este contexto nació el Cártel de Santa Rosa de Lima en 2009 enfocado en el robo de combustible que se produce en la refinería de Pemex en Salamanca. La organización criminal toma su nombre de una pequeña comunidad de la que es oriundo su líder El Marro, quien después de trabajar para otros grupos delictivos optó por formar el suyo propio. La organización creció en la sombra, pese a ser Guanajuato un estado bien comunicado, de alta densidad poblacional y con un sistema de video vigilancia que tuvo un costo de 112 millones de dólares. La operatividad para manejar hasta 20 tomas clandestinas de combustible con rendimientos superiores al millón de litros mensuales requería centenares de camiones cisterna que no podía pasar desapercibidos, a menos que existieran complicidades.
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De acuerdo al general Arturo Velázquez Bravo, jefe militar en Guanajuato hasta mediados de 2017, José Antonio Yépez tenía “ocho años trabajando en Guanajuato” sin ser molestado y con centenares de propiedades en su haber. “Me extraña que no lo conozcan” dijo a los medios de comunicación quien por primera vez oían hablar del líder huachicolero. Fue el inició la guerra contra el huachicol que el cártel se volvió más agresivo. La sustracción de hidrocarburos tolerada durante sexenios se vio bruscamente cortada. Los primeros días de 2019 Guanajuato vivió semanas de desabasto de combustible, las gasolineras que solían comprar robado no tuvieron que ofertar y tan solo unas decenas de despachadoras en las ciudades contaban con producto. La situación del abasto se regularizó, pero el cártel de El Marro tuvo que diversificar sus ingresos y recurrió al secuestro, extorsión y cobro de derecho de piso, volviéndose más peligroso.
Guanajuato se ha vuelto un objetivo estratégico para el gobierno federal por tres causas principales: Pemex no es solo una prioridad, sino la joya del rehabilitado nacionalismo del programa económico de AMLO en su guerra contra las políticas neoliberales, por eso su urgencia de detener las mermas millonarias que produjo la alianza de mafias sindicales, funcionarios corruptos y bandas de delincuentes, para reinvertir en la desvencijada empresa paraestatal. Segundo, Guanajuato es bastión de las cadenas de valor globales construidas por el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Inversiones japonesas, alemanas, italianas y norteamericanas han convertido a la otrora región agrícola que llegó a conocerse como “el granero de México”, en la “nueva Detroit”. Finalmente, la omnipresente batalla política: Guanajuato es el único estado donde López Obrador no ganó la elección de 2018, donde peor se le califica en encuestas y donde gobierna el partido más refractario a su programa. Derrotar a la criminalidad con la que el PAN no ha podido, podría darle a Morena una oportunidad en las elecciones intermedias del próximo año.
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*Foto de portada: Al fondo José Antonio Yépez El Marro. De izquierda a derecha: Diego Sinhue Rodríguez Vallejo, Gobernador de Guanajuato; Carlos Zamarripa, Fiscal General de Guanajuato, y Alvar Cabeza de Vaca, Secretario de Seguridad Pública de Guanajuato. / Ilustración: Juan José Plascencia | CONNECTAS