Es bien jodido ser madrastra
Todo estaba mal por él. Por sumirse en la culpa de la situación de la niña. La culpa de los padres es causa de muchas historias de madrastras desdichadas
Por Lado B @ladobemx
19 de mayo, 2020
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Meredith Blake*

Me encontré con lo peor de mí al volverme madrastra. Un tiempo estuve llena de celos, envidia y rechazo contra la hija de mi pareja, una niña que no ajustaba ni los 7 años. No quería darle nada, no quería ni voltear a verla. Deambulaba de una habitación a otra evitando su presencia. Más que su voz, me irritaba su risa.

Descargaba en ella la frustración de que mi pareja y yo no pudiéramos salir a noviar porque ella lloraba por ir con nosotros. Ni hablar de ratos íntimos porque ella quería estar también. No podíamos ni viajar en el transporte público en asientos contiguos porque se ponía en medio. Tenía su frase, incluso: “Yo siempre voy en medio”, decía. Las primeras veces le sonreí para quedar bien. 

No podíamos tomarnos de la mano, no podíamos ir al cine, no podíamos ni ver una película que no fuera infantil. 

Un día, de buenas a primeras, comenzó a llorar en las noches pidiendo dormir con su papá. ¿Y su papá? Accedió, por supuesto. Ay, la intimidad.

Insistí en excluir a la niña, en tener ratos de adultos, en tener un noviazgo “normal”. Las respuestas, peor que negativas, me hacían sentir ridícula e infantil por “no entender” que la niña necesitaba toda la atención de su padre. Yo era la berrinchuda, no la niña. “¿Cómo iba a ser tan inconsciente?”; “¡Se trataba de una niña sin su madre!”; “¿Es que no te has puesto a pensar que el mundo no gira alrededor de ti?”.

He de hacer un paréntesis justo aquí: la madre de mi hijastra es una figura abstracta que aparece y desaparece como una luz desgastada. Nunca está, no aporta, ni se hace cargo. En este punto también quiero decir que el padre de mi hijastra se endeudó con los juicios de la custodia y buena parte de mi sueldo ha sido destinado para cubrir sus deudas y el entretenimiento de la niña.

Muchas veces deseé mi dinero de vuelta, mi precioso silencio de vuelta y que la niña se fuera con su mamá (por faaaavoooor), pero la posibilidad de todo eso ya era imposible.

Mis ánimos caían aún más cuando mi pareja traía regalos al volver del trabajo y ninguno era para mí. Me desanimaba aún más que mi hijastra se sirviera todo el postre que yo hacía para compartir. Me enfermaba que mi pareja le dijera sí a todo, ¡sin límites! Y también me enfermaba la falta de colaboración de ambos en las tareas del hogar. 

No sufran más con mi historia, todo eso terminó cuando caí en cuenta de que la niña no estaba mal, que de hecho disfrutaba su compañía, básicamente porque se derretía en cariño por mí. Entendí que todo estaba mal por él. Por su creencias machistas de la estructura familiar, por segregarme, por insistir en que era su hija y no nuestra. Por no respetar mi rol en la familia. Por sumirse en la culpa de la situación de la niña. La culpa de los padres es causa de muchas historias de madrastras desdichadas.

Esto es un hecho, si él no hubiera entendido que mi integración a su dupla incluía el compromiso de ser tres, de ser una familia, esto jamás hubiera funcionado. 

A decir verdad, no recuerdo en qué punto lo entendió, pero antes de casarnos le hice prometerme que su paternidad no sería más importante que su matrimonio, sino que encontraría el equilibrio. Es una promesa que ha cumplido cabalmente. Poco a poco nos hicimos de nuestros espacios y nuestra hijastra lo fue comprendiendo, ya no es tan dependiente, ya está habituada a nuestras dinámicas de pareja. Pero nunca dejamos de tener tiempo en familia. 

Foto: Josh Willink en Pexels

Antes de tomar una decisión que afecte emocionalmente a la niña, lo hablamos y se lo comunicamos los dos. Se acabó eso de que la madrastra no está en las conversaciones de padre e hija porque es una agregada a la familia y eso de acceder a todas las peticiones de la niña. Establecimos reglas de oro que van desde el orden y la limpieza como tarea de todos, hasta el ser agradecidos. 

Hablo desde el privilegio, lo sé. Mi hijastra es una niña muy pequeña, seguramente si hubiera tenido la edad de una adolescente esto hubiera sido una locura. Lo cierto es que el hecho de que mi pareja me respalde y secunde mis llamadas de atención, ha sido crucial. 

Ahora tengo otros problemas y son los juicios sociales. La gente cree que no tengo derecho a opinar sobre la educación de mi hijastra porque no he tenido ningún parto; que se me abrirá el universo con las respuestas de la vida en cuanto tenga una cría pero que ahora debería hacerme a un lado. No seré madre biológica pero sí que asumo mi maternidad. 

Recientemente me han dicho que no tengo derecho de festejar el Día de las madres, porque no es para mí. En la escuela de mi hijastra comenzaron con los preparativos de la festividad y ella, entre lágrimas, me dijo que sentía que su normalidad estaba “mal” porque no era como la de los otros estudiantes: niños y niñas viven con sus madres biológicas, no con sus padres. Por cierto, que la mayoría de las familias de sus amigas son reestructuradas. 

Hablé con su profesora pero sólo me escuchó el aire. Más tarde me llamó para decirme que mi hijastra no había cumplido con su tarea. Tenía que grabar un poema que decía, palabras más, palabras menos, que las madres son insustituibles porque nos dan la vida y siempre, siempre, estarán para abrazarnos. Estaba profundamente herida porque no entiendía cómo es que su madre, la que le dio la vida, no la abrazaba desde hace mucho tiempo.

De parte de esta familia reestructurada: metanse sus estereotipos tóxicos por donde les quepan.

P.D. ¡Feliz día, madrastras! Gracias por hacerse cargo y por asumir el cuidado de niñas y niños que no parieron. ¡Hagamos nuestro propio festival!

 

* La autora usa un nombre falso (el de una famosa madrastra ficticia), para proteger la identidad de su familia

**Foto de portada: Kat Jayne | Pexels

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Lado B
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