El silencio que llegó con la pandemia
El silencio que llegó con la pandemia fue impuesto, pero puede ser el mejor regalo si reflexionamos sobre el significado de lo que estamos viviendo.
Por Lado B @ladobemx
09 de junio, 2020
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Gabriela González List

Dedico estas líneas a los docentes, 

alumnas, alumnos, mamás y papás

del Instituto Alejandría.

Les escribo a tres meses de distancia de que nos vimos por última vez en la escuela. Nos fuimos con la idea de que al término de las vacaciones del mes abril regresaríamos a las aulas. Como todos sabemos, eso no sucedió. Llegó el 1º de junio y tampoco regresamos. Ahora lo único que tenemos es una fecha tentativa de regreso a clases que depende del color de un semáforo.

Durante estos meses he caminado mucho por Jardines de San Manuel, la colonia en donde está nuestro querido Instituto Alejandría y en la que vivo desde que era niña. Salgo muy temprano en la mañana y durante una hora recorro sus calles y avenidas.  

A lo largo de estos recorridos he encontrado guarderías, escuelas y universidades, muchas más de las que yo conocía. Esto me hizo darme cuenta de que la razón por la que San Manuel es tan bulliciosa entre semana es porque está llena de vida; van y vienen estudiantes con sus familias todo el día abarrotando las papelerías, los centros de copiado, las cocinas económicas, las misceláneas y sus famosos jardines. Usualmente el silencio llega a esta colonia durante los fines de semana y las vacaciones, días en los que los centros educativos descansan.

Con la pandemia el silencio se ha instalado de manera permanente en las calles y me ha permitido escuchar sonidos como el movimiento que las hojas de los árboles hacen al paso del viento. Podría decirles que el número de pájaros se ha multiplicado de manera sorprendente al igual que el de los perros, aunque no lo creo, pero su canto y sus ladridos en la mañana se escuchan con mucha más potencia que antes gracias a la ausencia de los sonidos habituales. El golpe de los balones sobre las canchas de los parques también le ha dado paso al silencio que es tan fuerte que al pasar por las casas se pueden escuchar las voces de las personas que las habitan.

Me gusta mucho el silencio porque me permite escuchar todo esto que les cuento. Soy de las personas que nunca ponen música o prenden la televisión. Sé que esto puede resultar extraño, pero les confieso que soy feliz con los ruidos cotidianos que llenan mi silencio. 

Sin embargo, hay un silencio que no me gusta. Es el silencio forzado, el que no elegimos, el que es producto de la inseguridad, el miedo, el estar en casa confinados y la distancia que ahora se ha vuelto sana. El impuesto a los comercios, a las calles, a la vida. 

El peor de todos los silencios durante la pandemia es el que emana de las guarderías sin risas ni llantos de bebés, el que llena las escuelas que ahora no tienen recreos que colmen de voces y juegos los patios, el de las universidades sin jóvenes que van y vienen y frecuentan los cafés de los alrededores. No he vuelto a escuchar el Himno Nacional un lunes por la mañana. Nos perdimos de la algarabía que viste a las calles con los desfiles de primavera. El 30 de abril se quedó mudo y las horas de ensayo de festivales para festejar a las mamás dieron paso al mutismo.

Para romper con este silencio impuesto por la pandemia nos reinventamos, buscamos otros canales para que las maestras y los maestros pudieran seguir en contacto con sus grupos y el proceso de enseñanza-aprendizaje no se detuviera. Para que niños, niñas, adolescentes y jóvenes pudieran seguir adelante con su proceso educativo. Para que papás y mamás hicieran equipo con la escuela y tuvieran un papel activo y fundamental en la formación escolar de sus hijas e hijos. Nos reinventamos y dimos vida a todo esto a través de las pantallas.

Ilustración: Gogo Ortiz

De un día para otro nos sumergimos en el mundo digital que sabíamos que ahí estaba, que todos los días usamos para múltiples actividades, que es esencial para cientos de transacciones pero que nunca se había convertido en la única manera que tenemos para comunicarnos más allá de nuestro entorno familiar.

Así, de un día para otro, se instaló la creatividad en la comunidad escolar en donde todos aprendemos de todos. En donde los más jóvenes comparten con los mayores su vitalidad, sus preguntas, sus inquietudes, sus conocimientos tecnológicos, y los mayores les comparten su sabiduría, su paciencia, su apoyo.

El silencio que llegó con la pandemia fue impuesto, pero puede ser el mejor regalo si nos permite reflexionar acerca del significado de lo que estamos viviendo en el mundo entero. Si nos lleva a darnos cuenta de que necesitamos fortalecer nuestros canales de comunicación con los demás. Si valoramos que las relaciones humanas son mucho más importantes que cualquier cosa que poseamos. Si caemos en la cuenta de que necesitamos ser respetuosos con el planeta que habitamos. Si nos damos cuenta de que las pantallas son una gran herramienta para trabajar y aprender pero nunca suplirán a las caricias ni a los abrazos. Si nos permite salir a caminar todos los días y descubrir que extrañamos el bullicio de los centros educativos porque es fruto de la presencia insustituíble de la vida que le dan quienes los habitan.

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*Ilustración de portada: Gogo Ortiz

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Lado B
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